Salud

¿En pijama y por las calles?

Niños y jóvenes van a los restaurantes en pijamas de todos colores y estilos, sin que nadie les alerte sobre los códigos del buen vestir.
Niños y jóvenes van a los restaurantes en pijamas de todos colores y estilos, sin que nadie les alerte sobre los códigos del buen vestir. el Nuevo Herald

Me di cuenta de que esta situación sucedía hace ya un par de años, e incluso le conté a usted la historia, pero, resulta que en los últimos tiempos la cosa ha escalado, se ha hecho viral –dirían los cibernéticos– al grado de verlos más y más en público.

Se trata de niños y jóvenes que van a los restaurantes por la mañana, como si estuvieran en el comedor o la cocina de sus casas, sin otro atuendo que no sea pijamas.

Sí, leyó usted bien. Pijamas de todos colores y estilos, sin que nadie les alerte sobre los códigos del buen vestir que, por lo menos hasta ahora, habían regido: En pijama no se va a ninguna parte fuera de los perímetros de la casa. Pero eso aparentemente no funciona para estas nuevas generaciones.

Los he visto cada vez más en la cola de los restaurantes de comida rápida: chicas de unos 20 años con el pantalón de franela con animalitos y camisola con que durmió la noche anterior, es decir, si tenían calor, pues con la camisola de tirantes delgaditos –spaguetti strap les llaman– ahora, que si les dio frío por lo bajo del termostato en el dormitorio, entonces se aparecen con la camisa delgada de manga larga, mientras los muchachos, andan casi desnudos: con diminutos shorts-pijama y camisetas sin manga.

Ya ni qué decir que algunos aparecen con pantuflas de noche de esas con cabeza de animalitos de peluche, otros en chanclas de hule, y muchos chicos y chicas despeinados y con la marca de las almohadas en el rostro. Por supuesto que con esto solo alarman al resto de los que están en la cola para pedir café, donas o sándwiches para desayunar.

Peor aún. Me he quedado boquiabierta al ver a una gran cantidad de ellos, vestidos así, tan fresca y rozagantemente como si fueran lechugas en supermercado; pero estos en el bufete de comida en un conocido hotel.

“A muchos no les importa que se les vea la ropa interior inferior”, me dice una preocupada mesera que tiene que atenderlos.

“Tenemos que darles servicio y no decir nada. No sé por qué nadie hace algo para educarlos un poquito, toda vez que usted sabe que, si se trata de restaurantes en la playa, hay decenas de lugares que tienen el letrero de advertencia: en shorts y sandalias no se da servicio a nadie. ¿Por qué entonces esto no se comienza a aplicar a estos jóvenes mal educados, que no tienen quien les enseñe las reglas básicas de cortesía? ¿Dónde están sus padres y la educación en casa?”

Ocupada en estas disertaciones andaba yo el domingo pasado, mientras hacía mi tempranera caminata por mi barrio, cuando algo llamó mi atención al abrirse la puerta de una casa. Lo primero que vi salir de ahí fueron tres jóvenes en pijama, que rápidamente se metieron al auto en la calle. Pero lo que venía detrás de ellos, no solo me dejó sorprendida, sino que me dio la clave del problema. Inmediatamente después de ellos venía la madre ¡también en pijama!

Despeinada, con pantalón de animalitos, camisola de noche y chanclas de hule y gritaba a todo pulmón: “Vamos rápido a desayunar, que después hay mucho que hacer este fin de semana, así que ¡vamos!

Después de eso, ¿a quién más se puede culpar? “A nadie, me dice una joven madre. Así están creciendo nuestros hijos en los últimos años. Mi abuela se hubiera muerto de la vergüenza de verme así”. Le digo que la mía también.

Creo entonces que lo único que queda es apelar a que otros eduquen a los nuestros con un letrero en los negocios mañaneros que diga: “Si viene en pijama, no se sirve desayuno”.

mariaantonietacollins@yahoo.com

@CollinsOficial

Esta historia fue publicada originalmente el 30 de noviembre de 2015, 10:44 p. m. with the headline "¿En pijama y por las calles?."

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