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OLGA CONNOR: Reflexiones en el ‘Memorial Day Weekend’


El cementerio Forest Lawn Memorial Park en Los Angeles, California, fabricada en 1906, es el centro del artículo de Julián Marías ‘Unamuno en Forest Lawn’
El cementerio Forest Lawn Memorial Park en Los Angeles, California, fabricada en 1906, es el centro del artículo de Julián Marías ‘Unamuno en Forest Lawn’ Getty Images

Y así como antes de nacer no fuimos ni tenemos recuerdo alguno personal de entonces, así después de morir no seremos. Esto es lo racional”. Así escribía el vasco Don Miguel de Unamuno en Del sentimiento trágico de la vida, un ensayo del año 1913, clásico desde entonces, y muy releído por mí, siempre en la mesa de noche a la vera de mi cama en mi temprana adolescencia.

Es un tema de reflexión que parece indicado para el Día de Recordación o de los Caídos, el anual Memorial Day, fiesta de guardar en todo Estados Unidos el último lunes de mayo, para honrar a los muertos en las guerras, pero que se ha convertido en “puente”, es decir weekend largo para disfrutar del principio del verano y de las playas.

Lo racional es pensar en que nos vamos, no a soñar después de muertos, ni mucho menos a vivir en otro mundo, sino a desaparecer. Eso es lo que dice mi médico, por ejemplo, porque lo que vemos son los huesos sin el cuerpo, que en La Habana se guardaban en el osario después de unos años cuando se desenterraban los cuerpos. Y de los que se incineran, se ven las cenizas, que en la India tiran al río Ganges, y aquí a veces las guardan en las casas, muertos que de cerca se recuerdan por sus restos.

Pero eso no es lo que dicen los religiosos, quienes acuden a la fe para pintarnos mundos ultraterrenos, que no vemos y que no recordamos. Los antiguos recurrían a otro ardid de supervivencia. Y aquí de nuevo cito a mi ensayista mentor, Don Miguel: “Cuando las dudas nos invaden y nublan la fe en la inmortalidad del alma, cobra brío y doloroso empuje el ansia de perpetuar el nombre y la fama, de alcanzar una sombra de inmortalidad siquiera”. Esto era lo que pensaban los griegos y los romanos, quienes inventaron los mitos, pero también las filosofías racionales y el culto a la inmortalidad por el que se sacrifica el guerrero o el hacedor de obra artística. Esta es una inmortalidad histórica. ¿A cuántos siglos tienen derecho a ser recordados? Quizás un Alejandro, un Solimán el Magnífico o un Napoleón. Pero no todos los guerreros caídos duran en la memoria más de una centuria quizás, lo que viven sus descendientes. Homero es un ejemplo de supervivencia poética y ni siquiera sabemos si existió en realidad.

De algún modo en los países hispanos hemos heredado estos ideales, pero también ritos de los aborígenes y de los africanos que vinieron como esclavos y a quienes les permitieron guardar sus creencias los españoles. El africano cubano es muy “muertero”, visita las tumbas y usa los huesos. Todo esto unido a una raigambre primitiva que se extiende por la península española por siglos, y que aún se manifiesta muy arduamente en el deporte sangriento de las corridas de toros.

LA MUERTE ES DIFERENTE PARA LOS LATINOS

No hay duda. La muerte es una cosa muy diferente para los latinos. Acabo de ver en México la calavera gigante que han fabricado para tomas del nuevo James Bond, el Agente 007. Es para representar que la acción tiene lugar el Día de los Muertos en México, cuando hasta dulces de calaveritas hay. Es un modo de visitar una costumbre mexicana que parece querer decir “no le tememos a la muerte”.

Qué contraste tan grande con Estados Unidos. Y esto no es de ahora, es de siempre, es la base de la cultura de este país, no darle importancia a la muerte. Julián Marías lo dijo desde hace más de 60 años en artículos que se reunieron en un libro titulado Los Estados Unidos en escorzo, que se usaba en las universidades para dar clases de español. Eran artículos publicados en el periódico ABC, de España, y me he fijado en el que tituló Unamuno en Forest Lawn, del año 1955, refiriéndose a un cementerio de California que se destaca por ser el de muchas luminarias de Hollywood. “Es el cementerio más alegre del mundo y el más lujoso”, escribió Julián Marías, preguntándose cómo se sentiría allí Don Miguel si lo hubiera visitado.

El primer Forest Lawn fue fabricado en Glendale, en 1906, California, por negociantes que fueron empleados por el doctor Hubert Eaton, quien creía que los cementerios debieran ser alegres, con árboles, fuentes y estatuas bellísimas. Antes de eso era un sitio usado por los grandes pioneros del cine para filmar, como Cecil B. DeMille. Luego fabricó uno en Hollywood Hills, contra los deseos de los residentes, que se abrió en 1952.

Julián Marías se refirió a ambos, al comienzo de su ensayo mencionando las colinas de Glendale y Hollywood. El tema de este cementerio es “volatilizar la muerte”, escamotearla, opinaba él, y precisamente hacerlo desde un cementerio. “Esta vida y la otra –no lo olvidemos– sin la muerte en medio. Es ni más ni menos el tema del Paraíso”, dijo Marías.

Por eso en Memorial Day Weekend, los norteamericanos ni se toman el trabajo de ir ya al cementerio para recordar a los muertos, se van directamente a las playas, o a celebrar picnics en los prados y parques. Es lo consabido en todo el país. ¿Y los inmigrantes latinos qué hacen? Se adaptan a ese modo de pensar.

olconnor@bellsouth.net

Esta historia fue publicada originalmente el 24 de mayo de 2015, 5:55 a. m. with the headline "OLGA CONNOR: Reflexiones en el ‘Memorial Day Weekend’."

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