Salud

De niña a jueza

Gina Beovides en la ceremonia de investidura como jueza.
Gina Beovides en la ceremonia de investidura como jueza. María A. Collins

Estaba sentada en la enorme sala principal de la Corte del Condado Miami-Dade adonde me habían invitado para presenciar la investidura de la nueva jueza Gina Beovides. Mientras la ceremonia se realizaba no solo sentí correr las lágrimas que comenzaron a rodar involuntarias por mis mejillas, sino que también comenzaron a fluir recuerdos involuntarios.

Y tal y como dijera la canción de Julio Iglesias me pregunté: “¿En qué momento pasó el tiempo y esta joven fue de niña a jueza?”

Harán unos 15 años, quizá algo más, cuando casi a diario estuve cerca de ella en aquellas tardes en las que, en su amada escuela secundaria St. Brendan, Gina corría de un lado a otro de la cancha como capitana del equipo femenino de soccer. Para Antonietta mi hija, hoy presentadora de la cadena ESPN, y para las otras niñas del equipo, ella era el perfecto modelo a seguir:

“Gina –decía Antonietta– siempre ayuda a todos los que no nos creemos capaces de lograr algo, y nos empuja a probar que sí podemos hacerlo. Gina siempre es la persona que lucha contra las injusticias que alguien pueda hacer contra otro y siempre sale en defensa del desprotegido”.

Por eso no me extrañó que en su momento Ginita estudiara y se graduara de abogada. Pero esta imagen de ella, tomando posesión como jueza y hablando de la Cuba de sus padres y abuelos en su discurso de aceptación, fue algo que las emociones que teníamos quienes la conocimos de niña no pudimos resistir.

Fue entonces cuando recordé muchas cosas: Gina siempre participando en cuanta actividad escolar había, Gina, aún niña actuando en alguna ocasión como modelo, por el precioso cabello que tenía– de los champús de la inolvidable cubana Mirtha de Perales; Gina, la jovencita a la que me tocó el honor de presentar en sociedad en su fiesta de Quinceañera. Gina siempre con la cubanía a flor de piel. Lilo y Mayolín, sus padres, en la sala de la Corte repleta a reventar de amistades, tenían la misma cara de felicidad y satisfacción de entonces mientras le colocaban la toga negra y sostenían la Biblia ante la que su hija juró al cargo para el que estoy segura que nació.

La Juez en Jefe del Condado, Bertila Soto le hablaba de Mario Beovides Sr., el abuelo paterno quien seguramente desde el cielo se sentía feliz de ver a su nieta convertirse en jueza. El sueño americano de aquel cubano exiliado se había hecho realidad. Más lágrimas corrían por las mejillas de todos los asistentes. Pero también hubo muchas risas. La risa llegó de la mano de otra jueza, Vicky del Pino, la hermana que Gina no tuvo. Esta habló del carácter bondadoso y espontáneo de Gina y de su amor por la música. Y contó cómo la hoy magistrada es amante del rock, algo que corre en las venas de su familia también, pero que lo combina con el tesón y habilidad para el estudio, el amor por la familia y por sus adorados Dolphins, Hurricanes, los Heats y también por todo animal desvalido.

Al final, algo imposible de postergar: ir a ver, con su atuendo de jueza, a su abuela Ogilma, que, como todas las abuelas del mundo, tiene delirio por ella.

Ahora solo queda algo por decirle: “Cuando muchos padres tienen dudas sobre lo que hay que hacer para formar a hijos de bien, seguramente que los tuyos hicieron algo y lo hicieron tan bien que tienen que patentar la formula. Por lo demás, a tus afectos cercanos nos has dado una gran tarea: andar derechitos, porque es una gran responsabilidad… ¡saber que nos conoce una jueza!”

mariaantonietacollins@yahoo.com

@CollinsOficial

Esta historia fue publicada originalmente el 9 de mayo de 2016, 4:26 p. m. with the headline "De niña a jueza."

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