Boquitas pintadas de literatura
A veces los escritores tienen más cosas en común de lo que se cree. Es el caso de María Ángeles Octavio y Keila Vall de la Ville. Venezolanas –caraqueñas para más datos– viven en la ciudad de Nueva York y por estos días han publicado los libros de relatos Exceso de Equipaje y Ana no duerme y otros cuentos (ambos por Sudaquia Editores). Sin color local, con prosa limpia y tomando diferentes recursos de estilo, las autoras presentaron las obras el martes en la elegante Books & Books de Coral Gables.
El libro de Octavio resultó ganador del concurso de escritores inéditos organizado por Monte Ávila Editores. A su vez, el de De la Ville fue finalista del mismo premio. El Nuevo Herald dialogó con las autoras.
¿Las historias de Exceso de Equipaje y Ana no duerme y otros cuentos son de épocas diversas y decidieron entonces agruparlas, o a medida que las escribían se daban cuenta que allí había un posible libro?
(Keila Vall de la Ville) Ana no duerme nació de los talleres de creación literaria de Monte Ávila Editores (con Carlos Noguera) y del Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (con Luis Barrera Linares). Fueron meses muy productivos. Nos leíamos entre todos, nos criticábamos, pulíamos, y volvíamos a leer. Me marcaron. Tanto, que al final vi la posibilidad de, haciendo una selección, dar forma a un libro. La primera edición de ese libro (2007) fue escrita en un año; la nueva con Sudaquia es del 2016 e incluye tres cuentos posteriores: “Eclipse”, “Las alas de Rafael” y “Snow Angel”, que resultó de la maestría en Escritura Creativa en NYU, de un curso con el escritor Antonio Muñoz Molina, que fue mi tutor. Tienen un sello, están marcados por la misma clase de preocupaciones pero su tratamiento, el discurso formal y temático, es distinto. Diría que resuelven inquietudes abiertas en la versión primigenia del libro.
(María Ángeles Octavio)Voy caminando por la calle y las imágenes se me lanzan encima. Me llaman la atención. Se clavan en la cabeza. Me atraviesan. Me gritan para que voltee a mirarlas. No me paro a buscarlas, ellas llegan a mi de esa manera en la que no me doy ni cuenta y tomo un papel y un lápiz y escribo dos o tres palabras para recordarme de qué se trataba lo que vi u oí. Al regresar a mi rutina, de pronto siento una pulsión enorme que me obliga a sentarme a escribir. Añoro esta sensación. Así escribí este libro. Mis historias no tienen cronología ni tiempo. No creo en encasillarlas en un espacio temporal. No tienen época. Tampoco lugar. La geografía no las desborda. Viven en mi y salen cuando tiene que salir. Todas fueron escritas con mucha cercanía. Se hicieron libro solas. Ellas, las historias, decidieron ser un volumen justo cuando terminé el cuento que da título al libro: Exceso de Equipaje.
A veces en los libros de cuentos la estructura se vuelve repetitiva. No es el caso de estas obras en el que manejan diferentes formas narrativas.
(V) Me inquieta la hibridez, me interesan los cambios de ritmo, el uso de registros múltiples, la utilización del espacio en la página. Me interesan las pausas y los precipicios en los textos. Hay que dejar que cada relato cuente lo que está supuesto a contar. Es como escuchar lo que ocurre en la habitación contigua: debes acercar el oído y guardar silencio bien pegada a la pared. Entonces ahí sabes, qué es lo que pasa en esa historia. Es desde la hibridez que puedes reconstituir eso que escuchas. Porque no todos los personajes hablan, ni se mueven, ni viven su entorno de igual forma. Uso el género que considero necesario para dar a cada narración, o a cada personaje, el tono que requieren. Me interesa cruzarlos.
(O) A parte de la pasión por contar, amo las palabras, sus formas, sus significados. Me maravilla cómo en cada contexto son capaces de cambiar de significado y decir otra cosa. A veces puedo pasar horas dándole vueltas a una palabra en mi cabeza. Masco más una palabra que un chicle, me cansa más el chicle. Las palabras tienen más sabor y dan más placer. Me gusta experimentar y ver cómo han contado los otros. Entender cómo puedo contar una historia poniéndome un reto. “Amor en pelotas” es un cuento de diálogos. No quería ni usar narración ni descripción, sólo diálogos. Deseaba crear ambigüedad, incorporar ironía y contar.
