La Cacería: el mejor periodismo de investigación
Un artículo sobre el brutal asesinato de una familia en el pueblo de Holcomb, Kansas, y aquello de que “Hay un fusilado que vive”. Es decir, una frase susurrada al oído en un bar y una lectura del diario dominical en Manhattan, meras circunstancias que complotaron felizmente para que Rodolfo Walsh, en Buenos Aires, y Truman Capote, en Nueva York, elaboraran Operación masacre y A sangre fría, respectivamente, obras que establecieron para siempre las reglas del género de no-ficción: la utilización de las herramientas que da la literatura para escribir el mejor periodismo de investigación.
Cuando Mirta Ojito (La Habana, Cuba) se enteró del asesinato de Marcelo Lucero por las noticias, y luego de los detalles de su muerte a través de un estudiante de posgrado en Columbia (además de escritora y periodista, Ojito es profesora universitaria) que hizo un documental para su tesis, supo que allí había una historia que debía ser contada a profundidad. A simple vista, los datos eran escalofriantes: la noche del 8 de noviembre de 2008 Lucero, un inmigrante ecuatoriano de 37 años que residía en el apacible pueblo de Patchogue, a tan solo 60 millas de Manhattan, había sido apuñalado por un grupo de adolescentes. La justificación del crimen terminaba por cubrir todo aquello de locura: Lucero era inmigrante y seguramente indocumentado.
La Cacería, el excelente libro de Ojito, reconstruye aquel 8 de noviembre –las últimas horas de la víctima; las actividades de los adolescentes– y así retrata a la comunidad de Patchogue. En personajes que entrevista la autora –desde Paul Pontieri, el alcalde del pueblo, al ciudadano que no quiere dar su verdadero nombre– está la lógica interna de esa comunidad.
A través de la voz de los otros, los lectores se acercan a los miedos y obsesiones de un lugar que se cree último refugio del publicitado sueño americano: el suburbio. Para muchos habitantes, los inmigrantes como Lucero arruinan un poco ese “sueño”. Siempre hay un punto en que el terror y la ignorancia se unen y se confunden. Ojito –ganadora del Premio Pulitzer por sus reportajes en The New York Times– se interna en ese mundo con inteligencia. Allí están, como prueba, la claridad en que muestra los hechos y el modo en que los desarrolla.
“La noche del 16 de febrero de 2009, doña Rosario llegó a la ciudad de Nueva York para ver al hijo que le quedaba, Joselo, y para asistir a las vistas programadas antes del juicio de los adolescentes acusados de matar a su hijo. Era la primera vez que viajaba fuera de Ecuador. Llegó al aeropuerto John F. Kennedy acompañada de su hija Isabel y de su nieto de tres años, Isaac. Temblando y llorosa, se abrazó a su hijo Joselo, que la esperaba con un ramo de rosas blancas y eucaliptos. Los dos quedaron sin palabras por varios minutos, pero los periodistas que estaban cerca pudieron escuchar a Joselo susurrar entre lágrimas: ‘Mi mamá, mi mamá’ ”.
En La Cacería, la autora ha realizado un verdadero trabajo de campo. Una y otra vez vuelve a Patchogue como extiende ese viaje a Gualaceo, Ecuador, el lugar de donde proviene Lucero y tantos otros que como él decidieron materializar alguno de sus sueños en tierra extranjera. Y una y otra vez, las preguntas se multiplican. Finalmente, la necesidad de Ojito por esclarecer la trama de este caso se traduce en la necesidad urgente de leer su investigación.
hveraalvarez@yahoo.com
Esta historia fue publicada originalmente el 10 de enero de 2015, 7:00 a. m. with the headline "La Cacería: el mejor periodismo de investigación."