Galería 305

ORLANDO J. ADDISON: No me llames negro

Es muy común en Latinoamérica llamar “negro” o “negra” a descendientes africanos, y las personas que utilizan este término no lo consideran racista o discriminatorio. Muchos razonan que lo hacen por cariño o sin tratar de ofender. Sin embargo, para muchos afrodescendientes, el término es ofensivo y repugnante, ya que detrás de la palabra hay una historia oscura, una fuerte expresión discriminatoria, que data del siglo XV.

La palabra “negro” o “negra” es un vocablo que pasó a describir la condición social y económica de un grupo étnico, poniendo a un lado su importancia racial. Es una expresión que marca el pasado y que halló raíces en el vulgo. No es la palabra “negro” o “negra” la que causa ofensa, aclaro, ya que todo negro y toda negra están conscientes de su cromatismo; el repudio está en la condición inhumana con la que fue asociada el término en siglos pasados y la que aún permanece atrapada entre los rincones de cada letra, entre el sonido del que lo verbaliza.

El problema que tiene la palabra “negro” o “negra” para los afrolatinos es su asociación,en nuestra cultura, con el ocultismo, lo prohibido, la tristeza, la muerte, el demonio y todo lo negativo. También se asocia con el período del esclavismo, una etapa oscura de nuestra raza que deshumanizó a los africanos y a sus descendientes, ubicando a la comunidad negra en lo más bajo de las sociedades. Aun en nuestros días, cuando las sociedades latinas se refieren a los afrolatinos como “negros” nos ubican entre los más pobres, entre la sociedad servil y otras clases sociales inferiores. La palabra “negro” tiene una gran conexión con el esclavismo, la segregación y la discriminación en el continente americano. Sin embargo, para otras culturas, el color negro tiene un significado muy diferente. Por ejemplo, en la antigua China era símbolo del Norte y del agua, y en la cultura japonesa, Kuro, es símbolo de aristocracia, edad y experiencia. Esto contrasta con su significado en la cultura latinoamericana.

Traídos por la fuerza

El origen de la población negra en América Latina fue el resultado del comercio de millones de africanos trasladados por la fuerza al continente americano, por los mercaderes europeos, para trabajar como esclavos en sustitución de la población indígena. La idea de introducir africanos al continente surgió de la Iglesia a través de Fray Bartolomé de las Casas, quien vio esta población como una alternativa para detener la explotación y la exterminación de los nativos de la región. Lo que Las Casas consideró como opción, se convirtió después en pesadilla para los africanos y para el mismo sacerdote, quien al ver las injusticias a las que fueron sometidos los africanos, luchó sin éxito para cambiar su propuesta inicial.

Al trascurrir los años, surgieron intelectuales que desarrollaron teorías filosóficas y sociales para justificar la esclavización y la inferioridad de los africanos y los afrodescendientes. Uno de estos filósofos fue el Alemán Christoph Meiners, quien dividió las razas en dos grupos: al primer grupo consideró “la hermosa raza blanca” y al segundo lo catalogó como “la horrible raza negra”. Meiner declaró en sus escritos que una de las principales características de las razas es que, o es hermosa o es horrible, por lo que concluyó que la única raza hermosa es la raza blanca. Las razas horribles las consideró inferiores, inmorales y parecidas a los animales. Otro filósofo que introdujo similar teoría contra la raza africana fue el francés Joseph Arthur de Gobineau, que designó a los africanos como una raza claramente inferior basándose en el tipo de alimento que la comunidad consumía.

Estas y otras teorías filosóficas dieron paso al debate sobre el alma humana de los africanos y sus descendientes y para solventar el debate, la Iglesia llegó a la conclusión de que las personas de raza negra no tenían alma; en cambio, los indígenas de América estaban dotados de almas, y por eso no podían ser esclavizados. Todo esto contribuyó a crear un concepto negativo hacia la raza negra en América Latina, catalogándolos como seres inferiores, sin alma, sin derechos, y como propiedad mercantil. Desafortunadamente, una gran porción de estas filosofías aún vive en la sociedad latinoamericana y se manifiesta en el trato institucional hacia las comunidades negras que residen en la mayoría de los países latinos.

Se suele ignorar su contribución

La aportación a Latinoamérica de los africanos y sus descendientes, en cuanto a lo tecnológico, la fuerza de trabajo, la cultura y la participación en las luchas de las independencias, son desconocidas por la mayoría de los latinos. Esto se debe al enfoque académico y cultural concentrado únicamente en el período de su esclavización. El objetivo es mantener a los afrodescendientes sumisos y al pueblo, en general, ignorante sobre su contribución al desarrollo de cada región.

