Galería 305

JORGE ULLA: Arturo Rodríguez, cronista del insomnio

El Nuevo Herald

En los bordes de la Pequeña Habana vive un pintor con un dominio prodigioso del protocolo del espanto. Arturo Rodríguez, quien ha hecho del exilio una metáfora viva de la fragilidad, nos entrega ahora una meditación pulsante sobre la nocturnidad como fuente de inspiración creadora: La escuela de la noche, libro de cuidada edición en el que dialogan íntimamente presencias entre tenebristas e inocentes, en forma de dibujos, y poemas de Lorenzo García Vega, José Kozer, Andrés Reynaldo, Pío Serrano, Fernando Villaverde, Bruce Weber, Laura Tartakoff, David Shapiro, y Alejandro Anreus.

The School of Night, publicado por Jorge Moya, publicitario y coleccionista de arte, nos convida a un paseo por la enigmática e inagotable leyenda de la noche, justo a las tres de la madrugada, horario en que creadores, inventores y amantes parecen alcanzar un especial plató de exaltación y desbordamiento. Una foto de Pedro Portal nos adentra reveladoramente en las penumbras de esa vigilia de luces tenues y sombras vaporosas que es la noche intranquila de Arturo Rodríguez, compartida con su inseparable mujer. Casi en siluetas, Arturo y Demi, con apenas una lámpara por testigo, se asoman a la lente de Portal dejando entrever lo que será un festín de terrores exquisitos. Como Borges del pincel, Arturo Rodríguez pintará casi a oscuras en un deliberado ejercicio convocatorio de sus más leales demonios; cual Goya que colocaba un aro de velas alrededor de su sombrero para pintar en la noche, Arturo llamará a las puertas de la oscuridad.

Los demonios vendrán. El pánico a caballo tocará a su puerta. A eso de las tres, casi puntualmente, diablos y brujas se descolgarán de las paredes de la imaginación en esa casa austera que comparte con algunas máscaras esta pareja de artistas, en verdad ascetas infatigables. Como si fueran dibujados bajo una luz indecisa, por un niño precoz y travieso, los monstruos de la noche actuarán al conjuro de un artista en su más diáfana pureza de estilo, burlón y lúdico, feliz de jugar con sus demonios confianzudos. Una pesadilla de la infancia del pequeño Arturo en el pequeño pueblo de Ranchuelo, puede verse transustanciada, años después, en imágenes que doblan el metal de la realidad para verla mejor y convertirla en poesía.

De este reservoir de emociones y fracturas, de este temperamento apasionado, de este tiburón que no puede detenerse saltan brochazos que van configurando una maqueta de la dureza de la condición humana donde se unifica lo aparentemente fragmentario, y la incertidumbre encuentra por contradicción un ecosistema de reposo perfecto: es en el caos de Arturo Rodríguez que la belleza sucede. El sueño de la razón produce monstruos y Arturo lo sabe: Los caprichos, Los disparates, Los desastres de la guerra, el mundo de orden y desorden de Goya, conviven en la poética de este artista que supo desde muy joven frecuentar El Prado y el Museo de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.

Sería imposible entender a Arturo Rodríguez sin comprender que su metapintura reivindica “la idea de Europa”. La solvencia de su obra, los milagros divinos de sus cuadros no son hallazgos del azar sino que pasan por referentes indispensables que fecundaron en un fluido contexto sincrético, sólido, auténtico y audaz, que exuda inteligencia y rigor, y que no esconde lo mejor de su parentesco estético: en la coherencia de su relato perviven resonancias y alientos del Siglo de Oro; de El Greco con sus figuras alargadas hasta rozar el cielo; las perturbadoras dislocaciones de Francis Bacon; la desolación inconsolable de Lucian Freud; y así hasta Otto Dix, George Grosz o el joven Egon Schiele.

En La escuela de la noche el pintor nos regala ahora pequeños episodios apocalípticos, ambicioso storyboard en blanco y negro para una película de un desbordado sonambulismo. A veces herméticos pero invariablemente provocadores, los dibujos operan con soltura como pictogramas reveladores de otras realidades que nos zafan los ojos de sus cuencas en lo que nos invitan a reír en una danza aleatoria y cómplice: la aparición de un caballo negro puede sugerir un trance de transmutación morfológica —de repente, nosotros somos el caballo, ese monstruo que se nos aparece en la noche, nosotros mismos la noche en un júbilo mudo, demencial y febril.

