Galería 305

La plantación persistente


Un miembro de una brigada de corte de caña trabaja en el Central Habana, Provincia de La Habana.
Un miembro de una brigada de corte de caña trabaja en el Central Habana, Provincia de La Habana. AFP

El hilo conductor más útil y dominante de este libro es la tesis de la plantación persistente, una visión de la organización social, la cultura y la historia de Cuba profundamente marcadas por el complejo agroindustrial azucarero y todas sus consecuencias: la coacción de la fuerza laboral, una rígida jerarquía social, autoritarismo, concentración de tierras, y dependencia extranjera. Aunque generaciones de intelectuales e investigadores del tema han señalado el azúcar como el origen de los problemas más endémicos de la isla, los estudiosos de la era revolucionaria han ignorado o les han restado importancia a las prolongadas repercusiones negativas que ha tenido el sistema socioeconómico de la plantación.

En un principio la revolución dijo que liberaría al pueblo de la subordinación a la plantación de caña de azúcar y a su insaciable exigencia de vastas extensiones de tierra, mano de obra barata, y una tecnología importada que resultaba cara. Sin embargo, pronto se hizo evidente que Cuba permanecería indefinidamente condenada por la maldición de la plantación y seguiría sufriendo sus males. En realidad, la dependencia de Cuba de las exportaciones de azúcar aumentó durante el periodo revolucionario, notablemente después de 1964.

Existe un corolario al hilo de la plantación persistente: la también persistente contraplantación. Como lo ha demostrado la historia del Caribe, en cualquier lugar donde surgiera un sistema de plantación, aquellos que fueron obligados a laborar como esclavos u otra forma de trabajo forzado resistieron y se enfrentaron al vasallaje de muchas formas. Algunos resistieron pasivamente, y hacían más lento el ritmo del trabajo, fingían estar enfermos, rompían deliberadamente las herramientas, o se burlaban de sus amos en cuentos, fábulas, y chistes; otros resistieron de forma violenta, y quemaron cañaverales o asesinaron a los mayorales; y otros lo hicieron de una forma religiosa, preparando pociones o haciendo maleficios. De igual modo, otros trataron de escapar por completo del sistema, unos pocos a través de medios legales como comprar su propia libertad, otros se convirtieron en cimarrones y huyeron a lugares remotos, algunos regresaron a África; y los más desesperados se suicidaron.

Tras la abolición de la esclavitud en 1886, una persistente cultura de la contraplantación impulsó gran parte de la lucha contra el colonialismo español, opresión, y diversas formas de explotación durante la era republicana y los dos gobiernos de Batista. En las tres instancias, los rebeldes recurrieron a la quema de cañaverales. Como se ha demostrado a través de este libro, la resistencia de la contraplantación, en sus formas viejas y nuevas, ha persistido desde 1959 y ha despegado desde la década del 90.

En el 2002, el gobierno cubano hizo esfuerzos coordinados para eliminar gradualmente —“reestructurar” fue el término que empleó de forma oficial— la industria azucarera. El 10 de abril del 2002, el gobierno anunció que cerraría la mitad de los centrales que quedaban funcionando. Los cierres se efectuaron según lo programado y la producción de azúcar se redujo a la mitad. En el 2005, cuando sólo 56 centrales funcionaban, Castro escribió el epitafio del azúcar: “El azúcar no regresará nunca a este país; es algo que pertenece a la época de la esclavitud”. La producción disminuyó año tras año, entre el 2002 y el 2007, cuando la zafra alcanzó apenas 1.2 millones de toneladas, la cifra más pequeña desde 1908. Desde entonces, la producción fluctúa aproximadamente al mismo nivel.

Cuba: El arte de la espera (2008), el magistral documental de Eduardo Lamora, captura la decadencia física y social que ha acompañado el cierre del Central Guatemala (antiguo Central Preston), localizado entre los límites municipales de Mayarí, provincia de Holguín. Construido por la compañía norteamericana Nipe Bay hace casi un siglo y adquirido después por la United Fruit Company, el ingenio Guatemala fue uno de los que cerró el gobierno en el 2002. Muchos de los espacios sociales que había allí se convirtieron en ruinas: el cine estaba destruido y no había proyeccionista; el bar restaurante aún estaba abierto, pero según uno de los entrevistados, no tenía nada que ofrecer; la iglesia católica se había quemado, la iglesia protestante se derrumbó; y el muelle estaba reducido a escombros, los pilares que quedaban sobresalían de las aguas de la bahía como dos periscopios incrustados de moluscos.

Preston se volvió una ciudad fantasma. Personas de todas edades merodeaban sin rumbo fijo por la plaza central. Mujeres prematuramente envejecidas recorrían las calles para comprar y vender en el mercado negro productos como café, pescado, arroz; hombres de todas razas regresaron a los manglares y pantanos, los escondites históricos de sus ancestros esclavos, donde ahora capturaban ilegalmente cangrejos y pescado en botes igualmente ilegales cuyos improvisados motores funcionaban con gasolina comprada en el mercado negro; y cimarrones del siglo XXI eludían a rancheadores uniformados de azul y gris, subiéndose a balsas precarias, con la esperanza de llegar al próspero palenque que era Miami.

Irónicamente, la caña de azúcar, que se había vuelto una carga en la economía nacional, tal vez hubiera aliviado algunos problemas económicos. Cuba redujo su producción de azúcar en momentos en que bajaron los precios del azúcar (7.88 centavos de dólar por libra en el 2002), pero después, el precio mundial del azúcar se triplicó hasta alcanzar 35 centavos de dólar (2011). Con el beneficio de la perspectiva, se podría argumentar que a Cuba le habría ido mejor si hubiera seguido el modelo brasileño de utilizar la caña de azúcar para producir el muy valorado etanol en vez de la poco valorada azúcar: una tonelada de azúcar de caña puede transformarse en 276 libras de azúcar o en 22 galones de etanol. En los precios del 2007, un galón de etanol generaba $2.30, mientras 12.53 libras de azúcar generaban solamente $1.45. Sin embargo, Cuba decidió no seguir el camino del etanol. Para llevar a cabo un cambio semejante habría hecho falta una gran cantidad de inversiones que no estaban disponibles en esos momentos. Castro también se opuso personalmente en usar la caña para producir biocombustibles en lugar de azúcar. Después de casi 50 años al frente de la revolución, Castro todavía seguía actuando como el dueño de la plantación, como si el millón de hectáreas de cañaverales que quedan en la isla fueran su absoluto feudo personal. Castro prefería ver los cañaverales arder en llamas o que la isla quedara arropada por el insidioso marabú que producir etanol.

A pesar de estos cambios, la maldición de la plantación continúa persiguiendo a Cuba mucho después que la mayoría de sus ingenios están paralizados y el seductor aroma de la melaza ya no permea los campos. Los ecos de los autoritarios capitanes-generales, los aristócratas, los rifles de las milicias coloniales, y el látigo esclavista de una época pasada siguen persiguiendo a la isla azucarera más espléndida de la historia.

Reimpreso con permiso de University Press of Florida.

Esta historia fue publicada originalmente el 2 de noviembre de 2014, 5:00 a. m. with the headline "La plantación persistente."

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