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Gina Montaner relata el adiós a su padre: ‘Vivir a espaldas del deterioro y la muerte es un acto frívolo’

Gina Montaner presenta en la Feria del Libro de Miami ‘Deséenme un buen viaje’, las memorias de los últimos meses de la vida de su padre, el columnista y escritor cubano Carlos Alberto Montaner. La foto con su padre, fue tomada en un viaje a Israel por su hermano, Carlos Montaner.
Gina Montaner presenta en la Feria del Libro de Miami ‘Deséenme un buen viaje’, las memorias de los últimos meses de la vida de su padre, el columnista y escritor cubano Carlos Alberto Montaner. La foto con su padre, fue tomada en un viaje a Israel por su hermano, Carlos Montaner.

Gina Montaner ha escrito unas memorias sobre los últimos meses de la existencia de su padre, el periodista y escritor cubano Carlos Alberto Montaner, que es también un libro sobre la vida, el arte, el amor, el extrañamiento forzoso de la patria y el recurso de encontrar otras patrias donde se es feliz.

Deséenme un buen viaje (Planeta) es un alegato en defensa de la muerte asistida, un clamor de admiración por su padre, en el que la columnista de el Nuevo Herald y El Mundo resume el sentimiento compartido por los cubanos que admiraron a Montaner. Es además un relato sobre lo ocurrido antes de aquel 29 de junio del 2023, el día en que el escritor y columnista, a los 80 años, puede realizar su deseo y despedirse de una vida fructífera rodeado de su familia.

Gina (La Habana, 1960) nos va contando las dificultades que encuentran en el camino para cumplir la promesa que le hizo a su padre en un café de Miami cuando Montaner, enfermo de Parkinson, le pide que lo ayude a morir. En octubre de 2022 vuelven a España, donde la ley permite la eutanasia, pero algunos médicos se niegan a respetar la voluntad de los pacientes. Hay que dar demasiados pasos burocráticos, someterse a múltiples exámenes médicos. Montaner nunca duda, enfrenta la espera con valentía y sin perder el sentido del humor. Aunque va perdiendo facultades y es cada vez más dependiente de sus allegados, sigue escribiendo sus columnas casi hasta el final.

Al mismo tiempo Gina nos va relatando pinceladas de la historia de sus padres, exiliados cubanos que con sus dos hijos se desplazaban entre Miami, San Juan y Madrid.

En un baile en la convulsa Habana de los años 1950, con la detonación de una bomba, nace un romance imperecedero entre Carlos y Linda. Así los llama la hija a la que le toca la más dura de las tareas: ayudar a su padre a cumplir su deseo de morir dignamente, antes que la memoria y la movilidad lo abandonen, y a su vez convencer y consolar a su madre para que lo apoye, porque Linda no está lista para dejar ir al amor de su vida.

La travesía y la lectura son duras, no lo niego, pero Gina comparte sus mejores recuerdos de la familia, y el bálsamo nos llega y lo agradecemos. Un viaje en una furgoneta destartalada en la que los Montaner se apretujan para disfrutar de Europa, de camping, parando donde la aventura y el corto presupuesto los lleve; la casa de Miguel de Cervantes –una de las que habitaron en un Madrid ya distante en el tiempo; el apartamento actual, frente a El Retiro, el mismo que tienen que adaptar para que no se convierta en una trampa para Montaner y aquel en cuya sala disfrutan de las noches de cinemateca; los senderos y bancos del parque que los cobijan en los días tristes y los soleados; los cines Renoir donde Montaner y Gina van a ver las películas de estreno; los restaurantes donde celebran las últimas cenas con unos pocos amigos, y con la familia, que llega desde varias ciudades para el adiós.

Aferrados a ese respiro que concede el arte hay que admirar la valentía de la autora, que toma uno de los momentos más duros de su vida y nos lo entrega, para que aprendamos de lo inevitable.

‘Vivir a espaldas del deterioro y la muerte es un acto frívolo’, dice Gina en esta entrevista con el Nuevo Herald.

