¿Alguna vez lo han discriminado?
Cuando me preguntan si alguna vez me han discriminado mi respuesta es inmediata: “No lo sé”. Si lo han hecho, nunca he querido darme cuenta para que eso no sea el pretexto de no cumplir con mis propósitos. La realidad es que no recordaba que me hubiera pasado en años, hasta hace unos días en el Aeropuerto Internacional de Miami, cuando en compañía de la productora Wilma Román-Abreu y el camarógrafo Juan Carlos Guzmán viajábamos hacia Sudamérica y caminábamos a la salida J.
Mientras íbamos ensimismados en la plática, de pronto veo en el moderno pasillo una tienda donde solo venden finas maletas de viaje. Adentro, dos empleadas estaban tan enfrascadas en su plática que no les importaba nada más que aquello que se estaban contando entre ellas, sin importarles si vendían algo o no.
Como siempre voy pensando en un regalo para mi hermano Raymundo, interrumpí amablemente tan interesante diálogo para preguntar por el precio de una cartera para caballero. Una de ellas me respondió y, sin más comentarios siguió en su plática con la otra. Decidí dejar la compra para el regreso del viaje, de manera que no fuera cargando aquel obsequio, toda vez que no era urgente y seguí mi camino.
Lo próximo que escuché que que Wilma la productora se volteó y le dijo a una de ellas: “No sean irrespetuosas y no traten así a las personas, ¡groseras!”
Le pregunto qué es lo que le pasa, y fue cuando me explicó: “Cuando te volteaste, esas mujeres te hicieron un feo y te miraron con mucho desprecio, burlándose; pero no se dieron cuenta de que yo venía contigo y por tanto estaba siendo testigo de excepción”.
“Lo que más me enfureció fue que te miraron “de arriba a abajo”, y una le dijo a la otra: ‘Esa viene a preguntar como si tuviera dinero para comprarla. Solo mira que facha tiene’”.
Fui directa al primer espejo que pude hallar en otra tienda y, efectivamente, me di cuenta de que yo iba vestida en la forma más sencilla del planeta para un largo vuelo de por lo menos 12 horas de Miami a Sao Paulo y Asunción, Paraguay. Y, para esas empleadas, mi aspecto significaba que yo era una ilusa en pensar que podía comprar un bolso de 240 dólares.
Mi amada abuela doña Raquel me hubiera dicho: “Eso te pasó por no ir bien vestida. Niña, nunca salgas sencilla, porque como te ven te tratan, ¡anda a ponerte tus mejores ropas para subirte a un avión!”
¿Quién que tenga un poco de sentido común decide hacer otra cosa que no sea ir comodísima y por supuesto, sin maquillaje, a un larguísimo viaje de casi un día por los trasbordos?
Quise regresar a reclamarles a esas malas personas su manera de tratar a futuros clientes, pero el camarógrafo y Wilma me detuvieron: “No vale la pena, déjalas”.
Pero no soy yo que hablo y me defiendo, pensé en todos aquellos que han sido víctimas de este par de mujeres que ignoran la tradición –que al menos en tiempos del administrador José Abreu en ese aeropuerto existía– y que era una excelente atención al cliente, siempre supervisados.
¿Sabe que es lo más triste de la historia? Que quienes me lo hicieron no eran ni anglos, ni afroamericanas, ni chinas, sino hispanas como usted o yo.
Así que, de que le hagan un feo pocos se salvan, y esta es una crónica más para contar.
mariaantonietacollins @yahoo.com
@CollinsOficial
Esta historia fue publicada originalmente el 14 de junio de 2016, 4:02 a. m. with the headline "¿Alguna vez lo han discriminado?."