Galería 305

Dos discos de Mozart para atesorar (Primera parte)

Imagen de cortesía

No es un secreto que cantar (bien) Mozart es mucho mas dificil de lo que parece; hasta el mas avezado se escapa, sabe que el sendero está sembrado de invisibles arbustos espinosos. Por eso, la hoy “casi antigua” magia del disco compacto ahuyenta la distracción de ver al intérprete, algo que para bien o para mal se ha convertido en norma, permitiendo concentrarse en el sonido y expresión puros, ya que cuando de Mozart se trata, prima la pureza de ambos en el mas amplio sentido del término. En entregas separadas, los alemanes Dorothea Röschmann y Christian Gerhaher brindan dos recitales de arias del compositor, un repertorio que dominan aunque tiendan a salirse del canon del cantante mozartiano típico actual.

Podría decirse que la voz de Röschmann pertenece a la elusiva categoría de “gusto adquirido”, se ha consagrado como mozartiana pero el suyo no es un instrumento bello per se, lejos está la tersura de una Kiri te Kanawa, Renée Fleming o Margaret Price, la elegancia de Sena Jurinac o Lisa Della Casa o la límpida distancia – por no decir artificio - de una Elisabeth Schwarzkopf o Gundula Janowitz. La alemana es un buen ejemplo de la genial frase de Callas “a Mozart no hay que cantarlo en puntitas de pie”, su enfoque revela justa urgencia y sorprendente intensidad dramática, máxime en esta oportunidad cuando la mayoría de las heroínas retratadas son feroces despechadas del clasicismo. En Röschmann se aprecia un vívido timbre esmaltado, en instancias rayano en una estridencia que aprovecha para el énfasis histriónico, graves de pecho no demasiado ortodoxos, y un dominio de la coloratura, de las cimas y remansos de este Mozart tan exaltado como su intérprete. Esta colección de “locas de atar” como sugiere Dieter Borchmeyer en el jugoso texto incluído, son auténticas “viragos”, mujeres conflictuadas, mandonas, ingobernables, enloquecidas, que bocetan las escenas de locuras de un belcanto romántico que está a la vuelta de la esquina.

Desde la temible Elettra de Idomeneo abriendo el programa, con aquella risa maníaca que corona su descenso infernal en una de las arias mas difíciles de la lírica al sufriente Titano de Bella mia fiamma addio que Mozart compuso en villa Bertramka, residencia veraniega de la soprano checa Josepha Duschek que, según la leyenda, no lo dejó salir de la habitación hasta concluirla, y a quien una década más tarde Beethoven dedicó su escena de concierto Ah, pérfido!. Demás está decir que Amadeus se vengó del encierro con un aria plena de trampas y obstáculos de los que Röschmann emerge triunfante.

Menos cómoda como la dulce Illia, si resuelve Donna Elvira y la Condesa Almaviva con encendida pasión que nunca desborda (por una vez el Dove sono es un doloroso racconto y esperanzada decisión) es Vitellia la otra joyita del disco. La manipuladora criatura de La clemenza de Tito queda retratada en Deh, se piacer mi vuoi y en una excepcional lectura del gran rondó Non piú de fiori, otra absoluta gema del salzburgués con obligado de clarinete, donde por momentos evoca la taimada ferocidad con la que Renata Scotto la pintó en el Metropolitan neoyorquino hace tres décadas.

El acompañamiento de la Orquesta de la Radio Sueca y el ascendente Daniel Harding enmarca perfectamente a la cantante, el joven inglés aporta la necesaria cuota historicista con contrastes tempestuosos y reducido vibrato son ideales. A los 49 años, embarcada en un repertorio mas cercano al de soprano spinto que incluye Desdémona, la Mariscala, Eva, Elsa y Jenufa, es un buen testimonio de su notable paso por el genio de Salzburg del que afortunadamente aún no se aparta.

Mozart Arias, Roschmann. Sony 88875061262.

Esta historia fue publicada originalmente el 28 de julio de 2016, 2:40 p. m. with the headline "Dos discos de Mozart para atesorar (Primera parte)."

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