El debate puede continuarse en la presentación de Deséenme un buen viaje en la Feria del Libro de Miami, el domingo 17 de noviembre, donde Gina conversará con la periodista y presentadora de Telemundo Gloria Ordaz.

¿Por qué decides escribir el libro?

No es algo que tuve presente desde el momento en que decidimos volver a Madrid para que mi padre iniciara el proceso de solicitud de eutanasia. De hecho, el día a día era tan fuerte para nosotros por la gravedad de lo que estábamos atravesando, la tramitación de la solicitud y el gradual deterioro, que no era algo en lo que pensaba como proyecto. Pero, hacia el final, cuando ya sabíamos el día y la hora en que le practicarían la eutanasia, mi padre me dijo que debía escribir sobre lo que habíamos vivido.

En aquel momento no estaba mentalmente preparada para hablar de eso con él sin romperme, pero sabía que nuestra historia, su historia, merecía ser contada. Al final del verano me reuní con Cristóbal Pera (hoy en día a cargo de Planeta USA), con quien hacía unos años había editado mi novela La mala fama, y de esa conversación tan provechosa salí con la mente más despejada y dispuesta a escribir sobre el recorrido de mi vida con mi padre y su decisión final.

Una vez tomada la decisión, ¿cómo eliges el formato del libro y por qué?

La verdad es que simplemente me senté a escribir y el relato fluyó. De un modo muy natural fui trenzando el proceso que vivimos –con su vertiente médica, burocrática, el apoyo de la organización Derecho a Morir Dignamente, el desgaste emocional– con la evocación de nuestra vida: el núcleo que componíamos mis padres, mi hermano y yo, una familia marcada por el exilio, el activismo político de mi padre, su prominencia como intelectual y escritor.

Lo visualicé como una travesía con dos componentes: el viaje vital con mi padre y el viaje último de él, en el que lo acompañaríamos hasta esa puerta de salida, que para él era marcharse de este mundo antes de que su enfermedad neurodegenerativa acabara postrándolo en una cama y enajenado cognitivamente. Lo comencé a escribir muy poco después de su partida y lo tenía delante como una película que yo reproducía en la escritura. Era todo muy vívido mientras avanzaba en la rememoración.

Cuando pensaba en las preguntas, consideré que cuando uno habla de un ensayo con su autor, pregunta sobre ideas, y cuando uno habla de una novela, preguntas sobre personajes. A veces te refieres al carácter novelesco de la historia de Carlos y Linda. Así que el libro tiene múltiples aristas. ¿Cómo lo clasificas y por qué?

Es una buena reflexión tuya que me hace pensar a mí. El libro son unas memorias de la vida con mi padre; también es una crónica de un proceso muy específico, solicitar una eutanasia y todo lo que eso implica en el medio antes de que se realice la prestación de ayuda para morir.

Linda Montaner, Carlos Alberto Montaner y una de sus nietas, Gabriela, hija menor de Gina Montaner, en su casa en Madrid.
Linda Montaner, Carlos Alberto Montaner y una de sus nietas, Gabriela, hija menor de Gina Montaner, en su casa en Madrid. Cortesía Planeta

Y, tienes razón, la historia de Carlos y Linda, mis padres, contiene todos los elementos de una novela porque su historia de amor fue, hasta el final, absolutamente novelesca. Ellos tienen algo (y en el libro hago referencia a ello) de esos personajes de García Márquez que se aman en el tiempo, la distancia, la adversidad, y cuyo deseo mutuo desafía las erosiones que pueden sufrir los amantes. Son, sin duda, una pareja hecha para la literatura y para el cine.

Ya instalados en la historia del romance de Carlos y Linda, ¿qué es lo que más te llama la atención?

