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Timothée Chalamet: ¿Verdades molestas? | Opinión

French-US actor Timothee Chalamet and his mother Nicole Flender attend the 32nd Annual Actor Awards at the Shrine Auditorium in Los Angeles on March 1, 2026. (Photo by PATRICK T. FALLON / AFP via Getty Images)
El actor francoamericano Timothée Chalamet y su madre, Nicole Flender, asisten a la 32 edición de los Annual Actor Awards (anteriormente conocidos como los Screen Actors Guild/SAG Awards) en el Shire Auditorium, Los Ángeles, el 1 de marzo. AFP via Getty Images

Es muy probable que usted se haya enterado de que el actor Timothée Chalamet está siendo crucificado en redes sociales. ¿La razón? Que se atrevió a decir en voz alta que no quiere trabajar en ópera o ballet porque son géneros que “ya no interesan a nadie”.

La “bomba” fue soltada en una charla de la revista Variety junto al también actor Matthew McConnaughey. Literalmente, Chalamet dijo: “No quiero trabajar en ballet ni ópera, ni nada que parezca que diga ‘oye, mantén esto con vida’, aunque ya no le interesen a nadie”.

Lo curioso del caso es la oleada de indignación unánime, inaudita, que se ha levantado en el medio cultural. Desde Ginebra a Viena, pasando por Londres, Roma o Buenos Aires, todas las instituciones cercanas a la cultura clásica piden su cabeza. Hasta el flamante director de la New York Philharmonic, el venezolano Gustavo Dudamel, encontró tiempo para criticar a Timothée Chalamet.

Tal brote de “opinión sincronizada” me hace pensar una cosa: y es que Chalamet ha tocado un nervio sensible, porque quizás no le falta del todo razón. Me recuerda al viejo cuento del traje nuevo del emperador. Dijo algo que todos sabemos, pero que no se puede decir.

Quisiera aclarar ahora que quien escribe estas líneas trabaja desde hace años en el mundo de la música clásica, y es un apasionado melómano. Y es gracias a mis entrevistas y contactos con actores de este mundillo cultural que me permito decir que quizás el actor francoamericano no esté del todo equivocado.

Tal como comentaba en un editorial al respecto el diario The New York Times, Chalamet intentó decir (de forma quizás algo torpe) que ni la ópera ni el ballet forman parte del “mainstream” cultural actual. El artículo también reflexionaba acerca de la diferencia entre el “valor” de una propuesta y su “percepción” por parte del mercado. Lo que, a mi entender, es innegable.

También The New York Times hablaba en un artículo publicado el 8 de marzo acerca de “la desesperada búsqueda de fondos en el MET”, la legendaria ópera de Nueva York. Y este cronista se pregunta si no es contradictorio que todos los teatros del mundo hayan salido a rasgarse las vestiduras ante la afirmación de Chalamet, cuando al mismo tiempo vemos que el buque insignia de la cultura estadounidense parece al borde del precipicio.

La periodista americana Anne Midgette, especialista musical reconocida y excrítica del Washington Post, recordaba en sus redes sociales que “el MET necesita la friolera de $326 millones anuales para mantenerse a flote”. Una suma astronómica que cada vez le cuesta más conseguir. En particular en un momento en el que muchas de las grandes fortunas neoyorquinas (históricos donantes de la venerable casa) huyen a tierras más “amables” fiscalmente, como Florida o Texas.

Anne Midgette comentaba también al autor de estas líneas algo que ha pasado desapercibido para muchos críticos del actor: “Timothée Chalamet no es un ignorante. Creció en el mundo del ballet. Tanto su abuela como su madre fueron bailarinas profesionales. Es por ello que, muy probablemente, conoce desde dentro la crisis del sector y ha escuchado muchas historias al respecto en su familia. Creo que el “pecado” de Chalamet fue decir cosas que los conocedores del tema ya sabemos; pero sacadas de contexto. No estaba hablando con especialistas de la materia”.

Tsunami en redes

Naturalmente, las compañías y teatros del mundo han salido en tromba a decir que a todos les va estupendamente y que el público responde con pasión y entrega a sus propuestas. ¿Pero es realmente el caso? ¿Puede tomarse al pie de la letra la palabra de los interesados en defender su modelo de negocio?

En mis años trabajando cerca de músicos, y hablando con algunos de los “top deciders” de este mercado (me refiero a directores de festivales, jefes de discográficas o agentes internacionales) el panorama que percibo es muy distinto.

Quizás el mayor problema al que se enfrenta el mundo de la cultura clásica sea la falta dramática de renovación del público. He estado en conciertos de los Berliner Philarmoniker en los que me sentía el más joven de la sala y tengo más de 50 años. Esa impresión se repite en casi todas las salas de concierto que frecuento.

