Galería 305

Expresionismo alemán, el soplo de aire fresco

Una imagen de la exposición sobre el “Expresionismo alemán” en el Museo Thyssen.
Una imagen de la exposición sobre el “Expresionismo alemán” en el Museo Thyssen. efe

“La colección de expresionismo alemán creada por el barón reconstruye la imagen más nítida sobre sus primeras decisiones como coleccionista de arte, con gusto y personalidad propia”, explica Paloma Alarcón, jefe de Pintura Moderna del Museo Thyssen y quien comisarió la muestra.

Esta exhibición fue una oportunidad para forjarse una imagen más precisa de la faceta como coleccionista del alemán, que se afianzó primero con la llegada del expresionismo y terminó dando paso a todo tipo de corrientes con “una libertad sin límites”.

Así Hans Heinrich von Thyssen-Bornemisza comentaba en 1983: “El expresionismo alemán fue el punto de partida de mi colección de obras de maestros del siglo XX, que en la actualidad supera, al menos en cantidad, mi colección de pinturas de los grandes maestros”.

ROMPER CON LA TRADICIÓN PATERNA

“Me interesé por el expresionismo alemán a una edad temprana, incluso durante mi época de estudiante. Pero no podía hablar de ello con mi padre. Fue solo cuando me convertí en coleccionista […] cuando poco a poco comencé a comprar pinturas modernas», indicaba a finales de los años 80.

“Mi padre me había inculcado que el arte moderno, cualquier cosa después del siglo XVIII, era una basura y, mientras él estuviera vivo, me impediría comprarlo”, se sinceró el barón, fallecido en 2002, en una entrevista al New York Times a comienzos de los años noventa.

La exposición hizo un recorrido por los principales nombres del expresionismo alemán, “con sus pinceladas expresivas y su paleta de arriesgados colores, que rompieron con la tradición, un arte desagradable, irreverente, que no gustó al nazismo”, indicó la comisaria.

“Varias de las pinturas de la muestra fueron requisadas por el régimen de Hitler, entre ellas, quizás la más conocida, es “Metrópolis” de Geroge Grosz, pero también “Nubes de verano”, de Nolde y “Retrato de Siddi Heckel”, de Erich Heckel, fueron incautadas y vendidas para conseguir fondos para la guerra”, explica la comisaria.

Los expresionistas sedujeron al barón por su colorido, por su fuerza expresiva, pero también por razones políticas. “Kirchner, Emil Nolde, George Groszo, Erich Heckel me atrajeron políticamente, incluso antes de apreciarlos estéticamente”, comentaría el empresario.

El coleccionismo era para él una manera de recuperar la memoria de un cuadro. “Pensé que si los nazis los etiquetaban como ‘degenerado’, era suficiente para que me gustaran”, declaró el barón quien ayudó, junto a otros coleccionistas, a rehabilitar el movimiento tras la II Guerra Mundial.

UNA ACUARELA DE NOLDE, PRIMERA OBRA EXPRESIONISTA DE LA COLECCIÓN

El aristócrata dio un giro radical a la colección heredada de su padre, que solo llegaba a los maestros anteriores a Goya como mucho, cuando un día de mayo de 1961 adquirió una acuarela del pintor expresionista alemán Emile Nolde, “Joven pareja” (1931-1935), la primera obra contemporánea de su colección.

La audaz gama de colores y la atmósfera tan particular que emanaba de la acuarela atrajeron tan poderosamente la atención del barón, que se identificó con el espíritu de libertad de los expresionistas.

Aquella pintura supuso un cambio de rumbo, no solo al expresionismo, sino a todo el siglo XX en general. La compró por 39,000 marcos, una cantidad que en sí no era excepcional pero si desproporcionada para una acuarela.

En la misma subasta adquirió otras nueve pinturas que iban, desde expresionistas alemanes a arte abstracto, y empezaba una nueva era en la historia de su colección.

A la acuarela de Nolde, le siguieron otros autores como Ernst Ludwig Kirchner, Paul Klee, Vasily Kandinsky o Erich Heckel. En su pasión por los autores expresionistas había una fuerte carga emocional.

En efecto, el expresionismo es fuerza, vitalidad festiva, ácida o amarga, y va directamente a las emociones, removiendo todo como un torbellino. Los artistas no pintan lo que ven, la belleza visual, sino su percepción ante lo que ven, con el desgarro del estado de ánimo, por lo que las formas se distorsionan y los colores parecen sublevarse todos a la vez. Las formas se transforman en manchas de colores, todos a la vez. Estamos en los difíciles y tensos años 30, antesala de la II Guerra Mundial.

Pero, como destaca la comisaria, Thyssen “fue un coleccionista impulsivo, compraba lo que le gustaba, de lo que se enamoraba, pero también buscaba lo que le faltaba, tenía una idea panorámica de conjunto, por lo que en la colección se encuentran representados casi todos los autores más importantes de cada vanguardia histórica”.

“ES COMO UNA DESCARGA ELÉCTRICA, COMO UNA DROGA”

El 14 de septiembre de 1964 Hans Heinrich Thyssen-Bornemisza visitó la galería R. N. Ketterer, en Campione d’Italia, y escribió en el libro de invitados: “El expresionismo es una droga/ aquí estoy de nuevo [...]”.

Tal afirmación evidencia la fuerte implicación que llegó a sentir por el expresionismo alemán que reflejó en ocasiones como sus muchas referencias a las vanguardias, ese arte del futuro que no deja indiferente a nadie: “El expresionismo sorprende siempre, entra por los ojos como “descargas eléctricas en el espectador””, indicaba.

Lo que demuestra que, además de estas dos grandes motivaciones que explicarían su entrega al expresionismo alemán —la rebelión contra la sombra de su padre y la impugnación del pasado nazi—, para el director artístico del Museo, Guillermo Solana, “por encima de todo subyace siempre su pura atracción hacia la pintura expresionista, genuina y profunda, independiente de cualquier otra decisión meditada”.

Para comprender esa pasión hay que recordar la estrecha relación que mantuvo con los galeristas europeos más importantes, que le permitió entablar una relación personal, en especial con Ketterer, gran conocedor de la obra de los expresionistas y albacea del legado de Kirchner, por lo que controlaba la venta de su obra, convirtiéndose en el pintor alemán favorito del barón.

“En definitiva, aquella pasión por los expresionistas en la década de 1960, preparó la gran explosión coleccionista en la década siguiente, -resume Solana- , cuando se lanzaría en todas direcciones y adquirió obras cubistas y futuristas, vanguardias rusas, surrealistas, arte abstracto, y un largo etc., creándose una versión muy personal y algo tumultuosa de la historia del arte del siglo XX”.

La autora es Historiadora del Arte.

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