Esa capacidad de amarse con deseo hasta el final. Eso siempre es algo misterioso y ellos lo mantuvieron a pesar de que, en la mayoría de los casos, suele apagarse con el paso del tiempo. Más allá de la lealtad mutua y el proyecto de vida en común, hubo un pegamento físico entre ellos que se selló cuando se conocieron a los 14 años. Una química imperecedera.

Llegar al punto en que se cumpla la muerte asistida tiene un factor burocrático muy grande y a la vez un costo emocional tremendo, ¿cuáles fueron los aspectos, los momentos más difíciles?

Hablo por mí, porque, en el caso de mi padre, él lo abordó desde el principio de una manera muy racional, incluso con esos toques de humor tan suyos. Jamás lloró, más bien, sentía pesadumbre por la aflicción que les causaba a los demás (mi madre, mi hermano, las nietas y yo). Él me pidió que lo ayudara a morir, es decir, que me convirtiera en su defensora y su gestora con los médicos, con los organismos oficiales y, también, con mi madre, mucho más reticente a dar ese paso.

En esa batalla diaria, con más de un frente abierto, yo sentía un desgaste emocional muy grande porque mi papel era el de luchar para que se le practicara la eutanasia a la persona más determinante en mi vida. Es un dolor que permanece.

De esos ocho meses que pasan los tres en Madrid esperando el final, ¿qué no cambiarías?

Asimilo todo lo que sucedió porque no pudo ser de otra forma, que fue la de sobrevivir cada día a ese abismo que se acercaba y por el que teníamos que pelear. Para mí era fundamental no perder de vista lo esencial: mi padre quería marcharse y su deseo de morir en sus propios términos era la prioridad. Todo lo demás, incluidos sus seres queridos, era secundario frente a empresa tan difícil en la que él se embarcaba. Cada día con él fue extraordinario. Eso no lo cambiaría por nada.

El arte, el cine, la literatura tienen un lugar especial en el libro, primero por cómo golpea la pérdida de facultades a Montaner, y al mismo tiempo, porque hasta el final son una tabla de salvación. ¿Por qué es tan importante reflejar este peso que tiene el arte en momentos como estos?

Como bien dices, tienen un lugar especial en el libro porque siempre lo tuvieron en la vida de mi padre y en la de nuestra pequeña familia. Carlos y Linda han sido dos personas muy inquietas y curiosas que nos regalaron a mi hermano y a mí una vida de aventuras con ellos que incluía el cine, los libros, el interés por la cultura en general. En el caso concreto de mi padre, yo diría que su razón de ser, el motor principal de su vida, era su actividad intelectual.

Cuando él ve que se acelera la severidad de una enfermedad que afecta el aspecto cognitivo, comprende que el eje de su existencia se va a desmoronar. Y eso para él es absolutamente inaceptable. Por eso, hasta el final sigue leyendo como puede en su Tablet, vamos al teatro con él, a las exposiciones y al cine, que era para él (y para mí) un oasis de emociones que lo hacen sentirse muy vivo.

Mi padre envía su última columna sindicada (antes de la póstuma que dejó) en mayo y muere a finales de junio. Y es un artículo sobre la penosa situación en Cuba porque esa es una cuestión que lo acompaña hasta el final. Una herida abierta para él. Ese enorme esfuerzo intelectual que hizo hasta el último momento era para él fuente de vida a medida que se acercaba a la muerte.

Has decidido escribir de temas olvidados, rechazados por la sociedad: la ancianidad y la muerte. ¿Qué aprendiste que pueda servirnos para ser mejores viejos y enfrentarnos a la muerte con otra postura más allá del miedo?

Los ocho meses que viví con mi padre hasta que se logró la eutanasia fueron toda una lección de humildad en lo referente a envejecer y mirar de frente a esa muerte que nos rondará a todos. Yo estoy muy orgullosa de haberle dedicado a mi padre el tiempo, los cuidados y el amor que necesitaba y merecía antes de partir, porque en ese periodo en el que dimos tantos paseos, nos sentábamos en cafés y hacíamos una vida doméstica, vi a muchos ancianos en los parques, en la calle y en los hospitales, acompañados de cuidadores (la mayoría inmigrantes) contratados. Es importante que cada uno se pregunte, “¿Cómo me gustaría que me atendieran a mí un día?”, cuando se piensa en el cuidado de los ancianos y personas enfermas. Vivir a espaldas del deterioro y la muerte, que son inexorables, es un acto frívolo que sirve de muy de poco.