Luego, otro factor esencial es la incapacidad de sobrevivir sin inyecciones masivas de fondos estatales, sobre todo en el caso europeo. De hecho, en Ginebra se publicaba recientemente un estudio que decía que el Grand Théâtre (ópera) y la OSR (Orquesta de la Suiza francesa) se “comen” casi el 90% de fondos destinados a la cultura por la ciudad, para satisfacer una demanda que representa a menos del 5% del público. Y es que los costes de producción de una ópera son faraónicos. Y muy difícilmente rentables.

Si a ello sumamos la muerte de la industria del disco (una de las más grandes pianistas vivas me confesaba que vende una media de 500 discos anuales… a nivel mundial) o el auge de recursos gratuitos como YouTube, el panorama no da para abrir el champagne.

Recordemos también que prácticamente todos los medios de comunicación del mundo han eliminado la figura del crítico musical. Una realidad que afecta desde París a Nueva York, pasando por Madrid o Buenos Aires. Pero, al mismo tiempo, se da la paradoja de que las escuelas de música rebosan de jóvenes candidatos a tomar el relevo. Como me dijo un manager francés: “Nunca hubo tantos jóvenes talentos tocando para tantos viejos”.

Músicos jóvenes que, a menudo, se ven obligados a tocar gratis para hacerse un hueco en el mercado. O a tocar por honorarios de estricta supervivencia. Mientras que los músicos de orquesta que no tienen la suerte de integrar formaciones estables, bien pagadas, o que consiguen plaza de profesores en algún conservatorio, tienen que sobrevivir cobrando cifras que el lector difícilmente creería.

¿Hay soluciones?

Siempre pregunto a todos los músicos que entrevisto qué hacen para revertir esto. O qué debería hacerse. Las respuestas suelen variar.

Muchos músicos han encontrado en el mercado asiático el último clavo ardiente del cual cogerse. Es así que vemos estrellas, y otros que no lo son tanto, buscar una salida en mercados como Corea, China, o incluso Indonesia. Países en los que aún parece haber un público interesado en sus propuestas. Pero con la entrada al mundo profesional de decenas de miles de jóvenes asiáticos, ¿cuánto tiempo más puede durar este último recurso?

En Occidente, una de las “soluciones mágicas” parece ser poner mujeres directoras al frente de las grandes orquestas. Como si el hecho de ver mujeres en el podio fuera razón suficiente para atraer al público perdido. Una vez normalizada esta curiosa “novedad” no parece que la estrategia esté dando mayores frutos.

Por otro lado, discográficas como la antaño todopoderosa Deutsche Grammophon han creado Yellow Lounge. Una propuesta que lleva la música clásica a entornos inhabituales, como clubes y discotecas, en un intento de acercarse a la cultura joven. La idea es vistosa, y genera cierto interés mediático, pero en una conversación con el responsable del proyecto en Berlín, éste admitía ante el cronista: “lo cierto es que Yellow Lounge no nos ayuda a vender ni un disco más, y tampoco sirve de mucho a los músicos que participan”.

En Suiza existe el muy elitista Festival de Verbier, donde se dan cita cada verano algunas de las más grandes estrellas de la música clásica, en un entorno exclusivo y sereno en el corazón de los Alpes. Este festival estuvo patrocinado por el banco Credit Suisse, quienes incluso financiaban a su joven orquesta y sus giras mundiales.

Un buen día del 2010 el banco suizo retiró todos sus apoyos, casi sin aviso previo. Esta decisión provocó una verdadera crisis existencial en el festival, que debió luchar por su supervivencia. Hoy sigue funcionando, pero lo cierto es que cada vez cuesta más a estas instituciones conseguir el patrocinio de grandes bancos y empresas, que no ven claro el ROI (return on investment) de estas iniciativas. Supongo que las empresas ven mucho más claro invertir en eventos deportivos, festivales de cine, o ferias de arte contemporáneo.

¿Qué es lo que está haciendo “mal” el mundo de la música clásica? ¿Hay alguien que se lo pregunte seriamente, o tiene que venir alguien como Timothée Chalamet a poner el dedo en la llaga, y ser linchado en la plaza pública? La cultura clásica conserva un enorme prestigio simbólico. Pero prestigio no es lo mismo que centralidad cultural. Quizás el actor no estaba “atacando” a la ópera o el ballet, sino sólo describiendo el mundo en el que vive.

Me temo que la música clásica, la ópera y el ballet tienen mucho que reflexionar si no quieren arriesgarse a desaparecer dentro de dos generaciones.

Rodrigo Carrizo Couto es periodista, consultor en comunicaciones y productor. Cubre en particular el medio de la música clásica. Vive en Suiza.

Esta historia fue publicada originalmente el 12 de marzo de 2026, 5:11 a. m..

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