En esta serie, Arturo Rodríguez ha hallado como siempre asidero para sus desquicios, tanto de relato como de forma, justamente en la certeza de su arte. Aquí se manifiestan una vez más el lenguaje inimitable y el aplomo de un imaginador inspirado y fértil, poseedor de un discurso filosófico coherente, lógico y disciplinado. Este discurso le otorga licencia para actuar como cronista del insomnio. Como en sus óleos, los dibujos de La escuela de la noche acusan el poder inductor de la noche en su misteriosa iluminación revulsiva. Desde esta tensión provocadora, se juega el juego favorito de este pintor: se desmitifican las fastidiosas virtudes del orden, se altera la perspectiva, se desafía la ley de gravedad y se descoyuntan, como en un ballet oriental, las clásicas formas anatómicas. Con superior humor negro, Arturo Rodríguez nos muestra las ruinas de lo que somos, nos recuerda la persistencia de la catástrofe, y nos asombra invariablemente con su manejo del espanto, su capacidad de clarificar en lo opaco y su convicción para obtener el triunfo milagroso de conciliación que reina en sus cosmogonías.

Se sabe que se trata de un pintor de la ruptura. El exilio cubano, por ejemplo, actúa en él como huracán implacable y devastador del que extrae su fuerza estremecedora hasta encontrar la calma que llega tras el viento. Sin embargo, el artista sabe que el mapa de la condición humana es largamente caprichoso e inabarcable; en su caso, su pintura trasciende los confines de la isla, se excusa de no habitar en ese paisaje, aunque pueda estudiarse en este pintor un sutil trasfondo que le conmina a través de su vasta obra: un constante juego de tensiones, de gente que se atrae y se rechaza, un universo onírico de familias rotas, de brechas insalvables, donde la descolocación parece condenarnos mientras que la sosegada sabiduría que transita en sus cuadros logra al fin salvarnos del diluvio que viene o ha llegado.

La obra de Arturo Rodríguez es su persona. Su mirada sesgada y lacónica, su risueña desconfianza que es a la vez su cuestionante fe en el ser humano a quien plasma en lienzos y papeles como bípedo que ondula ingrávido en un infinito de inefable confusión. Su método de trabajo —con el que doma la noche— cuenta con Mingus al bajo, Monk al piano, Byrd al saxo, y la estimulación fiable de un buen tinto de La Rioja. Entretanto, Demi —genial pintora, una suerte de Lenora Carrington cubana— acoteja pérdidas irreparables y con espíritu de niña-duende pinta lo suyo desde su silencio de orfebre pícara y tenaz.

Las claves literarias de Arturo Rodríguez son fundamentales, no sólo al vacío que captura su pintura sino también a lo que constituye en él un sistema intelectual propio que anima su obra. Lo acompañan en su viaje creador algunos de los mejores narradores japoneses y Viaje al fin de la noche, de Louis Ferdinand Celine, por citar un ejemplo, aparece entre sus libros de cabecera. Los clásicos españoles le enseñaron a tiempo que toda verdad es sospechosa, mientras el cómic le divierte y el cine le seduce, entre mil cosas, por la oscuridad cerebral y cómplice de su ritual. Todo este bagaje nos coloca ante un pintor obstinado, único e irrepetible, clásico y posmoderno, artista de precisión casi matemática, capaz de situar a sus personajes —y a críticos y coleccionistas— al borde de un equilibrio a menudo incómodo desde donde consigue la armonía.

En los bordes de La Pequeña Habana, con fondo de jazz, se libra una epopeya confiada de la creación. Allí se buscan otros significados. Allí no se le rinde pleitesía a la comercialización. Como en otros tiempos de aristocracia intelectual, el artista se enfrasca por estos días en una serie inspirada en Caravaggio, respeta el sentido de la trascendencia y se ríe de lo efímero acompañado de una frágil e invencible mujer, y por un coro de monstruos asiduos de su imaginación. Cuidado: Arturo Rodríguez pinta en la noche.

Cineasta cubanoamericano.

Esta historia fue publicada originalmente el 10 de enero de 2015, 8:00 p. m. with the headline "JORGE ULLA: Arturo Rodríguez, cronista del insomnio."

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