La tradición latina de los Reyes Magos
Los recuerdos más tempranos que tengo del Día de Reyes Magos proceden de La Habana, Cuba. Era muy pequeña y me veo corriendo por la terraza de mi casa en el Vedado, con una bandeja de tacitas y platicos de porcelana de diminuto tamaño, regalos de los Magos, que quería mostrarle a un amiguito.
Y de pronto, he topado con el marco de una puerta, rompiéndome la frente de un tajo, cuya cicatriz aún llevo de modo vertical en su mismo centro. A continuación siento a muchos vecinos que me recogen llevándome en andas, y voy viendo los techos de la escalera. Me llevan a la farmacia, con la frente y las mejillas cubiertas de sangre, y les oigo decir “hay que darle puntos”; “puntos no, puntos no”, respondía yo. Porque sabía que eso representaba una aguja que traspasa el tejido, en este caso el tejido de mi piel.
También recuerdo mis primeros patines, cuando tenía unos cinco años. Y luego el doloroso final de la ilusión de los Reyes Magos, cuando mi madrina me llevó a la Calzada de 10 de Octubre en la zona de Santos Suárez para ver lo que tenían los vendedores en las calles el mismo 5 de enero, y me encapriché con una casita grandísima de muñecas que había en uno de los soportales. Ella me respondía: “Espera a que te la traigan los Reyes”, y cuando vi cumplida su promesa en la sala de mi casa, y al día siguiente, me di cuenta enseguida de que mi madrina era la Gran Maga.
En los países latinos la historia de los Magos tiene una raigambre verdaderamente cristiana, porque aparece en la Biblia al momento del nacimiento del niño Jesús. Sin embargo, todas las historias de la Natividad son dudosas. Y mucho más sería la de los Magos. Pero siempre he creído que esta leyenda tiene un signo cultural que opone los dos mundos, las dos etnias, las dos razas: la sajona y la latina. Es por eso que apoyé la parada o cabalgata de los Reyes Magos de la WQBA desde que llegué a Miami y fui voluntaria con la directora de la elección de la reinita del desfile que hacía Aleida Leal allá por los años 1980.
Luego comencé a hacer fiestas en mi propia casa por la festividad de la Epifanía, el 5 de enero, hasta que se convirtieron en tan grandes que parecían una fiesta pública y todavía me las recuerdan los amigos. Y no es que crea que hay unos reyes míticos que se acercan de noche con sus camellos a comer la hierba que les dejan los niños en algunos sitios, es que las imágenes de esos Reyes son simbólicas de un ideal de regocijo, de entrega y de regalía, de ilusión de la inocencia.
Pienso que todas las religiones tienen un código especial para relacionarse con lo desconocido, con la trascendencia, y que si ésta es verdadera tiene que ser la misma verdad para todos. Y del mismo modo que traducimos de diferentes lenguajes en los que hay ideas parecidas a las que tenemos para relacionarnos entre nosotros –dependiendo de nuestra procedencia– podemos traducir entre las religiones aquello que alude a la eternidad.
Los Reyes Magos de Oriente, en la Biblia aparecen en el canónico Evangelio de Mateo. Véase la versión de Reina-Valera:
“Nacido, pues, Jesús en Belén de Judá en los días del rey Herodes, llegaron del oriente a Jerusalén unos magos diciendo: ‘¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer’ ” (Mateo 2, 1-2). “Y al entrar en la casa, vieron al niño con su madre María, y postrándose, lo adoraron; y abriendo sus tesoros, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra” (Mateo 2, 11).
Esta narrativa tiene varios propósitos. En primer lugar, la palabra magos procedente del persa y del griego, que traducido finalmente al latín se convirtió en “magi”, significaba sabios de culturas foráneas para los hebreos. Sin embargo vinieron a adorar a Jesús. Seguían una estrella que paró justo encima del pesebre. Esto es, seguían la luz, buscaban la verdad, ha dicho el papa Benedicto XVI, quien puntualizó en su libro sobre la infancia de Jesús que la historia de los Magos se lee a la luz del Salmo 72, 10, y de Isaías 60, sobre unos sabios del Oriente (que luego se convertirían en reyes).
Es un relato de Mateo, que se sabe escribía para convencer a los judíos de que Jesús era el verdadero Mesías que ellos esperaban, y para que no rechazaran a los gentiles, los de otras naciones que empezaron a adorar a Jesús. Y también asegurar que Belén era el sitio del nacimiento, señalado por una estrella del cielo. Pues esto es lo que pronosticaban los profetas.
La tradición ha plasmado que eran tres, porque se mencionan tres regalos, el oro, un metal noble; el incienso, que se usa para el culto religioso, y la mirra, que es un producto para embalsamar a los muertos, y que simboliza su humanidad. ¿Cuándo se convirtieron los magos en representantes de las tres razas, el europeo Melchor, con barba rubia, el asiático Gaspar, portando incienso y el africano Baltasar, con la mirra? ¿Cuándo fueron parte del pesebre, y cuándo los simbólicos regalos se tradujeron en presentes para los niños?
En los evangelios apócrifos se consideraba que venían de Babilonia y que los nombres originalmente eran Melihior, Gathaspa y Bithisarea. Pero todo esto es ficción, un modo de añadir detalles al hermoso cuento. La leyenda se enriquece con la imagen en mosaicos del siglo VI en la iglesia de San Apolinar Nuevo en Rávena en el Adriático, Italia. Son personajes vestidos a la moda persa, y allí se destacan sus nombres como los conocemos hoy. Todos parecen de la misma raza.
Cada siglo han ido añadiéndose detalles a la leyenda. Hay un “Auto de los Reyes Magos” del siglo XII que se encontró en Toledo y fue nombrado así por el erudito Ramón Menéndez Pidal, que es la primera obra teatral castellana. Es un drama litúrgico para ser representado en la iglesia. Y a los magos se les considera “steleros” en ese auto, es decir astrólogos o astrónomos, porque estudiaban las estrellas.
Ese teatro medieval avanzó hasta convertirse en desfile popular en varias ciudades españolas. La cabalgata de Reyes Magos del 5 de enero de Alcoy, Alicante, se considera la más antigua del mundo. Pero en muchas ciudades de Latinoamérica se celebran, con varias carrozas de motivos relacionados. Y sobre todo, con los camellos del desierto, que es como están representados en el Tríptico de Uffizi, de Andrea Mantegna, pero no necesariamente en Rubens, ni por el Bosco ni por Leonardo, ni en muchos otros grandes artistas que han tratado el tema con exquisitos detalles.
Los niños escriben cartas a los Reyes Magos, y tratan de portarse bien para recibir los regalos y no carbón, a veces colocando zapatos a la puerta. Quizás se haga para competir con el Papá Noel o Santa Claus de los países nórdicos. Pero es una costumbre preciosa, a mi modo de ver, una ensoñación que viene de lejos, nada menos que del
Oriente.
olconnor@bellsouth.net
Esta historia fue publicada originalmente el 3 de enero de 2015, 7:00 a. m. with the headline "La tradición latina de los Reyes Magos."