Galería 305

El padre José Conrado al encuentro de un hombre santo


Un grupo de sacerdotes y religiosos trasladan una urna con prendas que pertenecieron al arzobispo Romero, en una misa celebrada en la plaza central de San Salvador por la beatificación de Romero, el pasado 23 de mayo.
Un grupo de sacerdotes y religiosos trasladan una urna con prendas que pertenecieron al arzobispo Romero, en una misa celebrada en la plaza central de San Salvador por la beatificación de Romero, el pasado 23 de mayo. AFP/Getty Images

Mi primer problema era el dinero. Cuatrocientos dólares es mucho dinero en Cuba y, especialmente para mí, con tantas obras pendientes y tanta gente que ayudar. Eso me costaba el pasaje de ida y vuelta para participar en la beatificación de monseñor Oscar Arnulfo Romero, el sábado 23 de mayo en El Salvador (ese día celebraba yo el 39 aniversario de mi ordenación diaconal).

La familia cubana que me iba a hospedar y recibir se fue de viaje a la playa, por temor al gentío que inundaría San Salvador. En la víspera me encontré sin recepción ni hospedaje. Mis amigos y mi familia me decían: “Es una locura este viaje festinado, ni siquiera estás bien de salud”. Pero mi voz interior me seguía susurrando: “No faltes a la cita. Vete a El Salvador”.

Llevaba 35 años venerando al arzobispo valiente que entregó su vida por defender a su gente de la violencia y el atropello. Desde que mi amado arzobispo Pedro Maurice me habló de monseñor Romero con admiración y cariño, lleno de dolor por su violenta muerte, Romero se había convertido para mí en un ejemplo a seguir, y desde su muerte, un amigo que me inspiraba y protegía desde el cielo.

En 1994 tuve la suerte de encontrar en La Habana al cirineo de Romero, su obispo auxiliar, don Gregorio Rosa Chávez. Era un momento decisivo de mi vida. Se acababa de hacer pública mi carta a Fidel Castro. Llovían sobre mí críticas y regaños, y a mis feligreses de Contramaestre, las amenazas de la policía política que los hostigaba sin compasión.

En esa hora amarga, Dios puso en mi camino a monseñor Rosa Chávez. El me contó como Romero también tuvo que sufrir críticas y persecuciones de dentro y fuera de su país. Me contó cómo monseñor Romero pensaba, sus hechos y dichos; cómo buscaba el parecer de otras personas, escuchándolos y consultándolos. Después los llevaba a la oración. Y cuando descubría en su corazón la voluntad de Dios, obraba y hablaba con humildad y firmeza. Y quedaba en paz. Asumía su responsabilidad en la fidelidad a la Palabra de Dios y a su santa voluntad y quedaba en las manos de Dios. Por eso no podía faltar a la cita.

LOS ÁNGELES EN MI CAMINO

Tengo mi teoría sobre los ángeles, personas que Dios pone en mi camino para allanarme los escollos y resolverme los problemas de logística. Mi amigo Regito habló con su asistenta salvadoreña, y Cecilia habló con su hermano Baltasar, que me iría a recibir al aeropuerto. Mi amigo Alberto Espino trataba de localizar a un amigo en El Salvador para conseguir donde quedarme las dos noches que pasaría en San Salvador. El Espíritu Santo trabajaba a tiempo completo para ayudar al pobre cura cubano, audaz y obstinado; “adventista de la última hora” me llamaba mi viejo rector del Seminario San Basilio, el padre Mariano Tomé.

Lo primero que me sorprendió de El Salvador fue su belleza: montañas verdes que me recordaban a mi tierra santiaguera. Baltasar y Mario me esperaban en el aeropuerto. Dos salvadoreños de ley, amigos desde el primer instante que los conocí. Ellos me llevaron en mi primer día a todos los lugares que deseaba visitar. En primer lugar, a la Catedral metropolitana, donde monseñor Romero oficio tantas veces la Eucaristía, desde donde predicó el Evangelio que él trataba tan seriamente de vivir. Después visité la cripta donde reposan los restos del amado Arzobispo. Allí me arrodillé. Como tantos peregrinos, toqué la estatua yacente de Romero: la misma que tantas personas, al igual que yo, besaban y tocaban con amor. El pueblo acariciaba al Arzobispo representado en ella con una ternura que me conmovía profundamente.

