¿Y cómo será el disfraz?
Estoy en México trabajando y hasta aquí me llamó una amiga para recordarme la primera fiesta de Halloween a la que me invitan para mi regreso. Me alegró que me recordara la fecha porque, a fin de cuentas, me encuentro en un país que hace culto a la muerte y donde los niños no hablan de “Trick or treat” sino que dicen: “¿Me da mi calaverita?” Y es aquí donde uno da siempre dinero en lugar de dulces.
Pero volviendo a mi amiga, esta me advierte que el festejo será con disfraces ingeniosos y me cuenta del que está siendo “el último grito de la moda” y me aterro: “Aunque no lo creas lo más popular… es disfrazarse de ¡virus del Ebola!” Me dan escalofríos, solo de pensar en el macabro atuendo.
“¿Y cómo será el disfraz?”, pregunta Andrés Sánchez, el camarógrafo con quien desde hace varias semanas laboro en el complicado estado de Guerrero.
Le digo que imagino que vestirse de virus podría ser la forma de este recortada para ponérselo sobre mallas, no se me ocurre otra cosa. Sánchez, dueño de un humor especial, aporta una idea menos lúgubre: “Es mejor que se disfracen de médicos o enfermeros que cuidan de pacientes con ébola. Es decir, que se pongan guantes desechables, máscaras y trajes impermeables como los que usamos los reporteros y camarógrafos en temporada de
huracanes”.
Así la cosa suena mejor, lo otro, vestirse de virus del Ebola me pone la piel de gallina. Y lo próximo es, ¿qué vamos a ponernos para la fiesta de Halloween? Yo nada. Me encanta ver los disfraces de los demás y celebro los que no están relacionados con los muertos, sino con los vivos y los personajes actuales, pero hace mucho que no cumplo con la tradición.
Tanto tiempo, como cuando Fabio [mi esposo] vivía y quien hace muy poco ha cumplido, en este octubre que está por terminar, ocho años de su partida.
Recuerdo el año en que ambos, al fin de cuentas amantes de los animalitos, nos vestimos de perros; él, por lo grandote que era, por supuesto que era un San Bernardo con todo y barrilito, yo era una orejona sabuesa, por aquello de ser
reportera.
En otra ocasión, decidió vestirse de Don King, el legendario afroamericano y –millonario– promotor de boxeo internacional. Lo pinté de oscuro y con una peluca de canas hacia arriba y eso sí, con montones de dólares de juguete cosidos por todas partes de un traje negro.
Disfrutaba como pocos esas fiestas y era el primero en querer salir hacia Miami Beach o hacia Coconut Grove para ver los disfraces de los demás.
Disfrutaba como pocos cualquier fiesta de estas. Así que un día, mientras se quejaba de que llegaríamos tarde a una fiesta de Halloween recuerdo haberle dicho: “¡Por Dios!, Fabio, ¡cálmate, que parece que se te estuviera acabando la vida por una fiesta! ¿No te das cuenta de que Halloween es cada año? ¡La vida no empieza ni acaba con un festejo!”
No sabía la jugarreta que nos haría el destino, ni mucho menos que el último Halloween juntos lo pasaríamos en Pátzcuaro, Michoacán, considerado en México la “sede nacional del Día de los Muertos” por las fiestas a los difuntos que ahí se celebran en los cementerios.
No hubo otro para él. Murió al siguiente octubre, y desde entonces no he vuelto a celebrar ninguno, pero este año tengo amistades empeñadas en que salga con ellos a disfrutar de un día de tradición. No sé si lo haga. Por lo pronto, preparo los dulces para los niños que vengan a tocar mi puerta. Ah, pero eso sí, con algo que me dicen pusieron de moda padres de Key Biscayne: tener una copita de vino para los padres que vienen acompañando a sus niños. ¡Que no se diga que en Westchester no tenemos buenas costumbres! ¡Happy Halloween!•
mariaantonietacollins @yahoo.com
@CollinsOficial
Esta historia fue publicada originalmente el 28 de octubre de 2014, 2:00 a. m. with the headline "¿Y cómo será el disfraz?."