Galería 305

UVA DE ARAGÓN: Fragmento de ‘Memoria del silencio’


Lucrecia Baldassare y Soraya Siverio en la obra teatral basada en ‘Memoria del silencio’, que se presentó en Miami en el 2014.
Lucrecia Baldassare y Soraya Siverio en la obra teatral basada en ‘Memoria del silencio’, que se presentó en Miami en el 2014. Jesús Nava

No quise demorar mucho la despedida porque me costó tanto decidirme a dejar a Mamá que si lo pensaba mucho no me iba. El camino lo hicimos en silencio. Pedritín no estaba de acuerdo con que yo fuera a ver a Laurita a Miami. No comprendía que los vínculos familiares fueran más importantes que todo lo demás. Para él todo el que se había ido para el Norte era un traidor, un pro-yanqui, y los yanquis eran los peores enemigos, los que amenazaban al país y ponían en peligro la soberanía nacional. Mucha soberanía y muy poco en los fogones, dicen algunos. No sólo de soberanía vive el hombre. Pero era inútil hablar esas cosas con mi hermano menor. Él era tan chiquito cuando vino la Revolución… Bueno, yo tampoco admito las críticas sino en lo más recóndito de mí misma. Porque las dudas duelen, pecho dentro, como si uno llevara un niño muerto en las entrañas… Hieren los ojos esas casas despintadas y apuntaladas de Centro Habana. Las vidrieras vacías. Los carros antiguos. Hasta los afiches amarillentos del Che Guevara. Y eso que últimamente las cosas han mejorado bastante, sobre todo para los que tienen dólares. Por lo menos hay más movimiento en la calle, la gente anda siempre en algo… ya sea legalmente o en la bolsa negra…

En fin, tras los bolsillos de los turistas, jineteando o bisneando…

Y La Habana Vieja la están poniendo preciosa… ¡Qué trabajo me costó decidirme a vender los libros de Tía Flor! Iván me los llevó a la Plaza de Armas y le dieron 200 dólares por ellos. Bueno, a lo mejor se quedó con una buena tajada. Ya ni en los amigos se puede confiar. De todas formas, con eso comimos mejor los últimos meses y hasta pude dejar algo para la vieja mientras yo estuviera fuera. La verdad es que no quería que Lauri me viera tan desmejorada… Una también tiene su orgullo. Lo malo ha sido lo bravo que se puso Pedritín. Ni que él leyera tanto para que le importaran así unos libros que lo único que hacían era coger polvo…

Me puse a mirar las calles… las casas… los árboles… la gente. ¿Cómo se sentirán los que hacen este recorrido pensando que a lo mejor nunca volverán? ¿Habría presentido mi hermana el día que se fue que sería por tanto tiempo, quizás para siempre…? Yo no podría vivir fuera de mi país. Es un consuelo saber que en un mes regresaré.

Pedritín me acompañó a despachar la maleta y a pagar los impuestos de aeropuerto. Nos despedimos frente a las casetas de Inmigración. De pronto me entregó un pequeño paquete y me dijo:

—Dale esto a Lauri de mi parte. Para que vea que en Cuba todavía hay cosas buenas.

Luego me abrazó fuerte, como recuerdo lo había hecho solamente en otra ocasión, en el cementerio, después de que enterramos al viejo. Y se marchó sin virar ni una vez la cabeza, pese a que yo le gritaba:

—Pedritín, cuídame mucho a la vieja…

Estuvimos más de cuatro horas esperando. Resulta que le dicen a uno una cosa, y luego es otra. Es decir, se suponía que los pasajeros llegaran a las 10 a.m. y el avión saliera a la 1 p.m. Pero no era cierto.

El vuelo estaba para las 2 de la tarde. Además, salió con retraso. Y yo con el estómago tan vacío… Por fin me decidí a subir a la cafetería a tomar un café. Noté a algunos pasajeros que se apretujaban en el balcón interior desde donde alcanzaban a ver a los familiares que habían quedado atrás. Agitaban las manos en señal de despedida, muchas veces con los ojos llenos de lágrimas. Comprendí que eran los que se iban con salida definitiva, y me recordó a cuando Laurita se fue. Y luego Ricardo, aunque a él no pudimos ni venir a despedirlo. Por más que me quise controlar, se me puso un nudo en la garganta.

