Ena Columbié nos entrega “Cuaderno cruel”, entre el dolor y la introspección
Nietzsche argumenta en Así hablaba Zaratustra que “el hombre es, en efecto, el más cruel de todos los animales” y que además “necesita, para sus mejores cosas, de lo peor que hay en él”. Así la crueldad, según parece, no es sólo un acto malvado hacia otros o hacia nosotros mismos, sino que genera también un impulso motivante, una fuerza vital que ayuda a descubrir quiénes somos y hasta dónde seremos capaces de llegar.
A esta reflexión me llevan las primeras páginas de Cuaderno cruel (Casa Vacía, 2025), la más reciente entrega de la poeta, narradora y fotógrafa Ena Columbié, en ellas la autora nos acerca a la vida de algunas personalidades del arte y la literatura que fueron víctimas de la crueldad —provocada por ellos mismos o por otros— y que a pesar de todo, o gracias a ello, se convirtieron en mito y hoy son referentes para las generaciones que les sucedieron. Seres atravesados por la genialidad, ¿acaso malditos?, que rozaron los extremos y experimentaron, entre otras cosas, el dolor, la enajenación, la muerte o el olvido. Una vez más, la autora acude a la poesía para ahondar en la naturaleza del ser y mostrarnos al hombre como un sobreviviente, enfrentado a sí mismo y a los retos que impone la existencia, y este es, me atrevería a decir, no sólo el tema central de este libro sino el de toda su obra visual y literaria.
A través de un lenguaje narrativo y conversacional, que rara vez evoca o deja algo a la imaginación, el hablante poético sentencia e interpela: “Genet, ladrón empedernido / timaba a los jóvenes / con su latrocinio” o “Fuiste lastimada Camille / lapidaron tu alma”.
En los poemas Paraíso y Pequeña Habana, vemos rasgos que recuerdan el realismo sucio de Bukowski, su desenfado a la hora de describir la aspereza de la vida.
Al paraíso va la locura / la fama la blasfemia / los fantasmas espectrales. / El que eyacula en medio de la calle / el arrogante / el homeless y su perro / la devoradora de cráneos y de penes / el trapecista que cayó al vacío
Hay mucho del arte de fotografiar en la escritura de Columbié, ella expone a la luz toda la sombra que encierra el ser humano para que no olvidemos la fragilidad de la que estamos hechos. Y, así como busca en los demás, busca en sí misma. Reescribe o rediseña las historias que elige para luego arribar a la suya propia.
En la segunda mitad del libro ocurre un cambio de tono, el lente cambia de objetivo y comienza una mirada introspectiva. Ahora es ella el objeto bajo el foco de luz, son sus aristas las que muestra, los rincones difíciles de transitar, es ella la víctima de su crueldad: “Hoy he visto mis arrugas / la marca del mar sobre la piel”. Versos en los que la poeta se abandona al lirismo de su cotidianidad. “Cuando se dobla la noche / me siento la niña que aparece de su mano”. La madre vuelve a ser presencia indispensable, un catalizador que le permite entender el rumbo de su viaje. Hallaremos nostalgia, versos que muestran momentos vulnerables, lejos de la rispidez a la que acude al inicio, lejos del filo y el rojo intenso “del hierro en la fragua”.
Ya no será / el gris brillante de la tarde / ni el olor a sopa y a tabaco / el vaho a whisky y el jazz. / El dolor quedó dentro / encerrado en las pupilas / en la garganta / las largas conversaciones
La voz que recorre este cuaderno es la de alguien que busca respuestas, que no se conforma con la sola existencia y aspira a entender que las señales dejan los días a su paso, “necesito claridad para entender el tiempo y sus contrastes”.
Quienes conocemos a la autora, sabemos que detrás de cada propuesta hay un acto de sacrificio y amor por la palabra, una fe ciega en la poesía que nos hace creer aún en la belleza. De ahí la reescritura de las distintas historias con las que nos invita a transformar el dolor, como el Kintsugi cuando transmuta el daño.
Estamos frente a un cuaderno que hará que nos miremos en ese gran espejo que es el otro. Lo verdaderamente esperanzador es aprender que detrás de todo sufrimiento o toda prueba, queda siempre el camino de la redención y ésa es la certeza que nos deja su lectura: un sabor menos amargo en los labios. Porque Columbié, al igual que Bukowski, guarda un pájaro azul dentro del pecho.