La brutalidad de los videos del Estado Islámico
Los asesinatos han sido tanto deliberadamente escabrosos como íntimos en una forma extraña. Diseñados para su transmisión, han ayudado a la organización extremista Estado Islámico a construir una marca de violencia que impacta por su brutalidad extrema, pero se siente tan cercana a los espectadores como las imágenes familiares en los teléfonos inteligentes.
Transmitida específicamente para intimidar y manipular, la exuberante violencia del Estado Islámico consume la atención del mundo, mientras amenazas más conocidas, como las bombas de barril del gobierno sirio, matan a muchísimas más personas, pero es raro que provoquen indignación generalizada.
Unos cuantos defensores de los derechos humanos y activistas antigubernamentales en Siria están tratando de reciprocar, creando imágenes y videos impactantes, aunque no violentas –hasta han metido a niños vestidos con overoles anaranjados en jaulas–, para llamar la atención hacia una gama más amplia de violencia. No obstante, apenas si se han escuchado sus voces, hasta ahora.
La campaña de asesinatos de alto perfil del Estado Islámico no es la guerra a distancia, con la separación mecanizada de los ataques con drones o bombardeos incesantes. La suya es la matanza cara a cara, con valores de una producción de Hollywood, que busca maximizar el impacto emocional y el valor de la propaganda.
Se acercan las cámaras cuando los captores les ponen la mano a sus cautivos –reporteros occidentales, un piloto jordano, jornaleros egipcios cristianos. En el video más reciente de la organización, hombres vestidos de negro conducen a los egipcios, casi suavemente, uno por uno, por una playa bañada por el sol, luego les cortan la cabeza con un serrucho mientras las olas se tiñen de rojo.
Para muchos en Oriente Próximo que comparten, en forma obsesiva, las imágenes más recientes, la brutalidad exhibicionista del Estado Islámico es la apoteosis de varios años de matanzas que se han vuelto virales. Las imágenes sangrientas de la organización, que inundan los medios sociales y que ya se utilizan para hacer la crónica del conflicto, hacen que la violencia parezca ubicua, hasta hipnotizante, y espolea una sobrecarga sensorial que puede tanto provocar sentimientos como adormecerlos.
“Es como las películas de acción”, comentó Ahmad, de 39 años, un empleado en el Teatro de la Opera de Damasco, en la capital siria, quien solicitó que solo se lo identificara por el nombre de pila, por su seguridad. La violencia del Estado Islámico es estilizada, como si se tratara de una cinta de Quentin Tarantino, en un intento macabro “por obtener prestigio de horror”.
A los asesinatos, se ha respondido rápidamente con ataques aéreos, de Estados Unidos, Jordania y, el lunes, de Egipto, el cual dijo que golpeó en Libia, donde asesinaron a los coptos egipcios.
Mientras que las provocaciones del Estado Islámico generaron reacciones pronunciadas, en el fondo se ven afectados más de 200,000 sirios. Es frecuente que quienes cargan todo el peso del éxodo de personas en toda la región, causada por la guerra siria, así como los socorristas humanitarios que tratan de asistirlos, expresen su angustia porque las bombas de barril que lanza el gobierno, por el desplazamiento de más de un tercio de la población y por la destrucción interna del sistema de atención de la salud no reciben esa misma atención, ya no se diga acciones dramáticas.
Claro que eso es, en parte, cuestión de la “realpolitik”. Mientras los gobiernos occidentales censuran al presidente sirio Bashar Asad por los ataques indiscriminados contra civiles, no lo perciben como una amenaza del orden de la del Estado Islámico, la cual alienta a sus seguidores a lanzar ataques solitarios en Occidente.
Y ello se debe, en parte, a que funcionan los videos impactantes. No se transmiten en Arabia Saudita, donde las decapitaciones son el método del Estado para aplicar la pena de muerte. Cuando se filtraron imágenes de una ejecución reciente, se generó un escándalo. Sin embargo, también se debió a que el bombardeo de ciudades en Siria se ha vuelto casi espantosamente normal. Es como si el valor del trauma y el impacto hubiese sufrido una hiperinflación que neutralizara todo, salvo por las representaciones más exageradas de la violencia.
