Viajes

Santander: hermosa, tranquila y acogedora

El Ayuntamiento de Santander es un edificio de dos cuerpos unidos por una puerta central sobre la cual se haya el balcón presidencial.
El Ayuntamiento de Santander es un edificio de dos cuerpos unidos por una puerta central sobre la cual se haya el balcón presidencial. Manuel C. Díaz

A Santander, capital de la comunidad autónoma de Cantabria, la incluimos en nuestro recorrido no sólo por su posición geográfica en la costa norte de España (desde donde pensábamos pasar a Francia), sino también porque habíamos oído hablar de su hermosa bahía y de sus numerosas playas. Sabíamos que desde un punto de vista turístico no podía compararse con las cercanas Oviedo y Gijón, pero aun así quisimos visitarla. De manera que llegamos a Santander pensando utilizarla solo como una conveniente parada en nuestro extenso itinerario. Sin embargo, para sorpresa nuestra, resultó ser una acogedora y tranquila ciudad con grandes y señoriales avenidas, amplias alamedas y hermosos paseos costeros.

Entramos a Santander por la Avenida de la Constitución un poco después del mediodía y llegamos directamente a nuestro hotel, El Palacio del Mar, que se encontraba casi frente a la playa Segunda del Sardinero. Como queríamos aprovechar lo que quedaba de la tarde, enseguida salimos a recorrer la ciudad; sólo para descubrir que el centro de la misma, donde están los principales puntos de interés, estaba lejos de donde nos encontrábamos.

Decidimos entonces caminar por el Paseo Marítimo del Sardinero, que corre a lo largo de las playas, desde la Segunda del Jardinero hasta la del Camello, y pasa por varias plazas (como la de Italia), parques (como el de Mesones) y jardines (como los del Piquío), así como varios hoteles, restaurantes y cafeterías. Este hermoso Paseo se encuentra en la zona más lujosa de Santander donde, a finales del siglo XIX y principios del XX, acostumbraba a veranear la nobleza europea de esa época, entre ellos, primero, la mismísima reina Isabel II de Borbón, y después, Amadeo de Saboya, su sucesor en el trono, hijo de Vittorio Emanuelle II de Italia, el único rey de España perteneciente a la Casa Savoy.

Caminando por el Paseo llegamos hasta la Plaza de Italia, entre los Jardines de San Roque y la Primera Playa del Sardinero (sí, hay dos playas llamadas Sardinero), bordeada en uno de sus costados por el famoso Gran Casino de Santander. Por un momento pensamos entrar y probar suerte, pero ya comenzaba a oscurecer y decidimos regresar desandando el mismo camino. Pero antes de llegar al hotel, nos sentamos en una de las terrazas del restaurante Parque de Trueba a tomarnos un vermú. Escogimos una de las mesas con vista al Paseo del Jardinero y allí estuvimos, conversando y mirando a la gente pasar, hasta que las últimas luces de la tarde se fueron desdibujando sobre la arena de la playa. Cuando se hizo de noche y vimos que el Paseo se iba quedando vacío, regresamos al hotel.

Al otro día, después de desayunar, en la recepción del hotel nos explicaron como llegar al centro de la ciudad. Tomamos un ómnibus que nos dejó frente al Ayuntamiento, un edificio de dos cuerpos unidos por una puerta central sobre la cual está el balcón presidencial, un reloj y el escudo de Santander. Justo detrás del Ayuntamiento se encuentra el Mercado de la Esperanza, un edificio de dos plantas edificado en acero y vidrio en los terrenos del antiguo convento de San Francisco. Inaugurado en 1904, hoy día cuenta con más de ochenta puestos de venta de productos donde los santanderinos realizan sus compras diarias. En los del primer piso están los que venden pescados y mariscos; y en los del segundo, los que venden fiambres, carnes y verduras.

