El reto de un padre que educa solo a su hija
Estaba en un restaurante de comida rápida cuando vi entrar a una niña y, de inmediato, atrapó mi atención. Era una niña menudita, que vestía falda a media pierna con un tank top color crema y sus flats beige también. El cabello rubio lo llevaba recogido en un rabo de mula perfectamente peinado y una cartera colgada al hombro completaba su atuendo.
Llevaba la bandeja con su desayuno y la colocó educadamente sobre la mesa a la que se sentó. Abrió su cartera y sacó desinfectante de manos que se puso con cuidado. Extendió la servilleta en su regazo y comenzó a comer tan delicadamente que toda esta escena entre quienes la observábamos en el restaurante de comida rápida me hizo reflexionar:
“¿Qué padres habrán criado a esta niña –me pregunté– que, a diferencia de miles de otros niños y jóvenes que no saludan a nadie ni en los trabajos, escuelas o en sus mismas casas, que se regocijan en andar mal vestidos (los hay que entran por las mañanas a los restaurantes vestidos y vestidas aún en pijamas, en chanclas de hule y despeinados) y que son despectivos y rudos con otros y que se dedican al bullying en vez de estudiar?
La respuesta me llegó sola cuando Julio Armenteros, su padre, se sentó frente a ella y no pude dejar de felicitarlo por la forma en la que él y su esposa han educado a esta niña.
“Vivimos juntos desde que ella tenía tres años y medio y su madre murió de cáncer. Yo, que tengo un hijo de más de 30 años, fruto de mi primer matrimonio y que tengo casi 60 años me hice cargo de ella totalmente y así ha crecido”.
Volteé a ver a esta damita de nueve añitos de edad que bien puede enseñarnos a muchas mujeres ese delicado arte que hemos ido perdiendo con el tiempo y la vida, y del que solo nos damos cuenta cuando vemos escenas como la que yo presenciaba. La niñita rubia y de piel blanquísima, que parecía una americanita de Wisconsin, de pronto se dirigió a mí en perfecto español. Tan perfecto, que me quedé doblemente impactada con su impecable pronunciación y vocabulario con encantador y marcado acento cubano:
“Me llamo Kelly. K-e-l-l-y. Con doble “ll” porque abuela lo escribe con una sola ‘l’. Yo me visto temprano, me peino, papi y yo vivimos juntos y a todos lados vamos juntos. Así somos muy felices”. El padre intervino para explicarme: “Hace dos años que me retiré de mi empleo manejando camiones para dedicarme solo a ella. Tengo una operación de corazón abierto que me hizo pensar en las cosas importantes de la vida. Desde que ella era pequeñita vivimos juntos, pero ella es la que toma las decisiones sobre su ropa”. Pregunto a Kelly sobre su forma tan elegante de vestirse.
“Hoy es domingo y voy con mi papá a predicar y por eso estoy así, porque vamos predicando casa por casa, pero me gustan también los vestidos, los jeans y los tenis”.
Pensé en lo orgullosa que estaría la madre de Kelly si pudiera verla. Le digo a Kelly que voy a escribir algo sobre ella. “Anote mi celular y avíseme para leerlo”. Me quedé sin habla.
Lo bello e inspirador de esta historia es la entrega total de este padre cubano hacia su niña que, dicho sea de paso, habla con voz suave, pausada, mientras desayuna y para hablar, antes, delicadamente se limpia la boca con la servilleta.
Le pregunté a Kelly Armenteros qué quería ser cuando creciera: “Maestra. Me gusta que me enseñen para después poder enseñar”. Me dejó perpleja, pero feliz de saber que aún existen padres que no dejarán morir el concepto de criar hijas para que sean verdaderas damitas.•
Esta historia fue publicada originalmente el 20 de octubre de 2015, 0:03 a. m. with the headline "El reto de un padre que educa solo a su hija."