“En la Feria del libro de Miami y otros viajes astrales”, libro de Teresa Dovalpage
Este año la escritora cubanoamericana Teresa Dovalpage regresó a la arena literaria con dos nuevos títulos: una novela policíaca, Last Seen in Havana, publicada por Soho Crime en febrero y que pertenece (es la quinta) a la serie Havana Mystery, y En la Feria del Libro de Miami (Editorial El Ateje, 2024).
Cuando Teresa me envió En la Feria del Libro de Miami me dijo que era un libro de cuentos, sin embargo, yo me atrevo a decir que es una novela de ocho capítulos independientes, y 155 páginas, unidos por un hilo de voz y así la trataré. Los temas que presenta desencadenan un caos que solo puede organizar la protagonista, la narradora en primera persona. Es un libro con voz reconocible dentro de cualquier vocerío, debido al estilo único e inigualable de Dovalpage.
Los capítulos viajan de Cuba a Estados Unidos y viceversa, mostrando verdades de las que todos hablamos, y al leerlas en sus palabras volvemos a vivirlas. Ella cuenta la realidad de su país, Cuba, en las décadas del 70 al 90, primero como adolescente y luego cómo se manejan la protagonista y su familia al dar el salto a la cerca de agua que aísla a la isla del resto del mundo, y llegar a EEUU.
Los que conocemos a “La Te” (así la llamamos un puñado de amigos), sabemos que es una iconoclasta, que maneja una narrativa de hechos. Muchas de sus historias son autobiográficas, y ella las suelta sin esconder detalles. Todo lo contrario, nos cuenta “de la pi a la pa” sin inventos. Cambia nombres y mete sandunga con algunas mentirillas, pero en el fondo, fondo, la médula de lo que cuenta está en su piel.
Nos habla de la escasez flagrante en aquella Cuba, que aunque terrible no lo era tanto como ahora, narra la vida de los adolescentes enamorados de artistas y deportistas extranjeros, los relajos que se formaban en grupos, la moda de la época y la falta de ropa, las películas viejísimas que pasaban por la televisión, la desaparición de la carne de los mercados, el hambre. Nos habla de las asignaturas de la escuela, con énfasis total en la Filosofía marxista, y el desánimo de los alumnos que comprendían que nada de lo que les decían era cierto.
“El verbo resolver se conjugaba mucho en esos tiempos. Se resolvía (o no) jabón de baño, un pollo, zapatos o una botella de aceite para cocinar. Se resolvía con dólares, porque el peso cubano había perdido lo que Quique llamaba un valor de cambio y la moneda extranjera (que además era ilegal, aunque todo el mundo la usaba) comenzó a determinar la correspondencia de las fuerzas productivas y las relaciones de producción.” (p. 40)
Ella utiliza, para ambientar la narración, la jerga habanera. Y nos llena de referencias para comparar una situación con otra, pues el “caso cubano” siempre ha sido incomprensible para los extranjeros, aquellos que ven la isla como un paraíso porque nunca llegan al fondo, a la realidad. Vean lo que cuenta sobre su escuela después de unos pocos años, en su regreso de visita a La Habana desde EEUU.
“Anduve despacio, pasillo tras pasillo, por el segundo piso silencioso y desierto. Ni los baños olían; al acercarme a uno noté que estaba clausurado también. Una nata de insectos muertos alfombraba los escalones que conducían a los túneles del amor. Aunque era poco después de mediodía, todo estaba en penumbras. En el aire estancado flotaba una neblina polvorienta. La ambientación perfecta para una película de Lugosi…” (p. 43)
Relata también uno de los males mayores que sucedió a los adolescentes: las escuelas al campo, que sacaban a los hijos legalmente del círculo familiar y los agrupaban en un medio ambiente agrícola para que “ayudaran” con la recogida o siembra de alimentos a la población. Nunca aquellos jóvenes, casi niños, pudieron completar más de media lata de café, tomate o lo que fuere. Detrás de ese invento del gobierno, se escondía la emancipación de esos niños de familia, pues, de esa forma, sería más fácil adoctrinarlos. Eran los llamados “hijos de la revolución”. Les enseñaban a pasar hambre y a disfrutar del relajo, mientras trataban de cumplir metas fantasmas.
“Con Peter tuve un romance de escuela al campo… Eran seis semanas fuera de la civilización, lejos de la supervisión de padres, abuelos, tíos y responsables de vigilancia del Comité de Defensa de la Revolución. A solas con amigos y enemigos, sin nadie más que los maestros para cuidarnos el trasero. Y los maestros, que eran un poco mayores que nosotros, resultaban ser los primeros en meterse a hurgar en nuestros traseros o en pedir que les hurgáramos los suyos. Así era. (…) me atrevo a decir que el setenta por ciento de la muchachas (y de los muchachos también) perdió la virginidad en una de esas temporadas en las que nos dejaban como los perros jíbaros: sueltos y sin vacunar.” (p. 66)
Luego venía lo peor, buscar cómo hacerse un legrado, para que la familia no se enterara de que vivían en pleno libertinaje: “Reventé mis ilusiones contra el suelo sucio del policlínico, a donde me llevó mí hermana, y dejé que me aspirasen el feto, el alma, el corazón y lo que en mí quedaba de aquel pasado amor de campamento.”
Duró años, muchos, así era, hasta que el proyecto se fue a pique, porque no tenía sentido. Así fue también la lucha contra los dólares: metían en prisión al que encontraran con dólares en las diplotiendas hasta que tuvieron que despenalizarlos. Llegó el período especial y desapareció el café y el chocolate en los velorios cubanos, los emparedados a la media noche y hasta las flores.
Toda esta escritura humorística de Dovalpage, aparentemente inocente, carga con el dolor de un país que no cesa. Historias que parecen ficción para los que no son cubanos. Para ellos, la ficción y la realidad se desdibujan gracias la maestría de la narradora. Para los cubanos son recuerdos que nos desdibujan.
La ropa de segunda y tercera mano, los zapatos martillados antes de salir a la calle; la libreta de abastecimiento con un nombre eufemístico que disfrazaba el racionamiento; los ómnibus camellos que más parecían gusanos, y el hambre, mucha hambre y desinformación… Está escrito con burla, porque es así como los cubanos asimilan el mal, por medio del choteo. La mayoría cree que si se tira a juego lo que les sucede menos daño les hará.
Teresa utiliza esos mismos recursos para contar las historias, y nos pasa como agua tibia el comportamiento de los cubanos en EEUU, los horrores que sucedieron, suceden y sucederán, en un país que ni siquiera merece ser así llamado. La saña de sus dirigentes mantiene a la isla inútil con “la soga al cuello”, en espera a que se apaguen todos dentro de ella.
En los momentos que escribo este artículo, Cuba completa lleva tres días sin corriente eléctrica por el paso del huracán Oscar. Las personas del campo, que no tienen computadora, internet, ni corriente eléctrica, nunca sabrán la dimensión del desastre que les espera, hasta que pase.
No dejen de leer esta novela, que los hará reír y llorar al mismo tiempo. Pero también les abrirá los ojos sobre el dolor de uno de los países que más sufre en Latinoamérica.
En la Feria del libro de Miami y otros viajes astrales se presentará en la Feria del Libro de Miami el domingo 24 de noviembre a las 3 de la tarde en el salón 8525, edificio ocho, quinto piso del campus Wolfson.
Esta historia fue publicada originalmente el 18 de noviembre de 2024, 9:59 a. m..