Sale el sol para Gustavo Acosta
Flores, cemento y agua podría llamarse la nueva exposición de Gustavo Acosta (La Habana, 1957). Un nuevo Gustavo Acosta, abierto y cubierto de luz. Y aunque siguen los edificios, y la arquitectura remarca su sello y lo confirma, el jardín ha florecido, el agua permanece líquida y es ahora tranquila, y las flores alegran el espíritu.
Algo nuevo -renovación del diálogo- ha sido transfundido a la tela y a la luz. Sin luz interna no hay luz ni claridad externas. Sin arquitectura, no hay paisaje para Acosta. Traspasadas las fronteras en sus nuevos lienzos, gracias al encierro de la pandemia, llega una resurrección, una pausa, una claridad nueva. Ha dado permiso al color -no en grande- que sigue siendo gris el cemento- sino que ha permitido que el agua sea azul, verde y hasta roja, y que las flores - por muy pequeñas que sean- aclaren la yerba y reflejen amarillos, naranjas y blancos.
El tiempo de la oscuridad ha pasado atrás, se ha quedado en el ayer lejano y ha dado paso, ha permitido que crezcan las margaritas y que las apacibles fuentes y piscinas sustituyan a las tormentosas olas del malecón habanero.
Poco a poco va emergiendo un Gustavo Acosta integrándose a un nuevo amanecer -sin dejar de ser aquel cubano que junto a su generación escogió vivir y dar vida a su tela y su pincel fuera de la cuna que lo vio nacer. ¡Enhorabuena al Gustavo Acosta vivo!
El cielo cuadriculado guarda secretos del alma, para otra ocasión. Esa es otra historia.
En Gustavo Acosta siempre hay una paleta subterránea, un aparte rectangular de trasfondo que insinúa otra obra, un porvenir, un adelanto del próximo paso del artista, o del sueño del futuro. Acosta es un presagio de posibilidades. Cemento y flor, nubes cuadriculadas, palmas, arbustos, árboles y yerbas, torres de hierro, botes y agua -siempre el agua- los domos y los recuerdos.
Todavía queda algo de tragedia en el trasfondo. Quedan el lobo y la sangre. Hasta que amanezca.
Gloria Leal es escritora y periodista.