Mitos: demonios, vampiros, zombis
Al principio fueron los demonios. Ya las religiones más antiguas encarnaban el mal o los males en seres sobrenaturales poderosísimos que iban contra el Dios bueno y creador y sus huestes bondadosas.
De “genios” a titanes, de Seth a Luzbel, desde los egipcios venimos carenando en una extraña dicotomía que pone al mal, aunque salido del bien, en eterno contrapunto con este. Pero el tiempo transforma todo, a veces hasta llevarlo a su contrario, es señal de la decadencia. Las leyendas fáusticas que culminan con el Fausto, de Goethe le dan al demonio, encarnado en Mefistófeles, el poder de conquistar el alma humana con dones materiales que luego lo llevarán a pagar sus culpas a ese otro gran mito: el infierno.
Astuto, trapacero, filósofo, este diablo “cojuelo” resulta moralista y hasta sabio instrumento de Dios al darle al pecador lecciones éticas. Es un demonio digno de su Siglo de la Luces. Pero en el XIX, se exaltan los sentimientos y los egos, es la era del “romanticismo”, palabra que se deriva de la francesa “roman”, novela. En ese siglo los demonios van enamorados, son diablillos bellos, seductores, incluso, en cuerpo de mujer. Los ángeles, aunque sean caídos, teóricamente no tienen sexo, pero los demonios parecen ser bisexuales. El más delicioso de todos estos “angelitos” es el de Soulié en Las memorias del Diablo.
En el XX, ya en plena decadencia global, los demonios andan sueltos en el poder, en la política. Stalin y Brezhnev consultaban “brujas”, Duvalier tenía fama de brujo él mismo y aún subsiste la leyenda de Fidel Castro y su pacto diabólico. “Sin querer se hace una ofrenda, que pacta con el dolor” cantará Silvio Rodríguez en Angel para un final. En el siglo XXI, tocamos fondo, los valores se trastruecan, se ha dado la vuelta en redondo, y en la serie de TV Lucifer, el “señor de los infiernos”, se toma unas vacaciones justamente en “Los Ángeles” como detective aficionado. Delicioso “tour de force” donde todo el rollo de Diablo y Dios se vuelve motivo de sicoanálisis, problemas entre padre e hijo.
Loa vampiros vinieron después de los demonios, a partir del XIX, no sólo por la atmósfera romántica y sexual que envuelve a estos seductores (y seductoras) de ultratumba, sino porque eso de chuparle la sangre a alguien tiene mucho que ver con el mundo del capitalismo industrial en el que muchos dejaban la vida y la sangre a través de la tuberculosis, “consumidos” literalmente por el trato inhumano en campos y ciudades.
Justamente en la Gran Bretaña victoriana, el irlandés Bram Stoker habría de acuñar la primera gran novela de una saga inmortal: Drácula (1897). Con el siglo XX, el personaje salta al cine, la televisión, el teatro musical y hasta a la ópera (aunque la ópera El vampiro es de 1828). La metáfora de los vampiros se ha enriquecido con las décadas, y lo mismo pueden ser entes positivos, paladines de justicia y amor eterno (nunca mejor dicho) que personajes deliciosamente humorísticos.
En su más reciente encarnación el vampiro se vuelve otra cosa. La serie de TV The Strain, cuya tercera temporada saldrá este año, le da al fenómeno una base científica, biológica. Se trata de una especie paralela que provoca mutación en los humanos por la transmisión de un virus o “strain”. De la superstición transilvánica a Darwin, una evolución sin duda.
El horror más reciente son los zombis, que ya compiten con los clásicos antes mencionados en cuanto a versiones en cine y TV. Al principio los zombis partían de presuntas prácticas de voudou en Haití que lograban una catalepsia parecida a la muerte, y de la que la víctima volvía a la vida en una especie de sopor que permitía a su captor esclavizarla. Pero los zombis de las últimas décadas son otra cosa: difuntos hambrientos del cerebro de los vivos. Son como drogadictos sin otro objetivo que el de ir contaminando a todo el mundo y destruyendo todo y a todos los que se atraviesen en su camino.
La metáfora es burda, los zombis representan cualquier elemento que atente contra el orden. Son otra forma de "demonizar" subliminalmente a grupos que no se quiere identificar: los pobres, los inmigrantes, los homosexuales, los enfermos de sida, los comunistas, los musulmanes… Clásicos de ese género, pero con extraterrestres, son los filmes The Invasion of the Body Snatchers (1956 y 1978).
Con el tiempo, lo “demonizado” ha perdido sofisticación y elegancia. Los vampiros tenían buen gusto al vestir y hasta volaban a la luz de la luna, los zombis son un asco. Pero aun con todo lo repulsivos que pueden ser y con la carga metafórica negativa que puedan tener, resulta que ellos también se redimen, también pueden ser "buenos" y, según el filme o la serie que usted vea (recomiendo Pride and Prejudice and Zombies), hasta el "virus" puede combatirse (como el de los vampiros) o la adicción por cerebros humanos se puede paliar con cerebros de cerdo con los que se comulga en ceremonia religiosa (!), de igual manera que la sangre sintética de True Blood permitió a los vampiros salir del clóset en la serie de TV. Demonios, vampiros y zombis ahora exhiben orgullosos sus altos valores éticos y su más redimida y redentora humanidad.
Hemos dado la vuelta en redondo, y ya estos arquetipos del mal pueden ser buenos, graciosos, ejemplares, quizá porque vemos todos los días cómo los arquetipos del bien: el policía, el sacerdote, el científico, el médico, el militar, la princesa o el gobernante, quedan desenmascarados como epítomes de la corrupción, la estafa, el vicio…
Se ha publicado recientemente un libro en que la otrora indefensa Caperucita Roja anda armada con su rifle… La vuelta en redondo. Nos queda como consuelo el saber que, aunque el hada Maléfica haya sido redimida por el cine, la bruja de Blanca Nieves sigue siendo un pozo de maldad. Aunque quizá, con el tiempo, también se inviertan en ese mito los papeles.
Periodista y crítico de música
Esta historia fue publicada originalmente el 14 de mayo de 2016, 4:44 p. m. with the headline "Mitos: demonios, vampiros, zombis."