Al salir del Mercado, con sólo cruzar la Avenida de Calvo Sotelo, una de las más importantes de la ciudad, llegamos a la Catedral de Nuestra Señora de la Asunción. La verdad es que, comparada con otras catedrales españolas, la de Santander no impresiona; ni por su tamaño ni por su arquitectura. Es de estilo gótico, consta de dos iglesias adosadas la una a la otra y fue construida entre los siglos XIII y XIV, sobre el antiguo Monasterio de los Santos Emeterio y Celedonio, quienes fueron decapitados en Calahorra, La Rioja, y cuyas cabezas, que fueron traídas a Santander, se guardan en unos relicarios de plata en el interior de la Iglesia Baja o Cripta del Santo Cristo. Frente a la Catedral está la Plaza Atarezanas que, aunque pequeña, es muy bonita; en su centro se levanta el monumento a la Ascensión de la Virgen, y está rodeada por un estanque y un edificio de apartamentos con un café en los bajos, cuyas mesas al aire libre miran hacia la plaza.

De la catedral salimos hacia la Plaza Valverde, también conocida como Plaza Fortificada, donde pensábamos almorzar. Esta plaza, situada en la Avenida Calvo Sotelo, es una de las más concurridas de Santander. Fue reconstruida después de un devastador incendio que en 1941 destruyó la mayor parte del casco viejo de la ciudad. Los edificios que la rodean son casi todos organismos públicos, y en su entrada, colocada sobre un gran pedestal y mirando hacia el mar, está la estatua de Pedro Valverde, héroe cantábrico de la Guerra de la Independencia española.

Después que almorzamos en uno de los cafés de la plaza, cruzamos la calle y fuimos hasta los Jardines de Pereda, un espacio arbolado de singular belleza circundado de aceras con bancos de madera y en el que se destaca un estanque con su puente y una hermosa pérgola de feria. En su centro, la escultura del novelista cántabro José María Pereda se levanta sobre un pedestal de piedra en el que están grabadas distintas escenas de sus obras.

En uno de los extremos del jardín se encuentra el llamado ‘embarcadero’, desde el cual salen los barcos que realizan recorridos turísticos por la bahía, que era una de las cosas que habíamos planeado hacer. Así que compramos los boletos (cuestan diez euros) y en cuanto el barco estuvo listo para partir, nos acomodamos en la cubierta superior para tener una mejor vista. La tarde estaba nublada, pero aun así, el paseo resultó muy bueno pues pudimos ver varios sitios de interés que caminando no hubiéramos podido ver, como el Palacio de la Magdalena, construido en 1909 por suscripción popular como regalo a la Familia Real española; el Palacio del Promontorio, un castillo de estilo montañés que fue la residencia principal de Emilio Botín, dueño del Banco Santander, y que en 2008 fue donado a su Fundación para realizar actividades sociales y culturales; el Hotel Real, un bello edificio de cinco pisos que se inauguró en el verano de 1917 y desde el cual puede verse toda la bahía; y por último, la isla de Mouro, de poco menos de dos hectáreas, completamente rocosa y en cuya parte más alta se levanta un faro que fue automatizado en 1921.

Esa noche, a modo de despedida (al otro día partíamos hacia Bilbao), quisimos cenar en un restaurante típico de Cantabria y lo hicimos en Casa Revert, que nos fue recomendado por uno de los empleados de nuestro hotel. Fue una velada alegre en la que disfrutamos de buena comida, buen vino y un servicio excelente. Al regresar al hotel, aunque era un camino más largo, lo hicimos por el Paseo Marítimo del Sardinero. Una brisa suave pero casi helada soplaba sobre el boulevard que, a esa hora, estaba casi desierto. En la oscuridad, podían sentirse las olas batiendo sobre la arena. A lo lejos, la luz del Faro de la Isla de Mouro alumbraba intermitentemente el horizonte cantábrico.

manuelcdiaz@comcast.net

Esta historia fue publicada originalmente el 10 de marzo de 2017 a las 3:12 p. m. con el titular "Santander: hermosa, tranquila y acogedora."

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