Documentos ocultos refuerzan la defensa de la lealtad de Oppenheimer
En el punto culminante del la época de McCarthy, J. Robert Oppenheimer, el principal físico atómico del gobierno, estuvo bajo sospecha de ser espía soviético.
Tras 19 días de comparecencias secretas en abril y mayo de 1954, la Comisión de Energía Atómica revocó su autorización de seguridad. Esa medida provocó que su carrera se acabara en forma humillante, y Oppenheimer, hasta ese momento un héroe de la ciencia estadounidense, vivió el resto de su vida como un hombre destrozado.
Sin embargo, ahora, cientos de páginas recién desclasificadas de las comparecencias indican que Oppenheimer pudo ser cualquier cosa menos desleal.
Historiadores y expertos en energía nuclear que han analizado el material desclasificado –aproximadamente una décima parte de las transcripciones de las comparecencias– dicen que no aporta ninguna evidencia condenatoria en su contra, y que el testimonio que se mantuvo en secreto todos estos años tiende a exonerarlo.
“Es difícil ver por qué lo clasificaron como secreto”, dijo en una entrevista Richard Polenberg, historiador en la Universidad de Cornell, quien revisó una versión muy anterior y más suave de las comparecencias. “Es difícil ver algún principio aquí; excepto porque parte de las declaraciones eran solidarias con Oppenheimer, algunas de ellas muy solidarias”.
Un elemento crucial en el caso en contra de Oppenheimer, se derivó de su resistencia a participar en los primeros trabajos de la bomba de hidrógeno. El físico Edward Teller, quien defendió por mucho tiempo un programa intensivo para diseñar esa arma, expresó así durante su comparecencia que desconfiaba del juicio de Oppenheimer: “Personalmente, me sentiría más seguro si los asuntos públicos descansaran en otras manos”.
Sin embargo, el material desclasificado, dado a conocer el 3 de octubre por el Departamento de Energía, indica que Oppenheimer se oponía al proyecto de la bomba de hidrógeno por motivos técnicos y militares, no por simpatizar con los soviéticos.
Richard Rhodes, el autor del libro de 1995, Dark Sun: The Making of the Hydrogen Bomb (El sol oscuro. La fabricación de la bomba de hidrógeno), dijo que los documentos muestran que para que el país hubiera hecho el combustible para probar una de las primeras ideas de la bomba H que tuvo Teller, se habría visto obligado a abandonar 80 bombas atómicas.
“A Oppenheimer le preocupaba la guerra en tierra en Europa”, Rhodes dijo en una entrevista. Vio la necesidad de “una enorme reserva de armas de fisión que podrían usarse para devolver un asalto soviético terrestre”.
La declaración antes secreta “fue tremendamente relevante en la oposición de Oppenheimer”, dijo, y agregó: “Aquí hay mucho para que lo asimilen los historiadores”.
Robert S. Norris, investigador sénior en la Federación de Investigadores Estadounidenses y autor de Racing for the Bomb (La carrera por la bomba), una biografía del teniente general Leslie R. Groves, el líder militar del proyecto de la Segunda Guerra Mundial para desarrollar la bomba atómica, dice que una lectura de la declaración antiguamente secreta muestra que tuvo poco, si no es que nada que ver con la seguridad nacional.
“En muchos casos, borraban material que era embarazoso”, dijo en una entrevista. “Eso es bastante obvio”.
El Departamento de Energía, sucesor de la Comisión de Energía Atómica, no proporcionó ningún análisis público de los 19 volúmenes, así como ninguna explicación de por qué da a conocer el material ahora. No obstante, sí destacó que pasaron 60 años para que se adoptara esa medida. Esquivando las preguntas sobre culpabilidad o inocencia, se refirió a la comparecencia de 1954 como a una evaluación federal de Oppenheimer “de ser un posible riesgo de seguridad”.
Steven Aftergood, director del proyecto sobre los secretos gubernamentales de la Federación de Científicos Estadounidenses, dijo que la publicación tenía que “haberse hecho hace mucho tiempo” y agregó: “Despeja la última nube sobre el asunto”.
Priscilla McMillan, historiadora de la energía atómica en Harvard y autora de The Ruin of J. Robert Oppenheimer (La ruina de J. Robert Oppenheimer), aplaudió la publicación, pero también expresó su perplejidad porque se requirieron seis décadas y comentó que su propia investigación indica que las transcripciones contienen “cero datos clasificados”.
