Artes y Letras

Ana Lucía Ortega, vidas pintadas para sobrevivir

De la habanera Ana Lucía Ortega, la autora de Vidas pintadas para sobrevivir (CreateSpace, 2015), leí –y disfruté sobremanera–, hace ya unos cuantos años, su extraordinario Iglesias de Cuba (Agualarga Editores, Madrid, 1999), un estudio, profusamente ilustrado, sobre 20 de las principales iglesias de la isla, que incluye, desde luego, la Catedral de La Habana, la iglesia de La Merced también de la capital, el santuario de San Lázaro de El Rincón, la majestuosa iglesia parroquial de Nuestra Señora del Rosario, la de Remedios y el Santuario de El Cobre. Ahora nos sorprende con esta colección de 13 relatos escritos en Cuba entre 1988 y 1995, uno fechado La Habana-Madrid, 1994-1995 y un último, El refugio antibombas, en Madrid 2013, que por cierto es uno de los que más me gustó del libro, para un total de quince. Todas las historias se mueven entre la ficción y la crónica minuciosa, detallada, dibujando la entraña de un país en ruinas asolado por una absurda ideología, delirante y paranoica. Los personajes son, en su mayoría, gente sencilla que se dedica a sobrevivir en medio de eso que se le llamó con eufemismo militante “período especial”, tras el derrumbe de la Unión Soviética y el campo socialista.

La también autora de Museos de Cuba (Agualarga Editores, Madrid, 2000), afirma en una nota introductoria: “Estos 15 relatos –salvo El torturado y El juego del ahorcado–, son absolutamente reales. Están basados en sucesos cotidianos que acontecieron en Cuba. Los personajes aparecen con nombres ficticios para proteger la privacidad de los mismos”. Hay personas hurgando en las reliquias familiares con tal de encontrar algo de valor que pueda servir para llevarlo a las flamantes Casas de Cambio y obtener cupones para comprar alimentos y artículos que sólo se consiguen en las llamadas “shopping”. Otras cavan trincheras y refugios antibombas para protegerse del “inminente” ataque y bombardeo del enemigo –en esos años enloquecidos se cavaron tantos agujeros que La Habana parecía un queso Gruyère, todavía quedan huellas–; algunas otras se arrastran en peregrinación hasta el Rincón de San Lázaro en las afueras de La Habana, mientras la policía suspende el transporte público para dificultar la improvisada procesión y hostiga a los fieles. En la misma historia de los refugios nos tropezamos con esta hermosa descripción donde aparece un melocotonero: “De la misma forma en que el musgo crecía verde con sus esporas diminutas al viento para luego convertirse en mohos parduzcos, muy despacio, el túnel horadaba la tierra marrón haciendo recovecos, tropezando con las raíces del árbol de melocotones caribeños que un día sorprendió a todos con su inusitada producción de frutos de un color amarillo muy tenue, y un corazón aterciopelado demasiado rojo”.

Uno de los relatos más interesantes, fechado en La Habana en 1992, es Están bombardeando, donde una muchacha que trabaja como periodista de los Servicios Informativos de la Televisión Cubana, por truculencias del azar, tropieza con un ejemplar de la prensa extranjera. “Recibió el Nuevo Herald de Miami a través de un amigo cuya vecina es una norteamericana residente en Cuba. Aunque era un ejemplar atrasado, pues era de la semana anterior, constituía para ella un tesoro informativo”. La muchacha devora el periódico, en especial, su sección dedicada a Cuba donde se decía que el país estaba “en pie de guerra” en los tradicionales domingos combativos o algo por el estilo y la muchacha recuerda lo que le sucedió a su padre en una de esas actividades.

En resumen, Ana Lucía Ortega consigue en Vidas para sobrevivir, con un estilo directo, en ocasiones de crónica periodística, una pintura al fresco de una dura realidad que con el tiempo no ha hecho más que acentuarse. Quince vívidos relatos que no dejan indiferente al lector.

Esta historia fue publicada originalmente el 5 de febrero de 2016, 6:57 a. m. with the headline "Ana Lucía Ortega, vidas pintadas para sobrevivir."

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