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Israel, una aventura del espíritu Las piedras milenarias

Plaza del Muro Occidental.
Plaza del Muro Occidental. Noam Chen

Los asentamientos humanos en el Oriente Medio son de los más antiguos de la tierra, tanto como para decir que es la región del mundo donde tuvo su origen la cultura urbana. La ciudad de Jericó en Cisjordania ha estado poblada por más de diez mil años.

Jerusalén ya era una ciudad vieja en tiempos de Jesús, teniendo en cuenta que el rey David la convirtió en capital de Israel unos mil años antes, cuando, conforme a la narración bíblica (2 Samuel 5:6-9), tomó la fortaleza que allí tenían los jebuseos, un pueblo afincado en la región mucho antes de la llegada de los israelitas.

La Ciudad de David

En un área de Jerusalén que ahora se localiza fuera del recinto amurallado por los otomanos, y a corta distancia del Muro Occidental (el más venerable lugar del judaísmo), se encuentra la llamada Ciudad de David, donde el Rey Salmista edificó su palacio y las dependencias de su gobierno. Desde la segunda mitad del siglo XIX, el lugar ha sido objeto de excavaciones arqueológicas y, en la actualidad, es uno de los más vastos proyectos de su clase de toda la región, en el cual han llegado a identificarse hasta 12 diferentes capas que responden a momentos distintos de la historia de la ciudad.

Aunque dista aún de ser el parque arqueológico en el que aspiran a convertirla, la Ciudad de David ya ofrece varias atracciones turísticas, entre ellas la posibilidad de observar el trabajo en las excavaciones, algunas de ellas a cielo abierto, en que labora un equipo de arqueólogos encabezado por Gabriel Barkay. El Dr. Barkay alcanzó celebridad internacional por ser el descubridor de los llamados Rollos de Plata, dos amuletos que contienen la Bendición Sacerdotal (Números 6:24-26) y que constituyen el texto bíblico más antiguo que se conoce.

Los visitantes también pueden recorrer el túnel o canal cananeo que data de unos 3,800 años y que llevó alguna vez el agua a la ciudad desde el manantial del Gihón, antes de que fuera desviado en tiempos del rey Ezequías (729-686 AC), así como otro que va por debajo de la calzada que en tiempos de Herodes iba del estanque de Siloé al Templo y por el cual se sale ahora a la plaza del Muro Occidental.

El túnel del Muro Occidental

El Muro Occidental, donde los judíos piadosos acuden a orar y que tan familiar nos resulta, es solo un corto tramo (unos 60 metros) de esa gigantesca pared del último Templo de Jerusalén, que se extiende –oculta por el arrimo que le brinda a todo un barro árabe– por cerca de medio kilómetro.

A todo lo largo del muro se ha cavado en tiempos recientes un túnel bastante amplio que permite apreciar de cerca las grandes piedras labradas que alguna vez sostuvieron la portentosa estructura edificada por Herodes el Grande que aún vive en la memoria del pueblo judío. Entre esas piedras se destaca una en particular, de 13 metros de largo, cuyo peso se calcula en 570 toneladas.

Masada

Herodes, pese a su fama de hombre cruel, fue un gran constructor de obras monumentales. En la cima de Masada –una meseta en el extremo oriental del desierto de Judea que domina el Mar Muerto y a la que el turista puede acceder a pie o valiéndose de un funicular–, Herodes hizo levantar un lujosísimo palacio cuyas ruinas siguen causando asombro. Este sería el último reducto de un grupo de zelotas rebeldes que asaltaron el lugar y se hicieron fuertes en él luego de la caída de Jerusalén.

Los romanos le pusieron sitio a Masada tres años después de la destrucción del Templo (73 DC) y asaltaron la fortaleza al cabo de tres meses de asedio. Según el historiador Flavio Josefo, los rebeldes prefirieron suicidarse e inmolar a sus mujeres e hijos antes que morir crucificados o ser vendidos como esclavos. Cuando los romanos entraron en Masada se encontraron el espectáculo sobrecogedor de casi un millar de cadáveres. Aunque este dramático final no está corroborado por el testimonio arqueológico, el sitio pervivió en la tradición judía como un símbolo de resistencia contra el opresor extranjero y en tal medida que, en el Israel contemporáneo, el general Moshé Dayán inició la práctica de que algunas unidades de las Fuerzas de Defensa concluyeran su entrenamiento en Masada. La ceremonia terminaba con la consigna: “Masada no caerá otra vez”.

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