Galería 305

Caída y ascenso del águila


El monumento a las víctimas del USS Maine en el malecón habanero, en 1959. Se construyó en 1926 como memorial a los marinos norteamericanos que perecieron en la explosión del acorazado en 1898.
El monumento a las víctimas del USS Maine en el malecón habanero, en 1959. Se construyó en 1926 como memorial a los marinos norteamericanos que perecieron en la explosión del acorazado en 1898. Getty Images

Una de las vistas más impresionantes en la antigua casa del embajador norteamericano en el Country Club de La Habana –ahora Cubanacán– era la enorme águila en los jardines de la mansión que vi en 1998, cuando asistí a la recepción durante la visita del papa Juan Pablo II a Cuba.

El águila, se decía, era la que habían desmontado del monumento en Línea y Malecón en el Vedado, dedicado a las victimas del acorazado Maine, hundido en el puerto de La Habana el 15 de febrero de 1898 –100 años antes–, que dio inicio a la Guerra Hispano-Cubana-Norteamericana. En el monumento, los cubanos que arrancaron el águila en 1961 en una demostración antiyanqui después de la fracasada invasión de Bahía de Cochinos, inscribieron esta frase: A las víctimas de El Maine que fueron sacrificadas por la voracidad imperialista en su afán de apoderarse de la isla de Cuba. Febrero 1898 – Febrero 1961.

Ahora, la simbólica escultura volverá supuestamente a su designación original, y por tercera vez, pues ha habido dos águilas al parecer. Al igual que a la mansión volverá el nuevo embajador, y también al gran edificio de las oficinas tan concurridas de la Sección de Intereses de Estados Unidos frente al Malecón, donde se izará la bandera norteamericana el 14 de agosto.

Michael Conners en el capítulo The Republican Era and Modernization, de su libro The Splendor of Cuba: 450 Years of Architecture and Interiors (2011), asevera que efectivamente lo que vi en la mansión del Country Club es el águila original. Mientras que en edición reciente, el New York Daily News expresa que la escultura está dividida, la cabeza de bronce del águila está colgada en un salón de conferencias del edificio de la embajada, y las alas y el cuerpo se hallan en el almacén de un museo esperando una posible reunión con la cabeza cuando todo se haya restaurado entre los dos países.

Pero hay dos águilas, una con las alas verticales que colocaron en 1925, y fue dañada por el devastador ciclón de 1926, y la más reciente, con las alas horizontales, que fue la que reinstalaron después del huracán. Habrá que averiguar si ahora piensan hacer una nueva águila para sustituir a las dos primeras, pues el monumento se ve fatalmente truncado.

La importancia de este símbolo del águila es que, del mismo modo que la voladura del acorazado Maine les sirvió para entrar en el conflicto cubano español, y apoderarse del poder político y comercial de la isla desde antes del comienzo de la República, Estados Unidos ha hecho a lo largo de la breve historia de Cuba, exactamente lo mismo a través de sus embajadores: intervenir, gobernar e inmiscuirse en los asuntos cubanos, precisamente para amparar los intereses comerciales de sus súbditos en aquel país.

Véase el titular de El País del 23 de julio en un artículo de Silvia Ayuso desde Washington: Obama recluta al empresariado en su estrategia cubana con el subtítulo: La Casa Blanca quiere que el sector privado haga de “avanzada” en Cuba. “Ese sector privado está ansioso por no perderse el ‘gran pastel de negocios’ que ve en la isla”, es la frase que se lee en su artículo.

Muchos han opinado que el presidente Barack Obama no ha ganado nada para Estados Unidos y el gobierno de los Castro ha ganado mucho. La gente no quiere ver el “Big Picture”, el panorama total. El Presidente de Estados Unidos le está haciendo caso a los empresarios norteamericanos, no a los ideales de paz ni de justicia en particular. Está “on the same boat”, es decir los mismos intereses que tiene ahora Cuba de hacerse un país comercial.

Los que salen perdiendo son los verdaderos exiliados que se dedicaron a invertir y crear negocios en Miami y el resto de Estados Unidos, pero se privaron de hacerlos con la isla. Eso ha sido un sacrificio muy grande que nadie reconoce, por el idealismo y la sed de justicia y libertad de estos cubanos del exilio. También los cubanos de la isla se han sacrificado siguiendo las consignas de un gobierno tiránico.

Y aquella envidia y aspaviento contra los norteamericanos no ha sido casual en la revolución que lideró Fidel Castro. No se puede olvidar que la revolución que precedió a esta en Cuba, la de 1933, tuvo a un embajador norteamericano haciendo de procónsul, Sumner Welles, que interfirió notablemente en la caída del presidente dictatorial Gerardo Machado. Welles hasta fue considerado el moderador entre las facciones de aquella revolución, esencialmente del grupo del ABC. Hugh Thomas expresó que la revolución de 1959 fue la continuación de la de 1933, igual que la Segunda Guerra Mundial fue consecuencia de la Primera.

Otro embajador estaba a cargo en 1959, Earl Smith, que fue enviado en 1957 para hacerse cargo de la caída de Fulgencio Batista. El embajador americano en Latinoamérica Robert Hill se lo dijo: “La marcha de Batista estaba ya decidida”. Luego, no fue Fidel Castro, sino Estados Unidos, el que tumbó a Batista. Smith renunció el 20 de enero de 1959, porque estaba en contra de esa decisión. Fue reemplazado por Philip Bonsal, a quien conoció el que fue mi esposo Pedro Vicente Aja, columnista del Diario de la Marina, y me contó que Bonsal creía que podrían controlar a Fidel Castro. Siempre han creído estos gobiernos que Cuba era una extensión de la península de la Florida.

En el centro de las maquinaciones de Sumner Welles en el pasado había dos preocupaciones, que no hubiera intervención militar en la isla, sino una solución pacífica, cosa que no pudo lograr, y proteger los intereses comerciales. Esa historia está en el subsuelo de todo. La misma actitud del águila tienen ahora, son los negocios –sí, los negocios– estadounidenses los que están impulsándolo todo. Y es Roberta S. Jacobson, que arregló los asuntos diplomáticos, la que se ha llevado la palma de oro. Porque no nos despistemos. Aquí continúa el poder del águila. El que tiene el dinero tiene el poder.

Y uno se pregunta: cuándo regresará a topar el monumento del Maine la figura del águila simbólica, que honra otra de las grandes mentiras históricas, porque se sabe ya que no habían sido los españoles los causantes de la voladura, que se usó para justificar la entrada norteamericana en la guerra y poder recoger “la fruta madura”. Es que los símbolos, como las banderas y el himno, tienen cierto poder de sugestión. Y más que ninguno, el águila.

olconnor@bellsouth.net

Esta historia fue publicada originalmente el 25 de julio de 2015, 3:28 p. m. with the headline "Caída y ascenso del águila."

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