Han pasado dos años como si nada
El año nuevo me pilla con especial propósito: no andar haciendo promesas que fallan y que nunca se cumplen, así que decido ir suave y prometerme cosas reales.
Me doy cuenta de que me fue muy bien con los propósitos el año pasado y decido seguir con la misma fórmula: es decir, no me prometí nada que fuera imposible de lograr, luego de la cirugía bariátrica que a Dios gracias me realizara el doctor Moisés Jacobs en enero de 2014.
El año pasado comencé los primeros 365 días cruciales para el peso que requería perder, literalmente a prueba de fuego. El Mundial de Brasil, las canonizaciones de Juan Pablo II y Juan XXII y mis notas fueron excelentes. No dejé de hacer ejercicio, no hice ninguna de las cosas prohibidas. En Brasil se me “hacía agua la boca” literalmente cuando en pleno mes de julio en todas partes ofrecían espumante cerveza helada. “¡No y no!”, me dije muchas veces.
Mis propósitos eran pocos, pero a profundidad: no a las sodas, gaseosas, agua mineral, champán, sidra, medicinas carbonatadas, comer poco pan. Las metas eran tan reales que no hubo tiempo a fallar.
Es que nadie más que los obesos sabemos lo que es esa pesadilla que nos persigue con las libras de más en ese sobrepeso que cada día va en aumento.
Debo confesarles mi pesadilla más recurrente: me despierto asustada, como me sucedió hace apenas unos días, en medio de la madrugada. Sueño que me veo en el espejo tal y como era en enero de 2014, cuando tenía 80 libras de más. Me desperté sudando, agitada, angustiada, pensando que era mentira que había perdido peso, solo para advertir que había sido una pesadilla.
Son los demonios que lo persiguen a uno, pero que, en el fondo, obedecen a un gran temor: cometer un error que haga que mi cuerpo vuelva a descontrolarse.
Parte del triunfo ha sido crearme un grupo de apoyo consistente. No solo es Sabrina Hernández-Cano, la nutricionista que ha sido también como psicóloga en este proceso.
Ahí no hay mentiras. Ella, su báscula y yo no nos hemos mentido y no vamos a comenzar a hacerlo. Ha funcionado también la estrategia que tengo con Carmen Castillo, la mano derecha de la casa, quien cada mañana –cuando estoy en Miami, sin importar madrugadas, lluvia o sol– sale conmigo a caminar de cuatro a cinco millas. A ella también le ha servido. Pero ambas luchamos cada día contra la flojera de quedarnos en cama y salimos a la más gratificante de las tareas.
En estos dos años, he aprendido también la diferencia entre estar agotada por el trabajo y descansar un día del ejercicio; y tengo en cuenta que la pereza puede romper los mejores propósitos.
¿Miedos? Muchísimos. No solo a volver a ganar peso. También a comer más de la cuenta y con eso poco a poco e ir ensanchando el estómago.
La pregunta que se hace uno es sencilla: con el inmenso sacrificio de la operación, la gravísima decisión de hacerla, después de tener un nuevo estómago de solo dos o tres pulgadas, ¿vale la pena echarlo todo a perder? La respuesta está en cada uno de nosotros.
¡Ah! y algo más que he aprendido a superar: las críticas malévolas, que son las mismas de cuando era gordita y que ahora dicen a mis espaldas: “¡Ay, qué flaca está!”
Gracias a eso es que ahora disfruto más de lo que es mi nueva vida desde enero de 2014.
¿Qué me he regalado en este segundo aniversario? Lo mismo que en el primero: ser feliz con mi nueva yo, y seguir pidiendo a Dios solo más salud para seguir cumpliendo.
@CollinsOficial
mariaantonietacollins@yahoo.com
Esta historia fue publicada originalmente el 18 de enero de 2016, 9:06 p. m. with the headline "Han pasado dos años como si nada."