Galería 305

Unas “Bodas” para volver a casarse con Mozart

Yannick Nézet-Séguin, director canadiense, reunió a un ‘ensemble’ de lujo donde hábilmente unió a veteranos con jóvenes.
Yannick Nézet-Séguin, director canadiense, reunió a un ‘ensemble’ de lujo donde hábilmente unió a veteranos con jóvenes.

Sin “divorcios previos”, las Bodas mozartianas merecen este nuevo casamiento. Es una de las óperas mas grabadas: supera las 40 versiones comerciales en el catálogo discográfico. Demás está decir que si la competencia es feroz, algunas grabaciones llegan para quedarse e integrar el panteón de las contadas con la mano a la hora de elegir. Pues bien, la flamante edición del sello amarillo registrada el año pasado en el Festival de Baden-Baden bajo Yannick Nézet-Séguin posiblemente esté destinada a ser una de esas privilegiadas. Una que bien podría alinearse con aquellos hitos señalados por los registros comerciales de Erich Kleiber, Giulini, Böhm, Muti, Levine y Solti, responsable de una de las mas fervorosas, dramáticas y personales –cuando no polémicas– de todas en 1982 y con la que ésta acusa cierto paralelismo.

El director canadiense presenta un ensemble de lujo que hábilmente reúne veteranos con jóvenes en una conjunción para el deleite demostrando que en cuanto a canto mozartiano se está viviendo un período de altísimos estándares. La participación de la Orquesta de Cámara de Europa bien ejercitada en el enfoque historicista es simplemente formidable, con una efervescencia y vitalidad que hace que las tres horas transcurran rápido, diríase que demasiado rápido. Después de Cosí, Rapto y Don Giovanni, esta Bodas, cuarta ópera de las seis que grabará para DG, vuelve a confirmar la consustanciación, facilidad y exactitud con el lenguaje mozartiano del joven director que asumirá la regencia musical del Metropolitan neoyorquino. Nézet-Séguin no deja cabos sueltos atando cada faceta de la magistral pieza del binomio Mozart-DaPonte para entregar un producto acabado, una entusiasta fiesta musical que contagia al aficionado.

Los dos protagonistas masculinos (para la anécdota, suegro y yerno en la vida real) no pueden ser más diferentes al encarnar respectivamente al Conde y Figaro. A tres décadas de su debut metropolitano en el rol, Thomas Hampson es un zorro aristócrata que se las sabe todas, que no deja un matiz sin aprovechar y que en el conmovedor final también sabe pedir perdón. En la línea de los grandes liederistas que hicieron suyo el papel –en especial, su dilecto antecesor Dietrich Fischer Dieskau– a los 60 años el barítono americano es una acertada elección en éste su tercer registro como Almaviva. A su lado, brilla Luca Pisaroni en una asunción antológica que merecía quedar en discos (tiene varias versiones en DVD) con su experimentadísimo Fígaro, uno de los mejores sino el mejor de su generación. El barítono nacido en Venezuela y criado en tierras de Verdi ostenta una dicción perfecta, un italiano líquido que termina de jerarquizar una línea de canto ejemplar y una captación perfecta del personaje de naturalidad y astucia peculiar y encantadora.

Tanto Christiane Karg como Sonia Yoncheva son dos nuevas estrellas en el firmamento lírico. La búlgara es una Condesa menos plácida que las acostumbradas, dueña de un timbre esmaltado, resuelta en la coloratura y en más de un sentido, mediterránea, nos recuerda que estamos en la soleada España. La Susana de la alemana es otro hallazgo, de una espontaneidad envidiable y límpidos medios y que instancias, no deja de evocar a la llorada Lucia Popp. Un punto por debajo, el Cherubino de Angela Brower peca de un tanto liviana en lo vocal amén de integrarse al ensemble con solvencia así como la deliciosa Barbarina de Regula Mühlemann.

Los personajes “característicos” redondean este embarras-de-richesse divirtiéndose en grande. Así la gran Anne Sofie von Otter compone una Marcellina en minucioso filigrana con un cinismo soberano, á la Beaumarchais, mientras que Rolando Villazón encuentra un personaje para desatar su conocido histrionismo con Basilio compitiendo a la par con el Bartolo de Maurizio Muraro.

Además, reconforta la presentación “como las de antes” con su respectivo texto y libreto sumado a una toma sonora clarísima. En síntesis, un memorable souvenir del festival que va sorprendiendo a medida que avanza y que con el paso de cada acto deja asombrado al igual que el supuesto Salieri en Amadeus y para rematarlo y muy a propósito “sin una nota de más”. Irresistible.

Mozart, Le Nozze di Figaro, Nézet-Séguin, 3 cd dg 4795945.

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