Acusaciones injustificadas que pueden causar daños irreparables
La mañana en el sitio donde desayuno junto con otros habituales clientes era ocupada con una larga cola esperando por ser servidos. De pronto, algo que sucedía con la clienta delante de mí y su hijo, provocó una inesperada respuesta de alguien que estaba pagando a su lado en la caja registradora.
El niño no quería hacer caso a la madre que pacientemente trataba de hacerle ver que estaba formando un berrinche. Nada funcionó y el muchacho comenzó a gritar cada vez más y más, mientras la madre, apenada por la conducta de su hijo, seguía tratando de calmarlo en medio de aquella interminable perreta.
Al ver aquella escena que ocurría frente a mí y a Jovana mi asistente que me acompañaba ese día, sentí admiración por aquella muchacha de no más de 22 o 23 años.
“Si hubiera más madres así –dijo Jovana– seguro que los muchachos crecerían respetando a los mayores como fue nuestro caso. Mire a esta muchacha tan joven y tan pendiente de lo que hace su hijo y no le permite que haga berrinches. Podría dejarlo hacer lo que quisiera y, sin embargo, ha preferido llamarle la atención y no dejarlo a su aire”.
En eso estábamos, cuando vimos al niño darle una patada a un mueble, mientras la madre lo regañaba fuertemente como lo haríamos usted o yo con nuestros hijos; y yo seguramente más fuerte en ese caso, porque de un coscorrón no lo salvaba nadie.
Nuestros pensamientos fueron cortados por lo que la mujer al lado de la madre comenzó a decirle: “Estás abusando de tu hijo. Te vi como le pegabas. ¡Qué pena que existan madres como tú!
“No sé de qué usted habla –respondió intrigada la madre–, no le he pegado en ningún momento al niño. Solo lo regañé por lo que estaba haciendo”.
“¡Abusadora! ¡Fresca! ¡Tú veras que te voy a acusar con la policía!”
Ahí sí que se me subió la sangre a la cabeza y sin “tener vela en ese entierro” me metí a defender a aquella joven que no entendía mucho español y, por tanto, no sabía la gravedad de lo que la mujer la estaba acusando.
“¡Señora! ¡La que no sabe lo que dice es usted! –dije indignada- Esa muchacha no ha hecho nada de lo que usted la está acusando. Solo estaba regañando a su hijo con todo el derecho que como madre le corresponde, porque el muchacho tenía tremendo berrinche, pero usted es la que no puede hacer este escándalo en medio de la fila, y mucho menos levantar una calumnia contra alguien que no ha estado escondida sino todo lo contrario: frente a muchos que vimos lo mismo que usted en la cola. Qué pena que haga cosas que pueden dañar la vida de una persona.
La mujer me vio con ojos que parecían sacar fuego. No me importó. Jovana me dice algo mucho peor que pudo haber sucedido.
“Imagínate si esa señora hubiera llamado al departamente de Children’s and Family o si hubiera llamado a la policía acusándola de algo que no hizo, y alguien le hace caso a su denuncia. ¡Qué horror! Lo menos que le hubiera pasado a esa madre joven sería enfrentar una investigación, lo peor, que le hicieran cargos de abuso infantil y todo por una infamia”. Lo que Jovana dice es cierto.
Una persona inocente puede ser culpable de primera intención porque alguien no mida la profundidad de sus palabras. ¿Saben que fue lo peor?: que yo no era la única persona que presenció la escena, pero sí la única que se metió a defender a aquella madre. La lección es una: cuidar lo que hablamos y que puede dañar irremediablemente la vida de otros.•
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@CollinsOficial
Esta historia fue publicada originalmente el 6 de octubre de 2015, 1:20 a. m. with the headline "Acusaciones injustificadas que pueden causar daños irreparables."