Mito o historia de las joyas de las damas de La Habana
Aunque el libro Las damas de La Habana y sus joyas (Ediciones Universal) tiene la virtud de ser una pesquisa racionalmente histórica, todos los que la animaron fueron caballeros, es decir, historiadores masculinos, y las damas en este libro son las del siglo XVIII, a las que se refiere el texto, y también las de la familia del historiador a quienes él dedica su obra, José Ramón Fernández Alvarez.
Dos personas me pidieron que acudiera a la presentación, el primero me visitó y conversó conmigo en la sala de mi casa, el prologuista Frank Fernández, autor del Anarquismo en Cuba. La segunda persona me llamó por teléfono, Amparito Dans Cárdenas, arquitecta que fue mi admirada compañera del Instituto de la Víbora, personera de la intelectualidad de un grupo de alumnos de los historiadores Leví Marrero y Fernando Portuondo del Prado.
Frank, por supuesto, me influyó para que aceptara la premisa del libro y Amparito, para que lo refutara. En ninguno de los dos casos puedo ser afirmativa ni negativa. En el primero, porque tendría que volver a examinar todas las premisas históricas de estos textos; en el segundo, porque ¿quién puede destruir un mito, si es que en verdad es un mito y no una realidad histórica? No hace falta que se defienda, ya que se renueva por su propia naturaleza, que las damas de La Habana ayudaron despojándose de sus joyas a la causa de la Revolución Americana, de las Trece Colonias, la base de Estados Unidos de América, contra el dominio británico en 1781.
Y todo eso se discutió en la presentación del libro en la Casa Bacardí del Instituto de Estudios Cubanos y Cubano-Americanos de la Universidad de Miami (1531 Brescia Avenue, Coral Gables), en diciembre. Allí hablaron Frank Fernández y Marcos Antonio Ramos para justificar la existencia de esta obra.
¿Quién fue el autor que osó enmendarles la plana a tres generaciones de historiadores que afirmaron el mito? Nada menos que un investigador por afición, José Ramón Fernández Alvarez, que vive exiliado desde 1962. Aunque ha sido negociante, desarrolló el gusto por la investigación histórica y quiso averiguar el origen de este relato.
Fernández declaró que el mito hubiera sido difícil de fabricar si los personajes no hubieran tenido un cierto encanto o si no hubieran sido famosos. Pero todo está relacionado con la importancia que tuvo el aporte de los franceses a la guerra de independencia americana. Y de cómo los españoles quisieron pactar con los franceses. Porque en realidad había más franceses en el ejército de Washington que los nacidos en las Colonias.
Como dice Fernández en su prólogo, Alvarez tuvo que recorrer el camino de tres flotas en el siglo XVIII, la inglesa, la española y la francesa, y averiguar las intrigas del poder entre Francia y los representantes de las Trece Colonias. Eran tres ejércitos: el franconorteamericano, el inglés y el que estaba bien al sur, el hispano-criollo de Bernardo de Gálvez, capitán del ejército español y gobernador de Louisiana. Pero el epicentro de todo esto fue el préstamo de los hacendados habaneros.
El importantísimo enviado plenipotenciario Francisco de Saavedra había sido enviado de España a La Habana con poderes especiales para administrar las gestiones de un préstamo para la flota francesa. Este préstamo fue una colección de oro y plata en La Habana, para financiar el sitio de Yorktown en 1781. España se había aliado con Francia a través de los Pactos de Familia, pero principalmente porque querían debilitar el Imperio Británico. Por eso quieren ayudar a las Trece Colonias de Estados Unidos con dinero. Esa gestión, de medio millón de pesos en toneladas de plata de verdad, es el fundamento del mito. A un historiador extranjero se le ocurre añadir que hasta las joyas de las damas de La Habana fueron añadidas al botín. Pero los prestamistas criollos en La Habana lo que querían era ganar el dinero de los intereses. No había nada patriótico ni romántico en todo ello.
“Los franceses que fueron a recoger el dinero se quedaron asombrados”, dijo Ramos. “Los criollos le prestaron el dinero al gobierno español y estos se lo prestaron a la flota francesa. Francia había enviado 6,000 soldados a las órdenes de George Washington”.
Lo fascinante del libro no es que se destruya el mito de las damas, sino que se destruye el mito de que fue el gran héroe George Washington quien conquistó prácticamente él solo la independencia. Pues fueron el voluntario Marqués de Lafayette, la armada francesa y los soldados franceses, unidos a los préstamos de los criollos habaneros, y los refuerzos del ejército criollo-español. Y todos a una, para ayudar a derrocar a los odiados británicos, de ambos, españoles y franceses, en unas maniobras complicadísimas que se pueden seguir en la historia que nos fue contando Alvarez, quien citó a una serie de personajes franceses que intervinieron en todo esto, como el Conde de Grasse y el Conde de Rochambeau, ambos almirantes franceses. Estaba también en juego la ambición del rey Carlos III de reconquistar la Florida y de obtener Jamaica. En total, es una historia que da que pensar. Pues esos mismos Estados Unidos de América le robaron unos 100 años más tarde la Perla del Caribe a la España que los ayudó tanto a ganar su nacionalidad. Quizás se sintieron más agradecidos de los hacendados prestamistas criollos.
olconnor@bellsouth.net
Esta historia fue publicada originalmente el 11 de enero de 2016, 9:48 p. m. with the headline "Mito o historia de las joyas de las damas de La Habana."