Viajes

36 horas en Cartagena, Colombia

Una calle en la parte vieja de Cartagena.
Una calle en la parte vieja de Cartagena. Getty Images/iStockphoto

Desde lejos, el horizonte de Cartagena es engañoso. Sus blancas torres se elevan por encima del Caribe desde una península de concreto y arena dorada, haciendo que se vea como una metrópolis más grande y playera de lo que realmente es. Pero con menos de un millón de habitantes, Cartagena es un pedacito del tamaño de Río de Janeiro o Los Ángeles. Podría esperarse que los nuevos rascacielos de Bocagrande estuvieran en medio de un centro vital cosmopolita. En cambio, lo típico de Cartagena (sus exuberantes plazas, vendedores de fruta y arte callejero) está contenido en dos vecindarios chicos imposiblemente fotogénicos: el amurallado Centro Histórico y el naciente barrio de Getsemaní. Ahí, en el lugar de nacimiento del realismo mágico de Gabriel García Márquez, están los restaurantes más refinados de la ciudad, sus museos y balcones que se derraman con buganvillas florecientes. Pero hasta en los barrios más vigorosos, Cartagena no es tanto un lugar para hacer, sino un lugar para estar.

VIERNES 4 p.m.Punto ideal

En una vaporosa tarde, visite La Paletteria, donde un exhibidor de vidrio contiene decenas de paletas (de agua, crema o yogur) en sabores como tamarindo, coco y milo, una bebida de malta y chocolate adorada por los locales. A un par de negocios al lado, Swikar vende caramelos duros de colores. La vidriera atrae curiosos que se acercan a ver cómo productores de caramelo giran, cubren y moldean jarabe de azúcar para formar fresas y rebanadas de sandía y de naranja. A la vuelta de la esquina, Gelateria Paradiso se ve como una casa de té inglesa, con bancas tapizadas y muebles de mimbre blanco, pero sus helados saben a ingredientes tropicales como flor de hibisco, maracuyá y ciruela criolla, la variedad local.

5:30 p.m.Sobre la torre reloj

Con una paleta escurrida en una mano, suba la muralla fortificada y recorra la periferia del Centro Histórico, donde vendedores ofrecen puros de Cuba y latas heladas de cerveza Águila, y donde jóvenes parejas desfallecen en los portales de los cañones, contemplando el picado mar Caribe. Para los que no puedan resistirse a quedarse al ocaso, hay cafés al aire libre turísticos, aunque tentadores, que sirven cócteles y vinos caros. Después, siga la muralla de piedra de regreso a la Puerta del Reloj, la torre reloj que marca la entrada al Centro Histórico. De camino, pare en NH Galería, una galería de arte moderno y museo que cuenta con una reducida y fascinante colección de obras de artistas colombianos e internacionales.

7 p.m.Estilo casero

Desde El Reloj, tome el pasaje que franquea el musculoso centro de convenciones de la ciudad y que se adentra al vecindario de Getsemaní. Sobre una angosta calle lateral de una cuadra, La Cocina de Pepina es un amurallado salón comedor color rosa y naranja que tiene seis mesas y es manejado por una historiadora culinaria local y su sobrina, quien habla inglés fluido. El restaurante celebra la cocina costera colombiana con un menú escrito en pizarra y platos como ajíes rellenos (chiles asados rellenos, 16,000 pesos colombianos; 8.5 dólares a un tipo de cambio de 1,880 pesos por dólar), sopa Caribe (sopa de mariscos caribeños; 38,400 pesos) y un aperitivo de cabeza de gato (esferas de yuca, mandioca y plátano en una salsa de pimientos rojos asados, 13,000 pesos) y una Apóstol, una cerveza artesanal colombiana difícil de encontrar (8,000 pesos).

9 p.m.Digestivo

Para ver gente después de cenar, vaya a la Plaza de la Trinidad, el corazón de Getsemaní, donde niños patean balones de fútbol, donde los jipis rasgan guitarras y donde argentinos bohemios beben mate a los pies de la iglesia. Emblemático de este ex vecindario de clase trabajadora de rápido cambio, Demente es un bar de tapas de moda albergado en la que supuestamente es la casa más vieja del área. Inaugurado el año pasado por un nativo de Bogotá formado en España, el bar tiene sillas mecedoras de madera (varias de ellas alinean la acera) y arte pop en las paredes, incluyendo espejos pintados con siluetas de Gandhi, Michael Jackson y El Pájaro Loco. Con una de las pocas cervezas de barril de la ciudad, una impresionante selección de bebidas importadas y un menú de tapas que podría incluir platos chicos como sardinas a la plancha (8,500 pesos) y salmorejo con jamón Serrano (sopa fría tipo gazpacho, 9,000 pesos), Demente es un lugar de primera para pasar el rato antes de que empiece la notoria vida nocturna de madrugada de Cartagena.

11:30 p.m.“Sacuda una pluma de la cola”

En un atractivo edificio que mira a la ciudad amurallada, el centro nocturno Quiebra-Canto, situado en un segundo piso, tiene pisos con azulejos terracota, pósters clásicos de jazz colgando en las paredes y no cobra por entrar. Si el lugar está tranquilo, siéntese en las sillas como para niños del estrecho balcón y mire pasar las carrozas tiradas a caballo. Los fines de semana, las mesas se corren al costado y el baile dura hasta bien entrada la noche. En el tercer piso, un salón de películas auspicia proyecciones ocasionales de cintas independientes latinoamericanas. A la vuelta de la esquina, en la zona de albergues juveniles de Cartagena, no es raro que en Café Havana (entrada 8,000 pesos) haya fila afuera y cantineros irritables adentro, pero la atmósfera retro cubana, el desenfadado grupo de salsa en vivo y la indulgente hora de cierre de las 4 a.m. compensan sus fallas.