¿Por qué consideras que no debemos soslayar estos temas en el arte, la política, la vida en general?

En un mundo cada vez más envejeciente y en el que se plantea como algo alcanzable llegar a ser centenarios, es ineludible (y lo responsable) abordar la ancianidad y la muerte en el ámbito político y social.

Si el progreso ha conseguido que la calidad de vida sea mejor, eso debería conllevar que la calidad del tramo final y de cómo morimos también sea mejor. ¿Quién cuidará y cómo de esta población envejeciente con crecientes trastornos neurológicos como el Alzhemier? ¿Quién y cómo se optimizarán los cuidados paliativos y el derecho a la muerte asistida?

Gina Montaner, columnista de el Nuevo Herald y El Mundo, comparte los recuerdos de los últimos meses de la vida de Carlos Alberto Montaner, que enfermo de Parkinson, elige la muerte asistida.
Gina Montaner, columnista de el Nuevo Herald y El Mundo, comparte los recuerdos de los últimos meses de la vida de Carlos Alberto Montaner, que enfermo de Parkinson, elige la muerte asistida. Cortesía Planeta

Te diría que en el arte estos temas, que para muchos siguen siendo tabú, se están planteando cada vez más. Lo vemos en la literatura y también en el cine. Por ejemplo, en los últimos meses han salido una serie de películas que abordan la eutanasia: La habitación de al lado, de Pedro Almodóvar; Polvo serán, de Pablo Márquez-Marcet; El último suspiro, de Costa Gavras. A sus 91 años, Costa Gavras nos dice, “Tenemos que concienciarnos de la muerte e irnos con una sonrisa para lo que es inevitable”. Eso aprendí de mi padre.

Se palpa la admiración que sientes por Carlos y Linda, ¿qué es lo que más te gustaría resaltar de ellos para los que no los conocemos tan cerca?

Carlos y Linda se conocieron y se enamoraron cuando eran adolescentes. Casi nadie apostaba a que aquellos dos muchachos, que ya tenían una hija a los 18 años, durarían como pareja.

Pues bien, vivieron juntos más de 60 años y supieron sortear los inevitables escollos con gran inteligencia emocional. Sé que el trauma del exilio los unió mucho. Fueron capaces de forjar una vida en común productiva, formar una familia, evolucionar con los tiempos. Mis padres fueron muy cómplices en los momentos más felices y también en los más duros.

Gina Montaner presenta “Deséenme un buen viaje” el domingo 17 de noviembre, a las 3 p.m., en la Feria del Libro de Miami. Wolfson Campus del Miami Dade College, edificio 1, 2do piso, salón, 1261.

Gina Montaner presenta en la Feria del Libro de Miami ‘Deséenme un buen viaje’, las memorias de los últimos meses de la vida de su padre, el columnista y escritor cubano Carlos Alberto Montaner. La foto con su padre, fue tomada en un viaje a Israel por su hermano, Carlos Montaner.
Gina Montaner presenta en la Feria del Libro de Miami ‘Deséenme un buen viaje’, las memorias de los últimos meses de la vida de su padre, el columnista y escritor cubano Carlos Alberto Montaner. La foto con su padre, fue tomada en un viaje a Israel por su hermano, Carlos Montaner. Cortesía Planeta


Esta historia fue publicada originalmente el 31 de octubre de 2024, 6:30 a. m..

Sarah Moreno
el Nuevo Herald
Sarah Moreno cubre temas de negocios, entretenimiento y tendencias en el sur de la Florida. Se graduó de la Universidad de La Habana y de Florida International University. @SarahMoreno1585
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