‘El niño terrible y la escritora maldita’
Se le llama autoficción (un término literario de reciente creación que fue acuñado en 1977 por el escritor Serge Doubrovsky) a textos en los que el autor incluye en la trama episodios de su vida. Su principal característica es que narrador, protagonista y autor, son una misma persona. No es una autobiografía ni una novela; pero se nutre de ambos géneros. En su parte autobiográfica se supone que el autor se identifique con el narrador, pero sin garantizar que lo que cuenta sea verdad. Mientras que en la de ficción, el escritor puede añadir a su antojo lo que quiera, pues el nombre del personaje, aunque se parezca, no es el del autor.
Si lo anterior le parece confuso es porque lo es. En realidad, la autoficción es una técnica narrativa compleja que no todos los escritores se atreven a utilizar. Sin embargo, hay algunos que se sienten cómodos con ella y la han convertido en su marca de fábrica, como Jaime Bayly, que en su más reciente novela El niño terrible y la escritora maldita (Vintage Español, 2016), la ha vuelto a emplear. Ya lo había hecho en El canalla sentimental (Planeta, 2008), que terminaba cuando su novio argentino lo llama desde Buenos Aires para ofenderlo por todas las intimidades que había escrito sobre su relación: "Sos un negro culosucio. No tenés moral".
En esta ocasión, como si fuera un folletín por entregas, Bayly parte del insulto porteño de su novio y nos sigue narrando, capítulo a capítulo, su vida misma. Y lo hace, a un paso no ya de la autoficción sino de la autobiografía, a través de un personaje que casi lleva su propio nombre. En lugar de Jaime Bayly es Jaime Baylys, con solo una letra adicionada al apellido. Como el famoso licor irlandés, pero con una grafía diferente. Aquí está, contada utilizando sus artículos periodísticos en el diario El Siglo XXI, su existencia actual: viviendo en Lima se enamora de Lucía Santamaría, una estudiante de psicología de apenas veinte años que aspira a ser escritora. La joven queda embarazada y Baylys, el personaje, tal como hizo Bayly, el autor, lo anuncia en su programa de televisión.
A partir de ahí, todo se complica. Aunque por razones diferentes (que tenían que ver con su aspiración a ser presidente del Perú), lo despiden del canal de televisión donde trabajaba, le cancelan su columna semanal en El Siglo XXI y sus hijas dejan de hablarle y le piden que desaparezca de sus vidas. Así las cosas, Bayly -o Baylys- acepta un contrato en un canal televisivo de Miami, compra una casa en Key Biscayne y se casa con la joven "escritora maldita". Algún tiempo después, nace su hija Sol y la felicidad, al fin, parece llegar a su vida.
En realidad, es una dicha a medias. Bayly está inconforme con el rumbo de su existencia y sueña con vender todas sus propiedades y reinventarse a sí mismo. Y se pregunta: "¿Adónde podría ir, cuántos años podría vivir sin trabajar mercenariamente en la televisión, cuánto tiempo podría retirarme del circo putañero y vivir en algún lugar tranquilo, como escritor a tiempo completo, sin que me pinten y empolven la cara cada noche?" Pero no encuentra respuestas y debe seguir fingiendo, con su cara maquillada, frente a las cámaras.
El niño terrible y la escritora maldita no es solo uno de los libros más autobiográficos de Jaime Bayly sino también uno de los mejores que ha escrito hasta ahora. A pesar del ninguneo de la prensa especializada que lo ignora y del menosprecio de sus colegas que lo consideran un autor menor, Bayly sigue escribiendo a ultranza, como si en ello le fuera la vida. Y cada día lo hace mejor. No ha abandonado su estilo liviano, lúdico, irreverente y desfasado, pero en algunos segmentos narrativos (los que amplían los artículos periodísticos del Siglo XXI que guían la trama) es posible advertir un tono de moderada y lírica reflexión. Pero es solo en algunos; los otros siguen siendo provocadores, cínicos y hasta ofensivos, pues las escenas de sexo continúan estando narradas con su habitual realismo.
La novela termina de una manera triste y conmovedora cuando Bayly se despide, después de un breve y apresurado encuentro con sus hijas -que no han querido ir a verlo a su casa-, en un Starbucks de Key Biscayne: "Las abracé, volví a llorar, sentí que no nos veríamos en un buen tiempo, subí a la camioneta y les hice adiós, ellas tan altas, guapas, preciosas, adorables, haciéndome adiós como si fuera un alivio que desapareciera de sus vidas. Desde entonces no he vuelto a verlas"
manuelcdiaz@comcast.net
Esta historia fue publicada originalmente el 13 de mayo de 2016, 1:46 p. m. with the headline "‘El niño terrible y la escritora maldita’."