SÁBADO9 a.m.Cura para la resaca

Luego de una noche de música y mojitos, pocas cosas son tan gratificantes como los fritos de Cartagena, o bocadillos callejeros fritos, como las arepas de huevo (un disco de masa frita de maíz, abierto en medio y vuelto a freír con un huevo adentro), la carimañola de queso (yuca rellena de queso) y las papas rellenas (bolas de papa rellenas con queso fresco), que a menudo se venden directamente de una tina de aceite caliente colocada en la acera. Para una comida mañanera más acomodada, Pastelería Mila, el negocio insignia de Mila Vargas, tiene panecillos de pistache, magdalenas de banana split y sabrosas ofertas como quiche caprese con mozzarella, espinacas y tomates. Pruebe la limonada de coco (6,500 pesos) o el heladísimo batido de mango (7,500 pesos).

11:30 a.m.Sáltese la siesta

Las aceras de la ciudad amurallada están cubiertas con artesanías genéricas. Para souvenirs de mejor calidad, pase el sofocante mediodía zambulléndose en boutiques con aire acondicionado. Puede encontrar, por ejemplo, el uniforme extraoficial de la ciudad (blanco, de los pies a la cabeza) en Ketty Tinoco, que vende guayaberas clásicas, pantalones de lino y vestidos de encaje, así como colorida ropa para niños.

1:30 p.m.En sus marcas, listos, a almorzar

Un par de cuadras al este de la Plaza Fernández de Madrid, La Mulata es una elegante interpretación del almuerzo fijo tradicional latinoamericano, con un menú rotativo de cuatro entradas, seis días a la semana (cerrado los domingos). El cuarteto del sábado incluye cazuela de mariscos, un guiso con leche de coco, pulpo, camarones, calamares y pescado, servido con patacones (plátanos fritos dos veces) y arroz de coco (20,000 pesos), y camarones al ajillo, una generosa porción de camarones servidos en vino blanco, ajo y aceite de oliva con plátanos fritos y sopa de mariscos (13,000 pesos).

3 p.m.En las alturas

Para un estímulo de adrenalina, programe una clase de dos horas para principiantes con Cartagena Kitesurf School. Para una vista de la ciudad a nivel de calle, anótese en Tierra Magna para un “audio tour” de Cartagena que evoca el trabajo del autor colombiano Gabriel García Márquez, Premio Nobel de Literatura, conocido aquí como Gabo.

8 p.m.Póngase fresco

El pequeño restaurante de mariscos El Boliche Cebichería sirve cebiches inventivos. Empiece con un cóctel boliguaro de corozo, una artística mezcla de aguardiente (el potente licor de anís de Colombia) y jugo de cerezas locales (17,000 pesos), y con una orden de los cebiches de pescado blanco, calamar, camarón, pulpo o caracol de mar, servidos en una base de tamarindo (28,000 pesos), coco (26,000 pesos) o pimiento dulce local (24,000 pesos). Para una interpretación más tradicional, pruebe el restaurante adjunto al centro nocturno Míster Babilla. Ignore la decoración temática y enfóquese en los buenos cebiches de El Mesón de María y Mulata, incluyendo el cebiche Islas del Rosario (mero y róbalo en jugo de lima y naranja con aguacate, cebolla, aceitunas verdes, cilantro y aceite de oliva) por 16,000 pesos.

DOMINGO9 a.m.Excursión del día

En lugar de conformarse con la mediocre playa de Bocagrande, súbase a una lancha (una larga embarcación rápida a motor) con destino a Isla Barú y vaya a Playa Blanca, una franja de arena blanca alineada con palapas y mangles en el fondo. En la entrada de los muelles, agentes de cada una de las aproximadamente media docena de compañías de viajes compiten por hacerse de pasajeros. Los precios típicamente rondan los 35,000 pesos, sin incluir el almuerzo. Los botes tienden a salir cuando están llenos, a partir de las 9 a.m. Para asegurarse de no ser de los últimos en partir, pida ver la lista de pasajeros y escoja la embarcación que tenga más nombres. El recorrido tarda 45 minutos y pasa por pueblos de pescadores, frente a la sobrecogedora estatua de la Virgen del Carmen, la entrada al abigarrado puerto de Cartagena y al fuerte de San José de Bocachica, del siglo XVIII.

11 a.m.Tómeselo con calma

Las indulgencias salen baratas en Playa Blanca, donde mujeres recorren la playa ofreciendo masajes de espalda, vendedores de ostiones exprimen limón sobre conchas y restaurantes costeros sirven pargo recién pescado, langostino o langosta, partiendo desde aproximadamente 15,000 pesos. Muchos botes turísticos a Isla Barú siguen de largo, por el mismo precio, hasta las Islas del Rosario, un archipiélago de islas de coral, algunas coronadas con las ruinas de las que alguna vez fueron las ostentosas casas vacacionales de Pablo Escobar. Los botes regresan a Cartagena aproximadamente a las 4 p.m.

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