Artes y Letras

‘La revolución congelada’. Al habla con Duanel Díaz

Tras Los límites del Origenismo (2005) y Palabras del trasfondo. Intelectuales, literatura e ideología en la Revolución Cubana (2009), acaba de editarse La Revolución congelada. Dialécticas del castrismo, en el que Duanel Díaz (Cuba, 1978) redondea sus pesquisas sobre la función del intelectual y el devenir de los procesos culturales a partir de 1959.

De paso por la ciudad antes de regresar a sus labores en Virginia Commonwealth University, Díaz hace gala de su devoción por el tema.

De Sartre a Žižek, de Ginsberg a Wim Wenders, a partir de 1959 se produce una avalancha de “turismo revolucionario” intelectual hacia Cuba…

Así es, y los libros que ellos escribieron son parte fundamental del archivo de la Revolución Cubana. No sólo reflejan las ansias de los intelectuales de izquierda, sino que tienen un valor documental sobre la vida en esos años, pues recogieron detalles que no aparecen en la prensa de la época y en los reportajes escritos por los cubanos.

Aquí lo que pretendo es rastrear una cierta verdad de la revolución: que en estos intelectuales la búsqueda de eso real más allá del mercado capitalista se revela como puesta en escena.

Durante lo que llamas “periodo romántico de la Revolución Cubana”, se genera una fascinación estética hacia el evento revolucionario.

Desde antes del corrimiento hacia el comunismo, era obvio que la diferencia entre la democracia representativa y la “democracia directa” equivalía no sólo a la diferencia entre lo formal y lo real, sino también al contraste entre lo ordinario y lo sublime.

Hojeando el libro Gobierno revolucionario cubano, descubrí que para la concentración por los sucesos de Hubert Matos, Castro había mandado a construir un puente sobre la entrada del túnel de la Bahía, para que la masa ocupara desde la terraza del Palacio hasta el Malecón. Pero su idea iba más allá. Cuenta Luis M. Buch que una madrugada Fidel preguntó sobre la opción de retirar provisionalmente los árboles para tener una completa visibilidad de la multitud. Por suerte no se hizo. Esto me parece sumamente revelador de ese kitsch revolucionario, donde la visión sublime de la masa concentrada y la sed de sangre de la “justicia revolucionaria” son inseparables.

Casi toda la cinematografía de esos años da cuenta de la carnavalización del proceso, supuesto antídoto contra la rigidez de los países comunistas de Europa…

Pero la revolución ya estaba congelada, y llegó la institucionalización, lo cual demostró la falsedad de la idea según la cual la idiosincrasia caribeña impediría la burocratización del socialismo.

A partir del momento en que la Revolución se estaliniza, la literatura se subordina a los dictados de un partido y por lo tanto, dices, “aparece congelada, muerta”.

Esto caracteriza a toda la literatura de los setenta --las novelas de Cofiño, el teatro proletario, la poesía social…; pero donde mejor se ve es en el policial. El libro Los hombres color del silencio, de Alberto Molina, que obtuvo en 1975 el premio en el concurso convocado por el MININT, inaugura la corriente de contraespionaje. Ese libro narra las acciones de un grupo dirigido por la CIA, y el trabajo de la Seguridad del Estado para evitar el atentado.

Si la gran corriente narrativa que va desde Novás Calvo hasta Cabrera Infante había logrado captar el habla popular cubana, en la “novela policial revolucionaria” se ha restablecido la narración más convencional, en un retroceso a la convención literaria previa a la modernidad literaria.

A partir de 2000 se producen los trabajos fotográficos de Polidori, Moore y Eastman, centrados en edificios viejos, autos antiguos, ruinas…

Me interesan Polidori, Moore y Eastman porque en ellos es donde mejor se ve la tendencia al desplazamiento de las personas del primer plano: en los sesenta las multitudes y los retratos de héroes, en los noventa las cosas, humanizadas por los años de uso.

Y hoy se tiende a recomponer lo que en 1968, tras la Ofensiva Revolucionaria, se consideró suprimible.

El año pasado reabrieron el Sloppy Joe’s, que justamente fue cerrado cuando la ofensiva. Las paredes están llenas de fotos que ilustran la historia del local, los personajes que pasaron por allí. Hay en esto algo simbólico: es imposible recomponer el “jarrón” que se rompió en 1968.

En 1959 el Capitolio no fue saqueado, pero fue desconocido. A fines de 1960, en sus jardines se celebró una “Feria de la Vaca” con pabellones, tómbolas, quioscos, exhibiciones fotográficas. En 1976 se hizo “Logros de la ciencia y la técnica soviética”, con camiones, tractores y hasta una reproducción de un sputnik.

Ahora quieren restaurar el edificio, para devolver a él la Asamblea Nacional. Simbólicamente, es una vuelta a la república, pero sin un reconocimiento del desastre que fue su desmontaje.

Esta historia fue publicada originalmente el 24 de enero de 2015, 7:00 a. m. with the headline "‘La revolución congelada’. Al habla con Duanel Díaz."

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