La mayoría de los afrodescendientes latinos viven en lugares aislados o en comunidades pobres. Esto no es casual o no se explica porque la comunidad desea vivir en estas condiciones. Es debido a que los gobiernos de turno no se han interesado en proveer a estos lugares adecuada educación a través de la construcción de buenas escuelas con maestros capacitados. No existen modelos que contribuyan a la inspiración de los afrodescendientes a alcanzar posiciones de prestigio y de liderazgo en nuestras sociedades: héroes y heroínas, destacados empresarios, líderes en la televisión, y muchos otros medios que ayuden a despertar el interés de niños y jóvenes afrodescendientes a ocupar estos espacios. No se incluyen lecturas positivas de afrodescendientes en las academias, no hay estatuas de personajes afrodescendientes en los parques y museos, ni tampoco figuran en las monedas. El único medio en donde se les permite brillar en la comunidad es en el área de los deportes.

En muchas sociedades latinas, los afrodescendientes son totalmente ignorados en sociedades tales como Argentina, Chile, Bolivia, Brasil, Uruguay, Paraguay, Panamá, México, Costa Rica, Guatemala, Honduras, Nicaragua y otros. La mayoría no ha hecho nada o ha hecho muy poco para cambiar la filosofía de siglos anteriores en sus sociedades con respecto a los africanos y a sus descendientes. Aunque esta filosofía no se verbaliza, es innegable su presencia en el trato de la comunidad por sus gobernantes y la sociedad dominante.

El verdadero problema no radica en que se nos llame negro ya que, como expresé anteriormente, ningún afrodescendiente niega su cromatismo; al contrario, estamos muy orgullosos del color de nuestra piel. El verdadero problema radica en el estigma histórico que la palabra “negro” aun sobrelleva en nuestras sociedades. Mientras no se reconozca en Latinoamérica, de manera positiva, la presencia africana, los afrodescendientes, su contribución al desarrollo social, económico, y político, y mientras no se les dé oportunidades para sobresalir en las sociedades, llamarnos “negro” continuará para nosotros teniendo las mismas características propuestas por filósofos de los siglos XV, XVI, XVII, y por la Iglesia, características como “horribles”, “inferiores”, “inmorales”, “de apariencia de animal” o sin “alma”.

El Padre Orlando J. Addison es sacerdote episcopal, Vicario de la Iglesia Holy Faith en Port St. Lucie, Florida. Es poeta y novelista. Su última obra literaria es la novela ‘Ernesto Gamboa’. Nació en Honduras y representa la segunda generación de inmigrantes jamaiquinos en Honduras.

El siguiente poema, publicado en mi poemario bilingüe La noche tuvo miedo, fue escrito como protesta contra las palabras de un comentarista deportivo hacia un jugador suramericano afrodescendiente, quien al fallar el gol se refirió a él con las siguientes siglas, “NHDP”.

NO ME LLAMES NEGRO

No soy una percepción visual

generada por el cerebro

mediante los fotorreceptores,

ni color que devora la luz

al esconderse el sol tras el orbe,

donde las estrellas cuelgan del vacío

y la luna flota sobre un mar de tinieblas.

No me llames negro,

porque la palabra se asemeja a lo prohibido,

a la manzana que pintó la piel de Adán,

cicatrizó la silueta de Eva,

a los monstruos que vomita la noche

cuando llora la niebla,

al corazón calcinado por el odio

y a la boca del alma que mastica venganza.

No me llames negro,

con este tono marcaron la piel de África,

robaron de su seno a sus hijos,

depilaron su espíritu guerrero,

usurparon su reino,

los declararon hijos del fuego.

No me llames negro,

este no es mi nombre,

mi nombre quedó adherido

a los látigos que mordieron mi espalda

con los dientes de la noche.

Fue flor pisoteada por la bestia

que fluía del pecho nevado,

por los carruajes que circularon las calles

de sueños truncados.

No me llames negro,

porque soy más que eso.

Soy un mortal que por mis venas

corre sangre de ilusiones

que declara la guerra al fracaso.

Un hombre sostenido por los huesos

del amor,

que respira aliento de poesía

y en los adentros un tambor que repica gozo.

No me llames negro,

porque este no es mi nombre.

Como tú, yo también soy humano,

hecho de las manos de Dios,

creado a su imagen para que juntos

construyamos un cielo.

No me llames negro,

llámame Orlando

porque este es mi nombre,

el que recibí cuando fui marcado por el agua,

cuando mis palabras se mezclaron con el llanto

y mis ojos veían marcianos a mi alrededor.

Esta historia fue publicada originalmente el 2 de julio de 2015, 3:35 p. m. with the headline "ORLANDO J. ADDISON: No me llames negro."

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