‘La cortesía es un gesto de dignidad no de sumisión’, como bien dijo Roosevelt
Me encuentro a Rosita Posada en una tienda. Antes de ese momento no la conocía, pero nos hermanamos con esta columna: “Es que todo lo que leo es como si te metieras en mi vida y mi casa y te pusieras a copiar todo lo que me pasa y luego lo escribieras”. Le digo que hay muchos que no creen que aquí les cuento lo que a todos nos sucede, comenzando por mí.
Esta columna no es la excepción. Es para todos aquellos que, con buenos modales tienen compasión por los demás. Por ejemplo, lo que me pasó hace poco. Entraba a mi restaurante cubano favorito de la calle 40. Llovía y me puse a abrir la puerta a personas que corrían para entrar y no mojarse. Preferí detenerles la puerta antes de que se les estrellara en plenas narices, toda vez que el cliente anterior entraba y la dejaba azotarse sin importar quién estuviera detrás.
El asunto me tomó más de diez minutos, hasta que me di cuenta de algo: la gente entraba y entraba sin siquiera decir “muchas gracias”. Ni se volteaban para ver y, por supuesto que no se daban cuenta de que mi trabajo no era servir de portera en el restaurante, sino que era una piadosa comensal que tampoco quería mojarme, y que no quería que nadie se encontrara de pronto con la puerta estampada en plena cara. Y mejor aún: que si lo fuera, ¡también a un portero hay que darle las gracias! Lo peor fue cuando, cansada de que nadie tomara el relevo y detuviera la puerta para que yo pudiera entrar, una de las personas con las que yo iba, abordó a una mujer que groseramente entró sin siquiera mirar a quien tan cortésmente le abría la puerta, es decir, yo. Mi amiga, indignada, le dijo: “Señora, por lo menos puede usted darle las gracias a la señora que le abrió la puerta y que lo hizo por cortesía”.
“¿No es portera del restaurante?”, preguntó aquella mujer; y mi amiga le respondió de inmediato: “No señora. No lo es”. Para nuestra sorpresa la respuesta fue peor. “Pues si no es portera, ¡debía de serlo!”
Al escucharla, mi amiga enfurecida le dijo a aquella grosera mujer, toda una letanía de cosas que no quiero ni recordar.
“Usted es una falta de respeto con su prójimo. No sabe que hay personas que no son egoístas, y que mi amiga, antes de dejar que la puerta se le estrellara en sus narices –que es lo que se merecía– se la detuvo por cortesía, ya que ella llegó a este restaurante a lo mismo que usted: a comer. Es tan clienta como usted”.
Al darme cuenta, intervine en aquel pleito tan filosófico y, sin más, me llevé a mi “defensora” que quería seguir “cantándole las verdes y las maduras” a la mujer. De pronto, una empleada de las que atienden las ventanitas del café, y que se había dado cuenta de todo, vino a verme.
“Es que la gente –me dice– cada día pierde más la consideración a los demás y piensa que se lo merece todo. Hay gente que nos deja dos o tres centavos de propina y que todavía nos dicen: “Estas aquí se la pasan de lo mejor sirviendo café todo el día. No hacen nada más”. Hay personas que no se tientan el corazón para pensar en los demás. Así que nada me admira”.
Y, ¿qué pasó con la mujer mal educada? Que en vez de sentirse apenada por responder tan groseramente, por el contrario, siguió hablando con su familia como si nada hubiera sucedido.
Me puse a pensar en cómo podría ser en su casa. ¿Qué consejos podría darles a sus hijos? ¿Qué eran para ella la generosidad, la compasión o la cortesía para los demás? Seguramente que algo que todavía no sabe que existen. Pobre mujer y sobre todo pobres de sus hijos, y de paso, ¡pobres de aquellos que se atraviesen en su camino!
mariaantonietacollins@yahoo.com
@CollinsOficial
Esta historia fue publicada originalmente el 18 de octubre de 2016, 1:30 a. m. with the headline "‘La cortesía es un gesto de dignidad no de sumisión’, como bien dijo Roosevelt."