Eso, a su vez, ha empujado a los defensores de los derechos humanos y a los activistas a buscar sus propias imágenes que atrapen la atención.
Baraa Abdulraman, un activista antigubernamental en el suburbio de Duma en Damasco, desesperado por dirigir la atención mundial hacia los ataques del gobierno que estaban matando a veintenas de personas, montó una escena que se parecía a la del video del Estado Islámico en el que presenta la incineración del piloto jordano enjaulado, con overol anaranjado.
Mandó a hacer una jaula de hierro con el herrero y la colocó contra un fondo de edificios derruidos y luego la llenó con una partida de niños del barrio, vestidos de anaranjado. Ondeaba una antorcha encendida frente a la cámara, y preguntaba por qué el mundo respondía ante el asesinato del piloto, pero no así por la muerte de los niños en Duma. Algunos de los que estaban en la jaula, admitió, se asustaron y lloraron.
“Siento mucho llegar a este punto, a utilizar a los niños”, dijo Abdulrahman, quien utiliza un nombre de guerra por razones de seguridad. “Pero estos son los hechos. Están matando a nuestros niños todos los días, a cada momento, están quedando bajo las ruinas”.
No obstante, las imágenes de niños aplastados ya no conmueven, dijo. “Estas vistas, la gente ya se acostumbró a ellas”.
Los activistas antigubernamentales no son los únicos que tratan de competir con las imágenes más escabrosas de la guerra. El gobierno sirio hizo un video exagerado de un insurgente que le arranca los órganos a un soldado caído y les da una mordida.
Las organizaciones humanitarias tienen la misma posición.
Una de ellas que capacita a trabajadores voluntarios de defensa civil ha hecho circular un video de lo que llama “el bebé milagro”, un infante de nombre Mohamad al que se ve que sacan de entre los escombros después de un ataque aéreo. Organizaciones de oposición han circulado videos de los teléfonos celulares de combatientes y soldados en pro del gobierno capturados que, al parecer, han filmado su propia crueldad, como uno de un miliciano que apuñala en la cabeza a un anciano.
El Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados hizo circular ampliamente imágenes de trillizos que nacieron durante una tormenta de nieve en un campo de refugiados, pero que perdieron a la madre a consecuencia de complicaciones del parto.
“A miles de vidas individuales les está sucediendo una tragedia personal de proporciones gigantescas todos los días, que nunca recogen las cámaras de los medios”, notó Ninette Kelley, la directora del organismo para refugiados en Líbano, adonde han huido más de un millón de sirios.
“Refugiados cuyas vidas han sido irreparablemente dañadas, personas que mueren de cáncer, del que los hubieran atendido en Siria de no ser por la crisis, estas heridas son muy reales, pero siempre tan visibles”.
Unos cuantos hasta han estado tentados a dramatizar. El año pasado, por ejemplo, un video viral de un niño sirio que salva a una niña del fuego de un francotirador resultó ser un montaje que hizo un equipo cinematográfico noruego.
Sin embargo, mientras que algunas organizaciones quieren anunciar el sufrimiento para poder detenerlo, los analistas dijeron que perpetradores como el Estado Islámico buscan aumentar el sufrimiento infligiéndolo dos veces, primero contra la víctima y, luego, contra el espectador.
“Las imágenes traumáticas pueden insensibilizarnos y volvernos pasivos e inútiles”, dijo Gavin Rees, el director europeo para el Centro Dart para el Periodismo y el Trauma. “Eso es parte de la ganancia para quienes están produciendo estos videos: quieren inspirar temor e indefensión”.
Mohammad Ghannam colaboró en la investigación para esta nota.
Esta historia fue publicada originalmente el 28 de febrero de 2015, 7:00 a. m. with the headline "La brutalidad de los videos del Estado Islámico."