Traté de mirar al resto de los viajeros para distraerme. Había muchas mujeres Cincuentonas como yo, o incluso más viejas, emperifolladas con su mejor vestidito, intentando inútilmente disimular su pobreza. Los que habían venido a Cuba de visita y ahora regresaban a sus casas en Miami se distinguían enseguida. Y no tanto por la ropa sino porque estaban más gordos, tenían mejor color, y protestaban más. Yo sí que no decía ni jota. Total, para qué ponerme el hígado a la vinagreta si íbamos a despegar cuando al piloto, o al controlador aéreo, o al tipo de Seguridad o al que fuera, le saliera de los mismísimos c.

Si me oyera Mamá. Nunca nos dejó decir malas palabras. Ni a los varones. Aunque Ricardo y Pedritín las decían de todos modos. A Laurita y a mí nos las enseñó Tía Flor. ¡Con qué gusto le dije por primera vez a mi primo Luisito “comemierda”! No me importó que me oyera la vieja y me amenazara con lavarme la boca con jabón. ¿Qué edad tendríamos entonces? Como nueve años por lo menos… Seguro que Lauri se acuerda.

Ya estamos a punto de despegar. ¡Qué calor, Dios mío! Mira que hace años que no me monto en un avión. Bueno, sólo he volado dos veces, aquella vez de niña que Papá nos llevó a todos a Nueva York, y cuando fui a Moscú con Lázaro. ¡Cómo hacíamos planes de jovencitas Lauri y yo sobre los lugares a los que queríamos ir! A Roma, a Venecia, a St. Michael, por la novela aquella que habíamos leído que nos impresionó tanto, a Grecia, y a París. Siempre soñábamos con ir a París, y con unos trajes muy elegantes y unos perfumes muy exóticos…. y unos hombres maravillosos a nuestros pies.

La vida de Laurita tampoco habrá sido un paraíso. ¿Habrá sido feliz con Robertico? ¿Se habrá acostumbrado a la viudez? Todo fue tan rápido… Tantas cosas que no sabemos la una de la otra. Antes nos escribíamos mucho. Yo creo que a diario. Después, ¿qué pasó? Es cierto que las comunicaciones se hicieron muy difíciles, pero de todos modos… De nuevo se me humedecieron los ojos cuando observé las costas de Cuba que iban quedando atrás. “La tierra más fermosa,” dijo Colón al ver por primera vez nuestro suelo. ¿Tendremos alguna maldición los cubanos por ser nuestra Isla tan bella? No creo que sea falso nacionalismo. Cuba tiene una magia especial que seduce a la gente. ¿Qué pensará Lauri de nuestro país? Algunas cartas, algunas llamadas telefónicas, casi siempre en momentos de crisis, no bastan para conocerse dos personas. Somos en verdad dos extrañas.

Tantos años separadas, como si estuviéramos muy lejos la una de la otra, y de pronto, en apenas unos minutos, se divisa Miami. Tiene más edificios de lo que pensaba. Siento que el corazón se me quiere salir por la boca. Me tiemblan las piernas cuando bajo del avión. ¿Y si no la reconozco entre tanta gente? Hace mucho tiempo que no nos vemos.

¡Qué bobería! ¿Cómo no voy a conocer a mi hermana gemela?

Fue ella quien me gritó primero:

—¡Menchu…! ¡Menchu…!

—¡Laurita!

Mi miedo era infundado. Casi antes de vernos, nos reconocimos. El abrazo fue largo y apretado. Todo lo que nos rodeaba —gentes, barullo, luces, voces— se me borró. Por un instante, la vida se detuvo. Sólo existíamos nosotras dos llorando sin parar. Habíamos compartido íntimamente nuestra infancia y adolescencia, y ahora nos reencontrábamos parapara develar el misterio de lo que había del otro lado de ese muro de agua y de incomprensiones que había separado a los cubanos. Y yo, qué cosa más absurda, no dejaba de pensar en aquella fiestecita en que nadie nos sacaba a bailar.

‘Memoria del silencio’ se presenta en edición bilingüe de Cubanabooks, el viernes 20 de marzo, 8 p.m. en Books and Books, 265 Aragón Ave., con la asistencia de la autora y el traductor Jeffrey C. Barnett.

Esta historia fue publicada originalmente el 14 de marzo de 2015, 1:00 p. m. with the headline "UVA DE ARAGÓN: Fragmento de ‘Memoria del silencio’."

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