Oppenheimer, un genio excéntrico, afecto a las pipas y los sombreros de copa baja, creció en un edificio elegante en Riverside Drive, en Manhattan; asistió a la escuela Ethical Culture y se graduó de Harvard en tres años. Tras realizar estudios en Europa, enseñó física en la Universidad de California, en Berkeley.
Cuando era un profesor joven, estrelló su coche jugando carreras con un tren y su novia quedó inconsciente. Su padre le dio una pintura a la joven y un dibujo por Cézanne.
En los 1930, como muchos liberales, Oppenheimer perteneció a organizaciones lideradas o infiltradas por comunistas; su hermano, su cuñada y su ex prometida militaban en el partido.
En los 1940, en Los Alamos, Nuevo México, muy secretamente, coordinó el esfuerzo científico con el que se inventó la bomba atómica. Después, como presidente del principal cuerpo asesor de la Comisión de Energía Atómica, ayudó a dirigir los trabajos nucleares del país en la posguerra.
La caída de Oppenheimer se produjo en medio de los temores en la Guerra Fría por las zancadas soviéticas en cuanto a armamento atómico y la subversión comunista dentro de Estados Unidos. En 1953, un ex asesor congresional acusó al célebre físico de ser espía soviético en una carta dirigida a la Oficina Federal de Investigaciones (FBI).
Preocupado por el alegato, el presidente Dwight D. Eisenhower ordenó que se levantara un “muro en blanco” entre Oppenheimer y cualquier secreto nuclear.
No salió a la luz ninguna evidencia que sustentara la acusación de espionaje. Sin embargo, el Consejo de Seguridad encontró que el primer punto de vista de Oppenheimer sobre la bomba de hidrógeno “tuvo un efecto adverso en el reclutamiento de científicos y el avance del esfuerzo científico”. Murió en 1967 a los 62 años.
Expertos que han analizado las transcripciones desclasificadas dicen que aclaran en forma nueva y sorprendente el caso de Oppenheimer. Polenberg de Cornell, por ejemplo, expresó su desconcierto de que las 12 páginas de la declaración de Lee A. DuBridge, un amigo y colega de Oppenheimer, quien habló de las compensaciones de la energía atómica y la situación de la guerra europea, se mantuvieran en secreto por 60 años.
“Una diferencia de opinión no significa deslealtad”, dijo. “Es difícil ver por qué la censuraron”.
Polenberg también señaló las 45 páginas de declaraciones desclasificadas que hizo Walter G. Whitman, ingeniero de MIT y miembro del organismo asesor de la Comisión de Energía Atómica.
“En mi opinión”, dijo Whitman sobre Oppenheimer, “su asesoramiento y sus argumentos para una gama de armas atómicas, extendidos, incluso, al uso de armas atómicas en la defensa aérea de Estados Unidos, han sido más productivos que los de cualquier otra persona”.
Al preguntarle cuál era su opinión en cuanto a que Oppenheimer fuera un riesgo para la seguridad, dijo que fue “completamente leal”.
Alex Wellerstein, experto en energía atómica en el Instituto Tecnológico Stevens, dijo en un comentario en el blog sobre confidencialidad de la Federación de Científicos Estadounidenses, que hace años él había solicitado al gobierno que desclasificara la declaración secreta de Oppenheimer.
El silencio público del departamento sobre su solicitud, comentó, hizo que la revelación pareciera ser “el resultado de un interés interno en los expedientes, en lugar de la insistente petición de un historiador externo”.
Unas pocas de las desclasificaciones arrojan luz nueva sobre lo que ya eran momentos famosos de la caída de Oppenheimer.
Isidor I. Rabi, laureado con el Nobel y veterano del Proyecto Manhattan que defendió a ultranza al físico acosado, dijo a los investigadores que la comparecencia le parecía “de lo más desafortunada” dado lo que “ha llevado a cabo el doctor Oppenheimer”.
A la transcripción restablecida se agrega una frase que habían borrado, en la cual Rabi mencionó la bomba de hidrógeno, entonces también conocida como Súper. Se subraya la profundidad de su furia.
“Tenemos una bomba A”, dijo en su comparecencia, así como “toda una serie de superbombas”. Agregó: “¿Qué más quieren, sirenas?”.
Esta historia fue publicada originalmente el 25 de octubre de 2014, 8:24 p. m. with the headline "Documentos ocultos refuerzan la defensa de la lealtad de Oppenheimer."