Artes y Letras

Roberto Brodsky: la imposibilidad de volver a casa

Roberto Brodsky, un escritor que ha construido una obra en que la memoria y los residuos de ella se apropian de la trama.
Roberto Brodsky, un escritor que ha construido una obra en que la memoria y los residuos de ella se apropian de la trama. Miguel Sayago

La frase es atribuida al escritor italiano Leonardo Sciascia, pero en más de una ocasión Julio Cortázar se la dijo a algunos jóvenes aprendices de artistas, cuando iban en peregrinación a golpear la puerta de su departamento parisino de la Rue Martel: “Quien ha cometido el error de irse de su país, no puede cometer el error de volver”.

Tal vez el escritor Roberto Brodsky (1957, Santiago de Chile) nunca haya escuchado la frase, aunque no lo necesita: en la novela Casa chilena (Random House) la sentencia está grabada a fuego.

El autor de El peor de los héroes, Bosque quemado (Premio Jaén de Novela, 2007), como co-guionista de los filmes Machuca y Mi vida con Carlos ha pasado parte de su vida en el exilio. A la distancia el escritor ha construido una obra en que la memoria y los residuos de ella se apropian de la trama. Brodsky ha vivido en Buenos Aires, Caracas, Barcelona y actualmente reside en Washington DC, donde trabaja como profesor adjunto en el Centro de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Georgetown.

‘Casa chilena’ cierra la trilogía compuesta por ‘Bosque quemado’ y ‘Veneno’, donde el exilio y la propiedad tienen un peso enorme. ¿Desde el principio tuvo en claro el tema y el desarrollo de estas novelas? “No, para nada. Habría sido imposible escribirla según un programa de trabajo. Es una trilogía involuntaria, y en parte esto es así porque no creo haber narrado mi propia biografía sino más bien la biografía de un territorio, o la autobiografía de un territorio si se quiere. En todo caso, se trata del Chile que salió de la dictadura a la democracia: incierto, ambicioso, decepcionante y buen alumno al mismo tiempo. Cada una de las tres novelas que forman la trilogía se leen por separado, recorren superficies distintas entre sí, con personajes que no se repiten sino que se refractan: hacen de espejo y de dobles con sus propias esperanzas y decepciones. Es una trilogía porque las tres se nutren de las mismas aguas familiares y por lo tanto trágicas que encadenan o liberan sus posibilidades ficcionales, que es al final lo que cuenta en una novela”.

¿Qué dificultades y ventajas encontró en narrar en segunda persona ‘Casa chilena’? “Puede parecer raro lo que voy a decir, pero la segunda persona restringió felizmente mi capacidad de movimiento y libertad frente a lo narrado. Fue una suerte encontrarme con esa posibilidad, porque sólo de esa forma pude contener todas las ansias que alimentaban al personaje en su plan de retirada cuando llega a vender la casa familiar. Desde un comienzo entendí que esa opción implicaba una vigilancia constante y un diálogo apretadísimo con la subjetividad de ese personaje, de modo que no había espacio para rizar el rizo ni detenerse demasiado en disquisiciones filosóficas. Entendí también que la segunda persona, por muy revuelto que fuera el siquismo del personaje, instalaba un mundo paradójicamente disciplinario por sobre cualquier otra cosa. Jugué con esa ventaja, pero al mismo tiempo con el riesgo total de que esa segunda persona agotara sus recursos y el texto se volviera pesado, fatigoso y encadenado a una forma llena de peligros”.

La creación literaria está acompañada de la memoria. En este sentido, ¿la condición de extranjero sería beneficiosa para escribir? “Depende de tu momento, y no creo que existan recetas. A veces salir del entorno doméstico provoca auténticas erupciones de creatividad, pero también te puede aniquilar si la experiencia acaba con la poca coherencia que te queda en una situación de crisis. Yo he sobrevivido a ambos polos, y siempre he vuelto a escribir, es decir a darle forma al caos que te rodea, no por haberme convertido en extranjero o por haber vuelto a mi país, sino por haber tomado decisiones simples pero a la vez complejas: sentarse, diseñar un horario, dibujar un mapa donde indiques desde donde y hasta dónde quieres ir, preparar los comestibles y bebidas que vas a necesitar según el tiempo de viaje que has calculado. Son todas decisiones racionales, sencillas pero comprometedoras a la vez. Luego comienzas la escalada y te vuelves un extranjero para ti mismo: no importa si estás en la plaza de armas de tu ciudad natal o viajando en el Transiberiano. Escribir te exilia, pone una distancia allí donde te encuentre la escritura”.

Vivió en la Argentina y en Venezuela. ¿Qué aprendió de esas sociedades? “Que los males de hoy no son nuevos, que los países latinoamericanos se parecen a los hermanos cuando se pelean queriendo diferenciarse uno del otro, que Argentina es un país de acogida y violento donde todavía sigo teniendo muchos amigos, y que Venezuela es un país de acogida y violento donde ya no me quedan muchos amigos”.

Ahora vive aquí, en los Estados Unidos. ¿Qué ha aprendido hasta ahora? “Bastante más inglés del que sabía antes de venir. Pero acaso la gran diferencia entre Estados Unidos y los países latinoamericanos sea que acá, no importa lo que hagas, siempre serás apreciado y valorado, porque nada de lo que haces importa demasiado. En cambio allá tienes el desprecio asegurado, porque por muy poco que hagas, todo va a importar siempre demasiado”.

Siga a Hernán Vera Alvarez @HVeraAlvarez

hernanvera@yahoo.es

Esta historia fue publicada originalmente el 5 de mayo de 2016, 5:55 p. m. with the headline "Roberto Brodsky: la imposibilidad de volver a casa."

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