Después, fui al pequeño hospital de la Providencia. Me arrodillé ante ese altar en que celebró, sin terminar, su última misa. Al pie mío, un joven periodista mexicano rezaba y lloraba como yo. Al levantarme, me abordó. Quería decirme que no solo estaba allí como periodista, sino como peregrino. “He venido a pedirle a monseñor Romero que me dé valentía para ser sacerdote”.

Le respondí: “Soy sacerdote y le estaba pidiendo a Romero que me dé la valentía de ser un sacerdote como él: profeta al servicio de mi pueblo”. Nos abrazamos.

AI salir de la capilla encontré al nuncio apostólico, natural del Congo, con su secretario, que acompañaban al secretario del cardenal Amato, que presidiría en nombre del Papa la Misa de la Beatificación. Coincidimos los tres en la visita de la casita donde vivía el Arzobispo Santo. Allí, en medio de una austeridad que impresiona, estaban los libros de monseñor Romero, sus ropas humildes, la pequeña cama. Piden a todas las personas que se retiren un momento para que el nuncio y sus acompañantes reciban la explicación de la monjita, a quien Romero tomó sus primeros votos como religiosa. Me piden que los acompañe. Y allí estoy, conversando con el secretario de la nunciatura, que cuando se entera de que soy cubano me dice: “Ayer me tocó recibir al cardenal Ortega en el aeropuerto”. De Cuba solo estaremos presentes en la beatificación el cardenal Jaime y yo.

Después de cenar con Baltasar y Mario, me llevan a “las Magnolias”, muy cercano al hotel Hilton de San Salvador. El amigo de Alberto Espino, cuando dijo que yo venía de Cuba, recibió esta respuesta de los dueños del hotel: “El padre no tiene que pagar un centavo. Dígale que esperamos que se sienta como en su casa y con su familia”. Julio, el carpetero me lo hizo saber también: “Aquí estamos para servirlo, padre”.

PEREGRINO HACIA LA PLAZA

El domingo me levanto temprano. Alberto, el nuevo carpetero, me trata también con exquisita cortesía. La mañana amanece fresca: por los periódicos me entero de la inmensa multitud que, bajo la lluvia, participó en la vigilia de oración en honor de Monseñor Romero. Los feligreses de la cercana parroquia de San Benito me mostraron cómo llegar a la Plaza del Salvador. Rezo casi tres rosarios mientras peregrino hacia la plaza. Pero no tengo credenciales. Unos jóvenes hondureños que sí la tienen me llevan a la plaza. Allí me envían a acreditarme al Seminario San José de la Montaña. Todo el mundo, con muchísimo cariño, me ayuda. Un seminarista me busca un alba. Otros me dan la estola roja de la misa.

En la iglesia aledaña al Seminario me reúno con sacerdotes y obispos que me abrazan y acogen cuando saben que vengo de Cuba. Un obispo me pregunta por Emilito Aranguren, obispo de Holguín y viejo amigo mío, a quien conoce del CELAM (Consejo Episcopal Latinoamericano). EI cardenal Mahoney, emérito de Los Ángeles, me cuenta que ahora, ya jubilado, está dedicado a trabajar con los inmigrantes. Siento viva a esa Iglesia sin fronteras, donde todos somos hermanos. Ya en la fila para comenzar la procesión de la misa, busco al padre Alejandro, cura cubano que lleva más de 40 años trabajando en Honduras y que allá ha levantado escuelas y hospitales y barrios enteros y fábricas y talleres, uno de esos curas que son mis héroes, como Vizcaíno, el fundador de SEPI, rama educativa de la Oficina Regional de los Obispos del Sureste de EE.UU.

Entonces escucho la voz de alguien que me dice: “¿Usted no es el Padre Conrado?” Nos conocimos en Cuba, durante la visita del Papa Benedicto XVI. Es Manuel Dorantes, un cura salvadoreño que trabajaba en la Arquidiócesis de Chicago. Me entero entonces que está ahora en el Vaticano, trabajando directamente con el papa Francisco. Me presenta a sus amigos y acompañantes: Ron Hick, vicario general de la Arquidiócesis de Chicago y un padre mayor, ya jubilado, profesor del Seminario de Chicago. Me piden que me una a ellos y lo hago con gusto. Nos tocó la primera fila frente al altar.

