Zaragoza, dos mil años de historia compartida
Llegamos a Zaragoza, capital de la región de Aragón, bajo una lluvia fina que nos estuvo acompañando todo el camino desde que salimos de Barcelona.
La habíamos incluido en nuestro itinerario –sin esperar mucho de ella desde un punto de vista turístico– como una parada intermedia para alcanzar la costa norte de España, donde pensábamos visitar Santander, Bilbao y San Sebastián. Sin embargo, a pesar de la falta de expectativas, Zaragoza resultó ser una ciudad vibrante y cosmopolita con más de medio millón de habitantes y dos mil años de historia repartida entre íberos, romanos, musulmanes, judíos y cristianos, quienes sucesivamente fueron dejando sus huellas tanto en la arquitectura como en las artes. Pero no solo eso; Zaragoza es, además, una ciudad repleta de importantes museos, de elegantes bulevares arbolados y plazas con hermosas fuentes que en las tardes se llenan de gente en un ambiente de apacible cotidianeidad urbana.
Lo primero que hicimos fue dirigirnos a la Plaza del Pilar, la más concurrida de todas, conocida como “el salón de la ciudad”, por la cantidad de fiestas públicas que se celebran en ella. También se le llama Plaza de las Catedrales, porque es aquí donde se encuentran las dos catedrales de Zaragoza: la Catedral del Salvador (la Seo) y la Catedral-Basílica de Nuestra Señora del Pilar, “la Pilarica”, como todos la conocen. Es una plaza grande, de forma rectangular, en la que además se levantan otros edificios importantes, como la Lonja, el Ayuntamiento, la Fuente de la Hispanidad y el Monumento a Goya. Detrás de ella, el centenario Puente de Piedra que cruza sobre el río Ebro; y por el frente, una terraza llena de heladerías, restaurantes y cafés al aire libre. Y a solo tres cuadras de allí, en el número 13 de la calle Manifestación, está la casa donde vivió José Martí, identificada con una placa conmemorativa al lado de la puerta.
La Basílica de Nuestra Señora del Pilar es el templo barroco más grande de España y uno de los más importantes de su época. Está considerado como el primer templo mariano de la Cristiandad; fue aquí donde la Virgen María, aún viviendo en Jerusalén, habría aparecido en carne mortal al apóstol Santiago el día dos de enero del año 40. En su interior se conserva y venera el pilar sobre el que, según la tradición, apareció la Virgen. En sus capillas pueden verse numerosas obras de arte de gran valor, sobre todo algunos frescos pintados por Goya. Arquitectónicamente, el templo se articula en tres naves, de igual altura, cubiertas con bóvedas de cañón, en las que se intercalan sus cúpulas. El 27 de mayo de 1642, el municipio de Zaragoza proclamó a la Virgen del Pilar patrona de la ciudad, patronazgo que se extendió en 1678 a todo el Reino de Aragón.
Justo a lado de la Basílica se encuentra el Ayuntamiento de Zaragoza, o Casa Consistorial, como se le conoce. Según un folleto que obtuvimos en la Oficina de Turismo, se empezó a construir en 1946 y se inauguró en 1965. Su fachada es una mezcla de estilos entre el renacimiento aragonés y el mudéjar. A un costado del Ayuntamiento está la Lonja de Zaragoza, un edificio civil de estilo renacentista construido en la primera mitad del siglo XVI, como recinto destinado (hoy día es una sala de exposiciones) a actividades económicas. A solo unos pasos de la Lonja se halla el Monumento a Goya, un homenaje de la ciudad al artista aragonés más importante de todos los tiempos: la figura del pintor, en lo alto de un pedestal, preside el conjunto. En una de las paredes del monumento aparece inscrita esta frase de Goya: “La fantasía abandonada de la razón produce monstruos, pero unida a ella es la madre de las artes”.
Detrás del monumento a Goya se encuentra la Catedral del Salvador de Zaragoza, conocida como “la Seo” (sede arzobispal en aragonés), construida sobre una mezquita de cuyo minarete todavía pueden verse algunos pedazos en la torre actual. En el otro extremo de la plaza está la Fuente de la Hispanidad, construida como parte de las remodelaciones que se emprendieron en 1991. Es una estructura muy moderna que contrasta con el resto de las edificaciones. Su figura dibuja el mapa de Latinoamérica y en su parte superior puede verse claramente la península de Yucatán, desde la que cae una cascada sobre un estanque que simula ser la Tierra de Fuego.
A sólo unas cuadras de la Plaza del Pilar se halla la Plaza de España, situada en uno de los extremos del Paseo de la Independencia. Es tan importante como la del Pilar, pues a su alrededor está la sede de la Diputación Provincial; en su centro, rodeada de una fuente, se levanta el Monumento a los Mártires de la Religión y la Patria, un conjunto escultórico en piedra y bronce del zaragozano Ricardo Magdalena y el catalán Agustín Querol, inaugurado en octubre de 1904.
Justo detrás de la plaza, en el casco viejo, hay un conjunto de estrechas callejuelas conocido como “el tubo”, donde se encuentran la mayoría de los bares de tapeo de la ciudad. Hasta allí llegamos caminando; estuvimos un rato dando vueltas por los alrededores pero, como era temprano, muchos de los locales estaban cerrados. Sin embargo, al regresar más tarde en la noche, tampoco había mucho movimiento. Es cierto que era un día entre semana, pero aun así, sus desiertos callejones (en el hotel nos explicaron después que “el tubo” ya no era el mismo de antes) no invitaban al tapeo. Terminamos cenando en un restaurante llamado El Fuelle, especializado en comida aragonesa, que unos amigos españoles nos habían recomendado. Una decisión que resultó acertada pues allí nos sugirieron unos menús fijos que incluían entrantes (migas de la casa, embutidos y pimientos a la brasa), segundos a elegir (ternasco o conejo a la brasa con patatas a lo pobre, solomillo o entrecot, bacalao o dorada al orio), postres (melocotón con vino o flan) y vino de la casa, que cambiamos por un Viña Mayor Ribera del Duero.
Al otro día, antes de emprender el viaje hacia Santander, pasamos por el Palacio de la Aljafería, un edificio de singular belleza, ejemplo de la arquitectura islámica hispana de la época de los Taifas y que posteriormente pasó a ser el palacio de los monarcas aragoneses. Hoy día es sede de las Cortes de Aragón. Desde allí cruzamos el Puente de la Almozara y tomamos la autopista que nos llevaría hasta la costa cantábrica.
En la distancia, Zaragoza comenzaba a desdibujarse. Fue entonces que alguien en el auto, a modo de despedida, recitó de memoria los versos que Martí le dedicó a esa región: Para Aragón, en España, / Tengo yo en mi corazón / Un lugar todo Aragón, / Franco, fiero, sin saña. En ese momento miré por el espejo retrovisor y pude ver cómo las torres de la Basílica del Pilar desaparecían finalmente entre el resplandor del río Ebro y la sencilla sonoridad de estos últimos versos: Y si quiere un tonto saber/ Por qué lo tengo, le digo/ Que allí tuve un buen amigo/ Que allí quise a una mujer.
manuelcdiaz@comcast.net
Esta historia fue publicada originalmente el 13 de enero de 2017, 0:54 p. m. with the headline "Zaragoza, dos mil años de historia compartida."