Joven se debate entre ser cubana y americana
Con apretones de manos, mientras aguantaba el llanto y me comportaba como si no estuviera destrozada por dentro les dije adiós con lágrimas en los ojos que me corrían por las mejillas y caminé hacia las puertas, sin mirar atrás. Eran las puertas que irían a separar para siempre a mí y a mi familia. Las puertas que harían imposible que mis abuelos me vieran crecer y graduarme con honores de la escuela secundaria. Las puertas que me alejarían de mis tres primos más queridos: Javier, Joan y Yoandi.
Mientras esperaba el avión con mis padres y mi hermana, Leirys, empecé a preguntarme por qué mi madre, Mirian, y mi padre, Erick, habían decidido dejar todo atrás para empezar de cero en un país desconocido. No podía comprender por qué no se quedaban con el resto de la familia. Mientras más pensaba en eso, menos lo entendía y la situación con ellos se agravaba más. Mis padres nunca me dijeron las razones para irnos del país. ¿Acaso una niña de 9 años no podría entender nunca que no había esperanza para nadie en su país? ¿Cómo podrían explicarme mis padres que nos fuimos porque era la mejor decisión para todos?
“Mami, ¿por qué tenemos que irnos?”.
“Sara, por favor, entiéndenos. Nosotros sólo estamos haciendo esto por tu futuro y el de tu hermana”.
“¿Por qué? Yo estaba bien aquí con todos”.
“Confía en tus padres Sara, lo entenderás cuando tengas más edad”.
“No, nunca lo entenderé”.
En Miami, Nico, uno de los primos de mi padre, nos esperó en el aeropuerto. Nico le dio la bienvenida a mi familia en su humilde casa. Nos dio refugio, comida y transporte durante tres meses. Mi padre era una persona muy independiente y no quería ser una carga para nadie, así que el cabo de tres meses, nos mudamos. Durante este tiempo, tuve dificultades porque no me podía acostumbrar a los nuevos cambios. Había vivido toda mi vida en un lugar donde todo el mundo era familia, en el sentido en que todos se ayudaban entre sí.
Mi madre me matriculó en la escuela primaria en cuanto pudo para ayudarme a tener nuevos amigos. Desafortunadamente, pasó todo lo contrario. Empecé con una maestra que no sabía ni una palabra de español. La maestra les pedía a otros estudiantes que me tradujeran lo que ella me decía, pero los muchachos eran crueles y le decían a ella cosas horribles de mí. También se reían de ella por no saber el idioma. Poco a poco me fui aislando de todos en la escuela.
“¿Mami?”.
“Si, mi niña…”
“No quiero regresar a la escuela. Nadie me quiere y siempre se están riendo de mí”.
“Eso no puede ser verdad, mi niña, tú les caes bien a ellos, pero te lo demuestran a su manera”.
Pasaron los años y ya estaba en octavo grado. Podía comprender por qué mis padres tomaron la decisión de irnos del país y por qué sacrificaron sus vidas por mi hermana y por mí. Entendí que las dos teníamos un futuro en la tierra de las oportunidades, mientras los primos y los amigos de nosotros no podían mejorar cómo vivían. En nuestro país, la situación se puso peor todavía. La mayoría de los adolescentes dejaban la escuela para encontrar un trabajo en la casa. Yo no podía hacer nada, nada más que pensar que nos hubiera pasado lo mismo si mi familia se hubiera quedado. No podía creer que mis primos nunca tendrían la oportunidad de ir a la universidad.
Aunque me sentía muy orgullosa de mis raíces, me avergonzaba hablar sobre la forma en que Fidel dejaba que las familias murieran de hambre; cómo les robó sus propiedades, les arrancó la libertad de las manos, y separó para siempre a las familias. Me debatía entre la cultura que dejé detrás y la nueva que ya empezaba a formar parte de mí. Estaba creciendo con dos culturas.
Para mí era difícil adoptar las costumbres y creencias de Estados Unidos porque me parecía que de hacerlo estaría traicionando a mi familia en Cuba. Visitar mi país al cabo de nueve años me confundió todavía más. Como si me halaran lados opuestos. En la cultura norteamericana, la familia no es tan allegada como en mi país, y esto era uno de los obstáculos más grandes que tuve que enfrentar. Cuando era una bebé, siempre estaba conmigo alguien, y ahora no quería aceptar el hecho de que las familias en Estados Unidos no se ven con mucha frecuencia.
Nunca me consideré americana porque no nací Estados Unidos. Cada vez que me preguntaban de dónde era, mi respuesta era siempre la misma: de Cuba. Pero esto cambió después de mi primera visita a Cuba. Fue entonces que me di cuenta de que era parte de la cultura norteamericana y de la cultura cubana, porque crecí entre las dos. Siempre que me preguntan de dónde soy respondo que de Cuba y de Estados Unidos.
Después de vivir la separación de mi familia, yo quería que todo el mundo viniera a Estados Unidos. Me lancé en una larga campaña que consistía en recaudar dinero para poder reclamar a mis familiares más cercanos: mis abuelos, tíos, tías, primos. Quería darles a ellos la oportunidad de tener el “Sueño americano” como hicieron mis padres conmigo cuando era una niña. Me parece que mis primos tienen el derecho a recibir una educación y a aspirar a ser alguien en el futuro, algo en lo que ni siquiera pueden pensar estando en Cuba.
CUENTENOS
SU HISTORIA
El proyecto History Miami invita a contar sus historias. Envíe su historia y foto(s) a www.History Miami.org. Podrá ser publicada en el Nuevo Herald, MiamiHerald.com/miamistories, y la edición del domingo de Neighbors.
Historias de Miami: Este proyecto surge de la colaboracián entre HistoryMiami, Miami Herald Media Company, WRLN y Michael Weiser, presidente de National Conference on Citizenship.
Esta historia fue publicada originalmente el 25 de octubre de 2014, 8:15 p. m. with the headline "Joven se debate entre ser cubana y americana."