Es difícil resumir la riqueza doctrinal y la belleza litúrgica de la beatificación. Los cantos las oraciones, la solemnidad misma del largo rito, la emoción de la multitud y, sobre todo, la presencia espiritual del hombre cuyo martirio nos unía y cuya caridad pastoral se hacía tan patente en el cariño y la devoción de la multitud. La pasión de Romero, la cruz que se echó sobre los hombros, el mayor sufrimiento del pueblo, la lucha por la justicia y al lado de los más pobres, se hacían presentes en este pueblo que sembrando con lágrimas cosecha ahora entre cantares, y hace suya, porque le pertenece, la victoria de su Pastor. El cardenal deja leer entre líneas el mayor sufrimiento de Romero, junto con el sufrimiento y la muerte de su gente, la incomprensión y las críticas desde la iglesia, quizás hasta la del Papa.

Cuando años después del martirio, Juan Pablo II visitó la tumba del arzobispo, exclamó por dos veces: “Romero es nuestro”, quizás una forma de rectificar una idea que al parecer le rondó en aquella época, de que el beato, por manipulaciones ideológicas, había colaborado, quizás como “tonto útil” con los enemigos de la iglesia. El Cardenal se atrevió a enmendar al Papa: “Romero es ciertamente nuestro, pero es también de todos”.

REGALOS INESPERADOS

En San Salvador se hablaba del estancamiento de la causa de Romero hasta la llegada del Papa Francisco, quien de manera innegable ha sido un gran promotor de la causa. Es un acto de justicia con el fiel y humilde pastor que con tanta valentía supo cargar con la cruz de su pueblo... la cruz de Cristo en ese lugar y fecha. Es también una manera de validar el sacrificio y la labor pastoral de tantos obreros humildes de la viña del Señor: sacerdotes, religiosas, seminaristas, misioneros y catequistas, fieles muy humildes que también fueron asesinados por su fidelidad a la Santa Iglesia y a su propio pueblo.

Dios me reservaba otros regalos inesperados, el signo que apareció en el cielo, un halo que coronó el sol y la posibilidad de cargar la reliquia del nuevo beato: la camisa empapada en su sangre. Pidieron ayuda a 10 sacerdotes y nos acercamos a ayudar. Algunos salvadoreños, dos norteamericanos y un cubano. Mientras cargaba la pesada urna, pensé en Pablito y María Fernanda, en tratamiento en el St. Jude. Pedí por Cuba y por todos los cubanos… y por esta América nuestra; sin excluir al norte del Río Bravo, donde tantos hermanos nuestros viven y trabajan.

Con el peso de la urna se me daba la visión de aquel pueblo que miraba con fervor la sangre de este Cristo del siglo XX, que fue su humilde pastor. Recé por los jóvenes salvadoreños víctimas de la violencia y la ideología de las maras. Rogué por esa juventud sana que veía en el cordón que protegía la procesión de salida: dales, Señor, el valor de seguir por el camino de Romero, no en el de la autocomplacencia y la búsqueda de los propios intereses, sino la búsqueda del bien de todos, en especial de los más desprotegidos. Que no dejen morir esta hermosa semilla de fe y amor, de auténtica esperanza. El egoísmo endurece el corazón y embota la mente, por eso, Señor, manda tu Espíritu para que haga nuevas todas las cosas.

Al llegar a la sacristía, una sorpresa más: monseñor Gregorio Rosa Chávez estaba frente a mí. Lo abracé, le recordé nuestra vieja conversación en La Habana. Y Ron nos tiró una fotografía que espero conservar. Si alguien podía sentir como propia la alegría de este día, ese es Don Gregorio, que le sirvió a Romero de colaborador, amigo y confidente, un verdadero cirineo que le ayudó a cargar con la cruz.

Antes de irme de regreso al hotel, fui a dar otro abrazo al cardenal Jaime, reunido con sus colegas obispos y cardenales. “Ah!, ¿estás aquí?” me dijo.

¡Gracias a Dios! le respondí.

José Conrado Rodríguez es sacerdote en Trinidad, Cuba.

Esta historia fue publicada originalmente el 30 de mayo de 2015, 2:03 p. m. with the headline "El padre José Conrado al encuentro de un hombre santo."

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