Galería 305

‘Ellas bailan solas’, juego macabro de poder y seducción

La escritora y editora cubana Yovana Martínez Milián establecida en Miami.
La escritora y editora cubana Yovana Martínez Milián establecida en Miami.

He leído de un tirón, como se dice, Ellas bailan solas, de la escritora y editora cubana Yovana Martínez Milián establecida en Miami. Son cuentos breves y de ritmo sostenido. Historias “duras”, como mismo lo define la autora, quien tiene en su haber otros libros como Exorcismo final (2014) y Cuentos para lobos en luna llena (2018).

Nacida en La Habana en 1970, Martínez Milián se graduó de la Facultad de Comunicación del Instituto Superior de Arte (ISA) de la capital cubana en 1998. Se desempeña como productora de televisión y guionista desde hace unos 25 años. También preside la Cuban Artists Around the World, que cobija las ediciones independientes CAAW, fundadas en 2015. En paralelo, dirige Funcionarte Corp, una organización no lucrativa que propone talleres de arte para víctimas y supervivientes de violencia doméstica, además de promocionar eventos culturales que promocionan la obra de artistas independientes que trabajan el tema de la violencia de género.

Este último ámbito se relaciona directamente con Ellas bailan solas, el libro publicado en 2024 en ediciones CAAW con portada que exhibe un collage realizado cuando tenía 15 años por Carolina Marrero, hija de la autora que estudia Arte en Chicago. Y la portada fue rediseñada por Faride Mereb y Oriana Nuzzi en su estudio Letra Muerta (Nueva York).

Le ha costado un lustro de esfuerzos y desgarramientos escribirlo. Aunque los personajes sean ficticios las historias se inspiran de la realidad. Para Yovana Martínez la violencia doméstica está detrás de cada puerta, donde menos la imaginamos, y no por muy oscuras que sean estas historias salen siempre a la luz: las víctimas, como animales acorralados, en vez de buscar la salida del túnel se adentran aún más en las fauces de su propio infierno. Se cuecen en su propia desgracia. Dependen del verdugo, casi siempre un psicópata experto en sacarle lasca al punto débil del ser vampirizado. Este rejuego macabro de poder y seducción no suele ser abordado a través de la literatura. Yovana Martínez se ha apropiado de un tema que otros evitan para prestarle voz a quienes les paraliza el miedo.

Las historias llevan ritmo propio y el título lo advierte. Aunque se trata de mujeres a las que les tocó bailar o jugárselas solas con sus propios castigadores, siguen esperanzadoramente vivas a la espera de despertar o de que las despierten, a la espera de algo que le ponga punto final a su tortura. De ese ritmo sonoro se desprende una lista musical que puede descargarse desde Spotify bajo la rúbrica de Isadoracuba mientras leemos el libro siguiendo el índice que, para estos efectos, la autora proporciona al inicio.

Juro que nunca he visto ni siquiera el logo de Spotify en el mundo virtual de mi Androide de medio pelo. Me quedé en el siglo XX. Pero justo por haberme quedado en ese siglo tengo una memoria de elefante y no necesito volver a escuchar They Dance Alone, la canción de Sting que da título al libro y que acompaña el cuento homónimo, para entender hasta qué punto, en este trabajo de filigrana, la autora ha hecho que emociones y sentimientos converjan en medio de una trama narrativa literaria y musical de acertadísimas puntadas. Tampoco tengo que volver a oír Blowin’ in the Wind, de Bob Dilan, para imaginar por qué acompaña al cuento Soplando el viento. Ni Losing My Religion, de R.E.M, la canción que, acabada de salir entonces, acompañó mi partida de Cuba y llegada a París hace 33 años.

Hay muchas cosas que quisiera decir de este libro y no sé si he tenido el tiempo necesario para digerirlo por completo. Sucede que no estamos ante un libro cualquiera. Como a los viejos lobos el instinto me dice que hay algo nuevo y diferente en esas páginas, algo extremadamente personal que se convierte en universal y que atañe a todos y todas.

Yovana Martínez tiene un ritmo sostenido, un modo de narrar que utiliza el leitmotif para, como en los estribillos musicales, recitar sus cuentos-canciones. ¡Eso es! Cuentos-canciones con un fraseo que se repite para retomar el ritmo, para que lectores y personajes retomemos el aliento y no abandonemos la lid. La música nos (los) salva. La música ayuda a aguantar, a reflexionar, a no perder cadencia en el empeño de llegar al final, tanto del cuento como de la vida misma. Y las frases en inglés no son salpicaduras en medio del castellano, sino el mundo en que vivimos en donde para los seres normales (no los psicópatas) las fronteras se diluyen al tratar de entendernos mejor.

Creo sinceramente –y no lo digo porque haga caso a los fatalismos geográficos– que la narrativa de Yovana Martínez (se lo comenté cuando leí su libro anterior) debe trascender fronteras, llegar a otras latitudes, lenguas y públicos. Me uno a mi colega Ena Columbié, quien dio un empujón al alumbramiento final, para celebrar la llegada de estos cuentos. Me queda solo recomendar su lectura, la búsqueda del libro, sugerir que lo devoren, lo escruten, lo piensen, lo oigan y, sobre todo, lo canten y lo bailen, incluso solos o solas, que es mucho mejor que mal acompañados.

William Navarrete es escritor establecido en París.

Esta historia fue publicada originalmente el 6 de febrero de 2025, 1:13 p. m..

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