Andrés Hernández Alende nos aterra ‘De un solo tajo’
De jovencita, en mis años de Instituto, leí La vorágine, del colombiano José Eustasio Rivera, y me quedé para siempre marcada por el horror que narra esa novela. Sin embargo, había cierto neorromanticismo en el estilo naturalista del escritor. Era algo exótico.
Pero la obra que nos presentó Andrés Hernández Alende en los encuentros nocturnos de la librería Books & Books de Coral Gables, De un solo tajo (Ediciones Universal, editor Juan Manuel Salvat), no tiene nada de romántica. Es amenazante, porque este horror es mucho peor. No sé si es porque se trata de mi propio país, Cuba, o si es porque no hay nada romántico en las atrocidades en nombre de la llamada Revolución. Podríamos también estar leyendo a Joseph Conrad, de quien se usa una cita para un exergo. Porque aquí el escritor se interna en una comarca de la realidad para mí desconocida.
La palabra “vorágine” sí aparece en el libro en la página 70, lo que indica que a lo mejor este libro también estuvo en la lista de los que leyó Alende. “Pero al mismo tiempo que repudiaba la anarquía del monte, sentía la atracción de la vorágine, la fascinación que sienten los que se paran al borde de un abismo gigantesco y contemplan la profundidad”, se dice de uno de los personajes, el “teniente” llamado a contener la turbulencia causada por un degradado teniente Meneses con los reclutas de La Paloma, del Ejército Juvenil del Trabajo, EJT, que, en realidad, habían sido enviados a cortar caña.
En Cuba, el problema no es la selva, es el cañaveral. Mucho más bajito, mucho más cerrado, pero tan traicionero. Así fue como mi padre, inmigrante español, comenzó en la isla muy joven, cortando caña y después como capataz. Y me confesó que aquellos que iban a mandar a los cañaverales no sabrían como rendir, porque la caña no es nada fácil. Por eso cuando se quería castigar a alguien el dicho era “que lo manden a cortar caña”. Y eso es lo que hizo Fidel Castro con todos los cubanos y, sobre todo, con los jóvenes. Los mandó “a cortar caña”, como si él fuera un “negrero”, un dueño de esclavos. Eso era el servicio militar obligatorio.
Y el personaje Meneses, que Alende confesó en la librería, sí existió, era un sanguinario, el mismo diablo encarnado, en la forma que lo describe el autor, con unos pobres reclutas, jóvenes inadaptados a la revolución y ahora agarrados en las manoplas de hierro de este personaje. Porque las fechorías que aparecen aquí son como las de “The Revenant”, la ahora famosa película de Leonardo De Caprio. Y como esta película, De un solo tajo es para lectores hombres fundamentalmente. Es difícil. Es fuerte. Hay que descansar entre texto y texto. Describe un ambiente de explotación infrahumana y de locura. No puedo creer que todo esto es verdad, parece fantasía, ¿quizás sería intertextual, de tanta novela leída por Alende? Pero si lo que dijo Gloria Leal en su reseña de este diario es factual, el mismo novelista anduvo por aquellos predios obligatorios en los 70.
Lo mucho que le agradezco es que al escoger entre el antiguo topos de campo versus ciudad (“Qué descansada vida la del que huye del mundanal ruido…”, de Fray Luis de León), él prefiera la ciudad, a La Habana, a mi ciudad. Y que describa una de aquellas casas o pisos, como si fuera la de la prima Alfreda, por Monserrate, o la de mi amiga Magaly, en la Calzada de Jesús del Monte, adonde iba a estudiar con ella todas las tardes (pág. 47). Pero también impresiona la alternancia de puntos de vista narrativos, para describir a personajes tan disímiles como el Mayor Roberto, y el Teniente, o investigador, que se complementan en la forma de tratar a Meneses, y la perspectiva del tema social cubano bajo el gobierno de la década funesta anterior al Mariel. El título es sobre cómo se debe cortar la caña ¿y Meneses, y el problema de Cuba?
Felicidades Tania Martí
El domingo los residentes de Coral Gables tuvimos la sorpresa de ver de nuevo una función musical en nuestro Country Club. Fue organizada por la artista y empresaria musical Tania Martí, quien cumplía años y decidió regalarnos con sus interpretaciones. Fue un programa muy bien escogido que destacó la variada capacidad y potencia vocal de esta cantante. Sus comentarios fueron el ejemplo de una persona dedicada y fiel a su trabajo. Tuvo un recuerdo de dos grandes compositores cubanos, Mario Fernández Porta, de quien cantó Qué me importa, y de René Touzet, No te importe saber, que tiene dificultades de interpretación que ella supo resolver, y que fue un tema que le dio fama imperecedera y fuente económica en Estados Unidos a su compositor, al interpretársela nada menos que Frank Sinatra en inglés.
Una de las cosas fundamentales en un concierto es el sonido, el arreglo y dirección musical. Y en este caso Tania tuvo un gran apoyo, Lázaro Horta, quien cantó dos de sus composiciones, Cómo decir y Bolero sin fin. Esta última ha sido grabada por el pianista cubano Gonzalo Rubalcaba, la Orquesta Sinfónica de Praga, y el cantante colombiano Andrés Cepeda.
Fue una tarde inolvidable.
olconnor@bellsouth.net
Esta historia fue publicada originalmente el 1 de febrero de 2016, 9:48 p. m. with the headline "Andrés Hernández Alende nos aterra ‘De un solo tajo’."