Artes y Letras

Sexo oriental contra el invierno en París

Grabado atribuido a Tsukioka Settei (1710-1787), que forma parte de la exposición El arte del amor en los tiempos de las geishas, en la Pinacoteca de París.
Grabado atribuido a Tsukioka Settei (1710-1787), que forma parte de la exposición El arte del amor en los tiempos de las geishas, en la Pinacoteca de París. A. Quattrone

Empaquetadas por Marc Restellini, un empresario atípico que ha convertido su museo privado en una fábrica de bestsellers y cuyo establecimiento, de 5,000 metros cuadrados, está situado a dos pasos de la iglesia de la Madeleine, programa dos exposiciones simultáneas sin trampa ni cartón: El kamasutra. Espiritualidad y erotismo en el arte indio y El arte del amor en los tiempos de las geishas (Los maestros prohibidos del arte japonés).

Ambas muestras estarán abiertas hasta el 15 de febrero y son posibles gracias a este emprendedor del arte poco habitual.

Restellini tiene 50 años, es corpulento y luce pelo lacio y barba canosa. Historiador del arte de formación, es nieto del discreto pintor moldavo Isaac Antcher, fallecido en París en 1992, y se ha convertido en un certero francotirador que cultiva su fama de insolente.

Pocos le tomaron en serio cuando, hace unos años, se independizó del Olimpo de la gestión cultural parisina, donde flotaba desde finales de los ochenta. En 2007 fundó su museo privado y muchos intentaron “cortarme las alas”, dice.

“Los Museos Nacionales franceses son una mafia. Utilizan su poder para bloquear los préstamos. Tienen una política de laboratorio farmacéutico, no de museo. Son gente sin ética", lanza en una entrevista.

CUATRO MIL PERSONAS AL DÍA

Antiguo director artístico del Museo de Luxemburgo, Restellini inauguró su Pinacoteca apoyándose en la “concepción transversal del arte” y con la intención de programar muestras poco habituales.

No ha logrado el reconocimiento de sus pares, pero ha demostrado ser un hábil traficante de sueños: los soldados de terracota de Xi'an, el oro de los incas, el jade de los mayas, Roy Lichtenstein, Man Ray, exposiciones coproducidas con el Museo del Hermitage de San Petersburgo y más.

Restellini no ha dejado de sorprender a través de un establecimiento que visitan unas 4,000 personas cada día y se ha hecho un hueco en una ciudad saturada con 173 museos e incontables galerías de arte.

Tres años después de abrir en el 2007, había metido a dos millones de personas en su museo, por el que rodaban obras cedidas por coleccionistas privados.

La Pinacoteca de París, que nunca ha renunciado a la espectacularidad en su catálogo, factura ya 17,8 millones de dólares por ejercicio, de los que el 40 por ciento sale de la tienda de regalos.

Cuenta con un equipo de 40 personas que prepara, de media, cuatro exposiciones al año (Cleopatra, la musa etrusca de Giacometti, las primeras telas de Goya, la sensualidad del Art-Decó). Ahora presenta un cartel con kamasutra y geishas: filosofía y estética del sexo foráneo ancestral. Muy refinado, por supuesto, y con obras “de la máxima calidad”, reivindica Restellini.

El kamasutra. Espiritualidad y erotismo en el arte indio deambula por uno de los textos fundadores del hinduismo medieval, escrito en sánscrito en el siglo III por el sabio Vâtsyâna y divulgado al gran público a partir de su traducción al inglés en 1963.

A través de 500 miniaturas, pinturas, joyas y bajorrelieves, la muestra dialoga artísticamente con todos ellos y dedica especial interés al segundo: El arte de hacer el amor.

Ese tomo, el inventario carnal por antonomasia, presenta 64 posiciones sexuales más o menos acrobáticas que incluyen tabúes que aún persisten, como la homosexualidad masculina y femenina o el placer grupal.

Una mujer semidesnuda observa cómo copulan dos pájaros, una chica acaricia las cuerdas de un sitar mientras se entrega a los placeres de su amante, un extenso inventario de posturas sexuales, mujeres copulando con elefantes, perros o monos y más.

TIEMPO DE GEISHAS

En la segunda muestra, El arte del amor en los tiempos de las geishas (Los maestros prohibidos del arte japonés), se contempla a estas expertas en caligrafía, música, danza y poesía que se ganaban la vida a orillas de la prostituciún, alquilando algunos de sus encantos.

Apenadas, con rostros de porcelana, de una belleza estética y brutal, la singular exposición penetra en una tradición fascinante que perdura en el Japón contemporáneo.

Supone, además, el primer desembarco en Francia de más de 200 estampas, grabados, ilustraciones y piezas decorativas alrededor del “imaginario fuertemente erótico” de esas doncellas.

Se exhiben piezas llegadas de Italia y Suiza, así como originales del pintor y grabador más célebre de Japón, Katsushika Hokusai, a quien el Grand Palais analiza simultáneamente en otra muestra con más de 300 piezas.

“El Grand Palais nos copia a menudo”, apostilla Restellini.

Con trabajos de maestros como Kitagawa Utamaro o Utagawa Hiroshige, las obras que se exponen en la Pinacoteca dan cuenta del ascenso de la burguesía nipona. Esos comerciantes, artesanos y médicos japoneses abrazaron una filosofía de vida hedonista, conocida como el ukiyo, que contrastaba con la moral neoconfucionista de las clases guerreras dirigentes y favorecieron la aparición de esas cortesanas japonesas.

La exposición de la Pinacoteca de París enlaza la tradición pictórica de la época Edo (1603-1867), que fascinó a artistas como Gustav Klimt, Emile Zola, Toulouse Lautrec o Manet, con ilustraciones contemporáneas como el hentai o el manga, que firman creadores eróticos vivos como Toshido Maeda, Gengoroh Tagame o Dirty Matsumoto.

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