Los buenos tiempos de Ysmelio López
Luego de una vida llena de escollos y sacrificios, una de las grandes satisfacciones del escultor Ysmelio López es tener salud, y seguir creando y trabajando. “Con eso hoy día”, dice, “puedo agradecer las oportunidades que me ha dado Estados Unidos. Es una de mis grandes felicidades”.
Y explica que su felicidad la expresa con las donaciones que ha hecho a varios centros educativos de Miami: Estatuas de la Libertad y bustos de José Martí que hoy se pueden apreciar en el campo norte de la Universidad Central de la Florida (FIU) y en escuelas e instituciones como la Eagle Scout Project, o la Rockway Elementary School. Para el Zoológico de Miami llevó unos elefantes, y unos manatíes pintados de azul para el Seaquarium. “Pero hay veces que da más trabajo donarlas que venderlas”, dice con cierto asombro. “Creen que uno quiere ganar algo con ello, un contrato, o algo, y yo solo lo que busco con esto es satisfacción, no dinero. “Mi otro sueño es poder colocar otra estatua, más grande, quizás de unos 20 pies de alto, en alguna parte del Bayside, mirando al mar”.
Ysmelio nació en Cifuentes, entonces provincia de Las Villas, un pueblo a unos 240 kilómetros al este de La Habana. Comenzó a trabajar con su padre a los 7 años en el campo, y hoy día a sus 78 años todavía conserva la manera de hablar, las frases ocurrentes, los refranes, y los dicharachos de los campesinos cubanos.
Aunque su vida no ha sido nada glamorosa, asegura que está llena de satisfacciones. Sin saber a derechas quién era Steve Job, y por vías diferentes, llegó a la misma conclusión de que el brillante inventor del iPhone y otros artefactos electrónicos imprescindibles. Asegura que cada trabajo que pasó le enseñó algo, que de cada tropezón o cada apuro, aprendió una experiencia que luego le ha servido, tanto en la cuestión técnica como en su manera de enfrentar la vida. En ese sentido nunca ha perdido el tiempo, y se considera afortunado porque se gana la vida haciendo lo que más le gusta hacer.
“Cuando abrí los ojos a los 12 años me fui para La Habana”, cuenta. En la capital cubana trabajó como vendedor callejero, albañil y pintor de brocha gorda. Ejerció cuanto oficio y trabajo le cayeron en las manos. Hizo algunos estudios sobre televisión, pero no llegó a trabajar en el naciente medio de entretenimiento porque se enroló en el ejército y pidió que lo enviaran a la Sierra Maestra donde se combatía a la guerrilla de Fidel Castro. “Imagínate”, yo era un analfabetón”, recuerda sonriendo. “Así que pedí que me llevaran para allá, para conseguir algún grado, era la única manera de superarme, de avanzar. Y hasta me ascendieron a cabo”.
Al terminar la guerra, ayudaba a suministrar a las guerrillas anticastristas de la cordillera del Escambray. Me detuvieron en La Habana
Ysmelio López
escultorAl terminar la guerra como no le gustaba el giro que daba la historia cubana no se estuvo tranquilo y se puso a conspirar. “Ayudaba a suministrar a las guerrillas anticastristas de la cordillera del Escambray. “Me detuvieron en La Habana”, recuerda el lugar exacto, “en la esquina de las calles Monte y Egido”. Estuvo 22 días en la prisión de La Cabaña esperando que lo llevaran al pelotón de fusilamiento del Foso de Los Laureles. Finalmente del juicio suyo fusilaron a seis de sus compañeros y a él le conmutaron la pena por 30 años de prisión, de los que cumplió solo 18 en varias cárceles. Isla de Pinos, Sandino, El Príncipe, La Cabaña eran nombres tristemente célebres para él.
Al salir en 1977 se fue a España con su esposa y sus dos hijos, y llegó a Estados Unidos en septiembre de 1980.
Hoy, en su taller Cimago, en la Calle 56 y la 124 Avenida del suroeste colecciona decenas de buzones y figuras de caballos, águilas, budas, perros, y herramientas, algunas de ellas creadas por él mismo. Asegura que tiene más de 70 patentadas. “He donado muchas, no quiero venderlas, para mí son de mucho valor”.
“Se hace camino al andar”, dice citando los versos de Antonio Machado. “Con unos ahorros de $600 me compré un van donde cargaba basura, cortaba hierba, o recogía herramientas que arreglaba y las revendía en los pulgueros. Tampoco sabía mucho de mecánica, pero fui aprendiendo y aquello me daba para vivir”.
Rentó el lugar hace 30 años, aquí creó su primera figura, y desde entonces no ha parado de trabajar. Ahora la propiedad de 7 acres es suya, y mantiene un área sembrada de árboles frutales donde asegura que se dan los mejores plátanos orgánicos de Miami.
Comenzó en Estados Unidos arreglando jardines, y luego vendió tierra fertilizada con estiércol de caballo. Entre las fotos que tiene en su oficina se destacan la de su gran amigo Armando Valladares, ex embajador de Estados Unidos ante las Naciones Unidas, y otra con el gran humorista cubano Guillermo Álvarez Guedez.
“A Valladares lo conocí cuando éramos presos políticos en Cuba, de esa época tenemos muchas anécdotas”, dice mientras se levanta la camisa y enseña dos cicatrices de heridas de bayoneta que recibió en la prisión. “Tuve suerte, porque allí todas las semanas mataban a alguien”. Y menciona a un compañero que asesinaron con una ráfaga de ametralladora que casi le corta la cabeza.
“A Álvarez Guedez lo conocí una vez que le llevé unos sacos de tierra para su jardín. Me llamó la atención que era un tipo muy serio. Luego, cuando tuvimos un poco confianza se lo dije, y me contestó: ‘Coño, Ysmelio, pero ¿y qué tú quieres, que me pase la vida haciendo chistes?’”
Todavía le queda familia en Cuba, varias hermanas y sobrinos.
Ahora que casi se ha puesto de moda ir a Cuba, ¿no has pensado ir allá?
“No”, responde rápido, sin pensarlo dos veces. “Hasta que no se caiga aquello no pongo un pie allí. Hasta que no se vayan los señores aquellos, los dueños de Cuba. Hasta que no se vayan los Castro del poder eso no se va a arreglar allá, eso no va a mejorar. Y lo peor es que luego le van a dejar ‘la finca’ a los hijos y a los ‘tatarahijos’. ¡No, no, qué va!”
Esta historia fue publicada originalmente el 26 de diciembre de 2015, 4:18 p. m. with the headline "Los buenos tiempos de Ysmelio López."