José Abreu presenta ‘Poesía exiliada y pateada’
Se ha dicho muchas veces que lo mejor de la literatura cubana se ha escrito en el exilio. Y esto es cierto en todos los géneros; tanto en el de novela como en el de teatro y ensayo. Pero sobre todo en el de poesía. Por ejemplo, en el siglo XIX, José María Heredia y José Martí escribieron en Nueva York sus poemas más conocidos: Oda al Niágara y Versos sencillos, respectivamente. No fueron los únicos. Podríamos mencionar también a Pedro Sancilia, José Agustín Quintero y Juan Clemente Zenea, quienes escribieron sus mejores obras en el exilio.
Pero si las guerras de independencia provocaron aquel primer destierro de escritores cubanos, sería la llegada de Fidel Castro al poder y la instauración de un estado totalitario lo que ocasionaría un segundo extrañamiento -esta vez más numeroso y prolongado- de creadores cubanos. Entre ellos, claro, muchos poetas que abandonaron la isla enseguida y lograron continuar, aunque con mucha dificultad, su obra.
La nómina de los que le siguieron es interminable y resultaría imposible nombrarlos a todos. Baste decir que la mayoría de ellos, al igual que los primeros, pudieron continuar, en mayor o menor medida pero con el mismo sacrificio, su labor creativa. Sin embargo, hubo otros poetas cubanos exiliados que, por diferentes razones, no tuvieron la misma suerte. Algunos de ellos, Rene Ariza, Roberto Valero, Jorge Oliva, Reinaldo Arenas, David Lago, Esteban Luis Cárdenas y Leandro Eduardo Campa, todos ya fallecidos, son los que José Abreu ha incluido en su libro Poesía exiliada y pateada (Alexandria Library, 2016), en el cual presenta, a modo de homenaje póstumo, una selección de los mejores poemas de cada uno de ellos y una nota biográfica de los mismos.
Con excepción de Arenas, cuya obra en general es conocida internacionalmente, los demás nunca alcanzaron el reconocimiento que merecían. El denominador común que los unía era la autenticidad de sus voces, haber sido perseguidos en Cuba por sus ideas políticas y no haber podido retomar cabalmente, ya en el exilio, su quehacer literario. René Ariza, por ejemplo, fue acusado de “diversionismo ideológico”, un engendro jurídico ideado por la revolución para castigar a los intelectuales desafectos. Condenado a ocho años de cárcel, nunca volvió a ser el mismo. Uno de sus poemas, Llego en sueños, podría haber sido su epitafio: “El poeta no encontraba/ puentes que le llevasen al corazón de todos. / Extraviado el camino/ en una noche de insultantes estrellas, / halló su propio corazón/ tiritando bajo una piedra negra.”
Antes de morir, Roberto Valero, uno de los fundadores de la revista Mariel, dejó escrito este poema inédito: “Es bueno recordarlo, somos divinos. / Saber que sientes este cansancio tan enérgico, / las palabras dichas con rencor/ y las palabras que no se dijeron, / sientes esa presencia tan sólida que anoche me acompañó/ y era la muerte”. Otro de ellos, David Lago, también perseguido en su natal Camaguey, llegó exiliado a Madrid en 1982, donde publicó los poemarios Resaca del absurdo y Los hilos del tapiz. En su testamento dejó expresamente dicho que sus cenizas nunca debían volver a la isla.
Pero fueron los dos últimos, Esteban Luis Cárdenas y Leandro Eduardo Campa, los que más sufrieron. Sus poemas, destinos y desenlaces siempre estuvieron, de alguna extraña manera, entrelazados. Esteban intentó asilarse en la embajada argentina de La Habana saltando de una azotea a los jardines de la sede diplomática. Casi inconsciente y con las piernas fracturadas, los funcionaros de la embajada lo arrastraron hasta la calle y se lo entregaron a las autoridades. Indultado en 1979, viajó a los Estados Unidos como prisionero político. Ya en Miami, dos graves accidentes lo dejaron incapacitado y debió vivir en los barrios más pobres de la ciudad. Lo último que se supo de él fue que estaba ingresado en un hospital. Antes de desaparecer para siempre, nos dejó este poema: “Era un loco tradicional, pero alerta/ ideaba lagos artificiales y juguetes/ edificios de espejos/ cárceles”
Leandro Eduardo Campa fue expulsado de la Universidad, sufrió prisión y terminó formando parte del Éxodo del Mariel. Rebelde en la isla y casi desamparado en Miami, deambuló por las calles de la Pequeña Habana hasta que un día desapareció sin dejar rastro. Se le presume muerto. De su libro Little Havana Memorial Park es este poema: “Cuanto queda de Little Havana/ es un quicio: el atardecer lo cubre; / todos los atardeceres se unen para cubrirlo. / En ese quicio dejamos sentada/ nuestra sentencia. / Vidas que fueron un número/ menos inequívoco que el del Seguro Social/ edifican este panteón”
Ha hecho bien José Abreu en editar y publicar este valioso libro. Estos siete poetas exiliados se merecen este justo y postrer reconocimiento. Y es que no solo fueron exiliados sino que, como su poesía, también fueron pateados. Primero por una dictadura; después por la propia vida.
Auspiciado por el PEN CLUB de Escritores Cubanos en el Exilio, el libro “Poesía exiliada y pateada” se presentará el sábado 9 de julio, a las tres de la tarde, en West Dade Regional Library, 9445 Coral Way, Miami. La presentación estará a cargo del escritor y periodista Luis de la Paz.
manuelcdiaz@comcast.net
Esta historia fue publicada originalmente el 1 de julio de 2016, 1:01 p. m. with the headline "José Abreu presenta ‘Poesía exiliada y pateada’."