El sexo y las relaciones partidas son una constante en Exceso de Equipaje.
(O) La vida está llena de sexo. Todos quisiéramos en algún momento de nuestras vidas que ésta estuviera llena de sexo. Al menos tratamos de llenarla con sexo, real o imaginario. A veces la carencia de sexo hace más sexual la vida o un relato, o el exceso de sexo le da un matiz de vacío que nos traga y lleva a una palidez que aterra. A veces ni siquiera es el acto, son las palabras que hacen el amor unas con otras y por eso confunden y parece que llenan todo de sexo. ¿Acaso no están todas las relaciones partidas de una u otra forma? Quienes hemos tenido relaciones conservamos retazos de las mismas en algún lugar de nuestra memoria. Tenemos un papel arrugado en la cartera donde están escritas las iniciales de esa persona con quien compartíamos.
El título de su libro, Ana no duerme, que a la vez es el de un cuento en la obra, remite a la canción del grupo argentino Almendra. ¿Primero le vino la historia y luego decidió ponerle ese nombre? ¿O la historia de Luis Alberto Spinetta le sugirió algo del argumento?
(V) Esto es una maravilla: yo no conocía esta canción cuando titulé el cuento que da nombre al libro. El personaje de esa historia se llama Ana, y ella no puede dormir a consecuencia de una vecina que... no voy a contar lo demás. El escritor venezolano Carlos Ávila me dio la noticia, que al principio me generó sensaciones encontradas: por una parte decepción, eso que yo había inventado ya existía (pero, ¿y qué no?, me dije después, todo ya existe desde antes); también preocupación, podía parecer un plagio usar el título de esa canción sin citarla, pero a la vez citar una fuente inexistente era mentir, faltar a la verdad de mi propio proceso (¿cómo dar gracias o citar a alguien que nunca leíste o escuchaste?); también sentí, digamos, dulzura, por tratarse de Spinetta y por el camino por el cual me llegó aquella noticia, a Carlos le tengo gran afecto.
Ahora residen en los Estados Unidos. ¿Qué han aprendido de la sociedad norteamericana?
(O) No siento que vivir en Nueva York es vivir en Estados Unidos. Aquí convivo con personas de todas partes del mundo. Esto es como ellos mismos dicen un melting pot. Sin embargo, desde que vivo aquí, he reafirmado muchas cosas que mi padre siempre repetía. Hay que ser trabajador y tener la certeza de poder afeitarse mirándose al espejo. Ser honesto es lo más importante y eso lo aprendí en mi país, en mi familia.
(V) Este país nos ha tratado generosamente, me ha ofrecido un lugar donde ver a crecer a mis dos hijos pequeños sin miedo. Tenemos cuatro patinetas y cuatro bicicletas y así nos movemos. Cuando salimos de noche vamos y regresamos a pie y en metro. Uso un teléfono sin mirar a los lados. Parecen cosas de tan básicas irrelevantes, pero los venezolanos sabemos que no lo son. Hablando de aprender, Venezuela me ha enseñado que esas cosas pueden ser un lujo y lo son: vivir. Estar vivo. Así que este país me permitió reaprender la vida al aire libre y compartirla con mis hijos sin sufrir la zozobra cotidiana a la que nos hemos tenido que acostumbrar en Venezuela, lastimosamente. Peligros hay en todos lados, lo que desarticula es el miedo y la incertidumbre cotidianos. Por otra parte celebro la oportunidad que nos ofrece la diversidad cultural neoyorkina. La extranjería también es maestra, vivo con la imposibilidad de pertenecer a la tierra que me cobija, he aprendido que uno no es de ningún lugar sino del lugar del que es. Lo que aprendo acá me habla continuamente de Venezuela. Me lleva atrás. Y mi historia como venezolana me permite entender esta etapa estadounidense y seguir adelante.
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Esta historia fue publicada originalmente el 28 de julio de 2016, 2:36 p. m. with the headline "Boquitas pintadas de literatura."