Galería 305

Recordando el centenario de Antonio Ruiz Soler en compañía de Estrella Morena

Antonio y Estrella Morena, en el Palais Theatre de Melbourne (Australia, 1971).
Antonio y Estrella Morena, en el Palais Theatre de Melbourne (Australia, 1971).

El mundo festejará este 4 de noviembre el centenario del nacimiento de Antonio Ruiz Soler (1921-1996) y Miami, con tantos artistas y seguidores del baile flamenco, no puede quedarse fuera de la celebración.

Durante su larga trayectoria, este artista enorme e irrepetible fue parte de la pareja de baile Rosario y Antonio por más de 20 años y después siguió su carrera como Antonio a secas, porque solo los otros con el mismo nombre necesitan el apellido. “Antonio, el Bailarín” (en España) y “El Gran Antonio” (en otras latitudes) se retiró como bailarín en 1979 y fue director artístico del Ballet Nacional de España de 1980 a 1983.

En la búsqueda de testimonios personales, descubrimos que el bailarín argentino Rodolfo Rodríguez lo conoció en Buenos Aires cuando ambos eran muy jóvenes, compartió un rato con él durante la celebración de los 80 años de Picasso en Niza (Francia) en octubre de 1961 y se hicieron amigos cuando Rodolfo se estableció brevemente en Madrid después de haber dejado de bailar.

“En toda mi vida solo me he encontrado con dos bailarines completos… y por completos quiero decir, que hacían bien todos los estilos: Baryshnikov y Antonio”, afirma Rodolfo.

Pero fue la bailarina y maestra Celia Fonta, figura emblemática del flamenco en el sur de la Florida, la que nos sugirió contactar a Estrella Morena.

Nuestro encuentro resultaría ser una sesión de amable remembranza, humor conectivo y mucha nostalgia, pero de la buena.

Estrella Morena comenzó su formación a los 5 años de edad y su carrera profesional a los 15, en los tablaos flamencos de Madrid. Cuando cumplió 17 años, fue contratada por Rafael de Córdoba y debutó como Primera Bailarina en el Teatro de La Zarzuela en Madrid. Después llegó el hito temprano de ser también Primera Bailarina para Antonio y su Ballet de Madrid. Desde 1974 ha desarrollado una exitosa carrera en los Estados Unidos, actuando con frecuencia junto a su marido, el gran cantaor Pepe de Málaga y su hijo, José Moreno, que es bailaor, cantaor, percusionista y guitarrista. En 1984 estableció residencia en Miami.

“Aquí, para trabajar en ciertos lugares, hasta aprendí a ser ‘show-woman’, a hablar con el público, recitar y cantar”, dice (SE PONE DE PIE) y nos ofrece su versión a capella de “Bravo, permíteme aplaudir por la forma de herir mis sentimientos…”

Sin abandonar las presentaciones personales, fundó en 1990 su propia academia, que mantuvo abierta hasta el 2015 y en el 2018 fue homenajeada por el Instituto Cervantes de Chicago. Estrella no se ha retirado pero la pandemia le ha hecho detenerse y esperar.

Su primer encuentro con Antonio fue algo casual, tenía solo 15 años y estaba acompañada por su madre, la cantante Consuelo Moreno. “Te voy a decir una cosa. Estudia, que llegarás”, fue su comentario. Dos años después, la volvió a ver, pero esta vez como Primera Bailarina de Rafael de Córdoba: “Tengo que hablar contigo, nos vamos a ver pronto”. La tercera vez, en 1968 en Nueva York y estando en compañía de su padre, fue decisiva: “Bueno, ¿tú estás dispuesta a hacerme una audición de flamenco?”. Y el resto es historia.

¿Cuánto tiempo bailó con Antonio?

“Con Antonio estuve tres años. En los veranos hicimos los Festivales de España y en los meses de invierno viajamos a Inglaterra, Francia, Bélgica, Grecia, Túnez, Singapur, Filipinas, Hong Kong y Australia. Mi debut fue en 1969, en Santa Cruz de Tenerife. En Madrid debutamos en el Palacio de los Deportes, actuamos después en el gran Teatro de la Zarzuela y en otros muchos teatros”.

“Fueron tres años que disfruté muchísimo”, agrega. “Pero tuve que abandonar a Antonio y su Ballet de Madrid, por fuerza mayor. Primero, tuve una gripe que se me complicó en neumonía doble que casi ni lo cuento. En 1972 me recuperé del todo y empecé a ensayar de nuevo… pero tuve la mala suerte de caerme por las escaleras de un estudio de baile que estaban en pésimas condiciones y habían sido precintadas por la policía. De todas formas, ellos alquilaban los salones de arriba…

Me fracturé la tibia y el peroné con astillamiento. Me atrasé ocho meses con la terapia y luego tuve que volver a entrenar despacio, pero sabiendo que nunca más podría bailar clásico… porque no podía saltar. Podía hacer barra pero nivel principiante, por mi tobillo. Todo ese tiempo que estuve ausente me hizo perder la posibilidad de hacer televisión con Antonio en ‘La Taberna del Toro’, que se estrenó en 1974 pero se empezó a ensayar desde mucho antes”.

¿Cómo era Antonio?

“Antonio era un jefe maravilloso. Muy disciplinado. Muy gracioso, porque todos los andaluces son muy graciosos, pero cuando se le subía la ceja… Cuando lo veíamos sonriente, respirábamos: ‘¡Que bien! Antonio está fantástico’. Si traía una ceja para arriba, decíamos: “Uy, este viene medio medio…” Pero si tú lo veías con las dos cejas levantadas. ¡Escóndete! Que ahí venían los problemas. Todos lo sabíamos. Sabía comportarse como todo un caballero, pero cuando era fuerte, lo era de verdad y decía ‘tacos’ [palabrotas] y gritaba.

Es cierto que a veces era bastante duro. Pero las ‘antiguas’ me decían que era más duro en la época de ellas porque era más joven. A mi nunca me molestó que fuera así porque yo soy una persona a la que jamás le han tenido que decir dos veces las cosas. Y además, él era el jefe… y lo único que pedía era que se hicieran las cosas como el sabía que debían ser hechas”.

¿Usted, cómo se considera, bailarina o bailaora?

“Bueno, como he bailado las dos cosas, pues las dos cosas. Si, porque me encanta bailar una ‘Asturias’ de Albéniz tanto como una Seguidilla o un Taranto.

Al llegar a este punto, esta pregunta puede parecer innecesaria pero la hacemos de todas maneras. ¿Qué artistas han sido su inspiración?

“Carmen Amaya en el flamenco y Antonio en todo lo demás”.

Por último, ¿qué aprendió de Antonio, el director artístico, que después le sirvió al dirigir sus propios proyectos?

“Aprendí tres cosas muy importantes: la disciplina, la técnica y la perfección. Y también que no es solamente bailar tú y verte bien, tú tienes que hacer ver bien a los demás… porque a veces ocurre que tú no encuentras todos los elementos iguales y tienes que utilizar a alguien que no está a la altura del resto. Recuerdo que una vez me dijo, ‘es hacer algo de la nada’.

Todavía lo extraño. Yo admiraba su arte, su fuerza y su determinación. Él quería tener las cosas perfectas y trabajó mucho para conseguirlas. Antonio sigue siendo algo grande y no es como aparece en una página de Facebook donde le llaman ‘Antonio, el genio olvidado’. A los grandes artistas no se les olvida, creo que debe decirse ‘Antonio, el genio siempre recordado”.

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