Mabel Poblet, idolatría del kitsch
Recientemente el Tampa Museum of Art adquirió obras de la joven artista cubana residente en la isla, Mabel Poblet (Cienfuegos, Cuba, 1986). Y nada de ello es de extrañar cuando advertimos el éxito de una carrera meteórica que ha gozado de amplio reconocimiento por parte de la crítica y que ha tenido en el manejo multidisciplinar y la habilidad camaleónica frente al lenguaje, su sello de identidad más relevante. Casi todo su trabajo gira en torno a la categoría del “yo” y la construcción cultural acerca del signo mujer. Un signo en extremo “retorizado” por varios frentes del debate contemporáneo: desde el feminismo más radical hasta las variantes menos ortodoxas.
Egresada del Instituto Superior de Arte en Cuba (ISA), se le reconoce deudora de una tradición del arte de tintes emancipatorios y alcance social. Su propuesta supone una indagación en esos espacios e intersticios que el discurso hegemónico reserva para “el otro”. Ese “otro” que siendo mujer ha padecido, de alguna manera, el peso del prejuicio cultural desfavorable. Quizás por ello se advierte en su obra una fuerte vocación reconciliadora del sujeto con su medio; sin bien se expone el rostro de ese malestar que se localiza en la escisión o fractura anterior.
Poblet, con una intención retórica manifiesta, se ocupa de desplazar la obra de esos asideros de emancipación y de la congestión del proyecto colectivo tan del gusto del decenio anterior, hacia zonas claramente conflictivas de una problematización personal que subraya la categoría del “yo” por sobre las urgencias de las demandas colectivas tan propias de los modelos gregarios y las ideologías proletarias. Lo autorreferencial y el “buceo” en la intimidad de la historia personal se advierten, así como señales recurrentes de su poética. La atención desmedida a la tropología como figura retórica en sí misma o el exceso de parodia que busca desautorizar los remanentes de un proceso anterior, comienzan a resultar menos atractivos para una artista perteneciente a una generación que ya no creció en la jornada de la forja y que sus nombramientos casi desconocen de la utopía como engaño y como mentira camufladas.
Simplemente bellas, precisamente, responde a esa necesidad imperiosa de hurgar en la vida de los otros reordenando su propia historia, develando sus propias visiones y perspectivas sobre el hecho estético y la vida en general. Se trata de una experiencia sociológica, bastante conmovedora, vivida en un centro penitenciario en la provincia de Holguín. Tal y como afirma la propia artista “a través de la repetición en serie de un estampado de flores kitsch construyo una imagen-retrato de cualquier chica joven superadas por las circunstancias de la vida y golpeada por los malabares del destino. La idea surgió de la experiencia que tuve al visitar un centro penitenciario de la provincia de Holguín, donde conocí a la reclusa Betsy Torres. Ella, junto a otro grupo de mujeres participaba de un taller de creación de flores plásticas. Las flores construidas a partir de desechos producidos por ellas mismas en sus actividades cotidianas son absolutamente kitsch. Sin embargo –subraya Mabel– su concepción y elaboración responden a una necesidad emancipadora y creativa francamente conmovedora, que me hizo cuestionar las relaciones que se establecen entre el kitsch, el arte popular y ese otro arte profesional o especializado que demanda su propio escenario. Estas mujeres no están creando un objeto mímesis de lo natural, con impostura de belleza. Sus flores imitan los patrones del kitsch industrial. Son el kitsch del kitsch. Pero ellas creen en la libertad y creatividad de su gesto”.
Este vínculo participativo es el punto de partida que determina la construcción de Simplemente bellas. “Formalmente –explica la artista– el soporte de este retrato es una estructura formada por ruedas fijadas a cuatro planchas de acrílico transparente, impulsadas por cuatro motores eléctricos que permiten la constante formación y deformación de la imagen. El movimiento deviene en representación de la relatividad del kitsch en función del gusto estético de las personas y del gusto en relación con la cultura que se tiene, o no. La figuración lograda anula de algún modo la connotación kitsch de las flores. Estas dejan de ser momentáneamente elementos decorativos. En cambio, cuando la figuración se fragmenta es la naturaleza del detalle lo que importa. La pieza, en resumen, es un viaje del kitsch al arte, y del arte al kitsch.
La obra de Mabel Poblet es, al cabo, un acto humanista de reconciliación del “yo” con “su imagen proyectada en el espejo”, del sujeto individual asomado a la historia que le cuenta y le dice, que le nombra y le recuerda, pocas veces, la grandeza de ese instante en el que la vida puede ser vivida –y extraviada– en el heroísmo de la debilidad, ese débil heroísmo de los otros que cuenta siempre una historia de rebeldía y de permanencia.
Andrés Isaac Santana reside en Madrid y es escritor, comisario y crítico de arte.
artnexus73@yahoo.es
Esta historia fue publicada originalmente el 8 de febrero de 2016, 1:04 p. m. with the headline "Mabel Poblet, idolatría del kitsch."