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Los titanes del ciclismo desafían el calor y la dureza del desierto

Una bella imagen de desierto y los ciclistas en la Titán.
Una bella imagen de desierto y los ciclistas en la Titán. EFE

La idea de la Titan Desert surgió hace una década cuando Juan Porcar, el primer piloto español en participar en el París-Dakar, decidió unir su vena aventurera y empresarial apostando por montar una carrera de bicicletas en mitad del desierto de Marruecos.

De aquellos 143 valientes que tomaron la salida en la primera edición, en el 2006, se han llegado a los 600 de este 2015, récord absoluto de la prueba.

En los diez años que la carrera lleva disputándose, la Titan Desert se ha consagrado como una prueba internacional a grandes rasgos, más allá del ciclismo. Se trata de un reto en el que se pone a prueba la capacidad de sufrimiento, resistencia y sacrificio.

Entre los participantes, también hay dos grupos bien diferenciados. Los profesionales, que tienen una vocación claramente competitiva, representan un porcentaje muy pequeño del número total. El resto, son corredores amateurs que tienen la simple vocación de terminar y su lucha no es contra el cronómetro, sino contra los propios límites. En ese grupo se encuentran todos los ámbitos de la sociedad representados por profesiones, sexos y edades. Cada uno con su motivación, pero todos con la misma ilusión.

Todo lo que rodea a la prueba la dota de un carácter especial que la hace inolvidable, sobre todo por la convivencia en un mismo campamento de personas procedentes de diferentes culturas y países.

Los campamentos que se montan diariamente entre etapa y etapa en diferentes localidades, o simplemente en mitad de un desierto, son durante una semana la casa de los participantes, organización, voluntarios y prensa. En ellos se convive de manera familiar compartiendo un espacio común como son las jaimas, el comedor, las duchas y los aseos.

UNA SEMANA EN FAMILIA

Ese ambiente que impregna la Titan Desert hace que al cabo de una semana los participantes se consideren casi una familia y todos abran su corazón y su privacidad en las tertulias improvisadas que se forman en los campamentos.

Los que participan en la Titan Desert ya saben, en mayor o menor medida, lo que les espera, por eso es poco común encontrarse a alguien quejarse del recorrido, que generalmente combina una zona de montaña por el Atlas y otra por el desierto con las dunas.

Para la décima edición, la organización diseñó un recorrido de altura, y mucha, para la primera jornada, ya que hubo tres ascensiones a puertos en poco más de cien kilómetros. La segunda etapa fue de transición y en la tercera la particularidad fue que los participantes tuvieron que cargar con lo mínimo e imprescindible para pasar la noche, ya que, a diferencia del resto de días, no se les trasladaría sus mochilas hasta el campamento.

Para ver el desierto hubo que esperar hasta el cuarto día. En ese otro escenario, el sofocante calor y las dunas comenzaron a hacer estragos en unos participantes que sufrirían en la quinta etapa los inconvenientes de completar un recorrido sin flechar ni balizar, poniendo a prueba sus dotes de orientación con un GPS, un libro de ruta y una brújula para encontrar los controles de paso y la meta.

Los que llegaron enteros a la última etapa, la más corta de todas, pudieron saborear las mieles de su propio éxito y disfrutar de un recorrido sencillo entre Merzouga y Maadid.

En esa localidad marroquí todos los participantes que cruzaron la meta recibieron una recompensa especial. Ya no por el trofeo que los acredita como ‘titanes’ y que es igual para el primero y el último, sino por la satisfacción personal que representa. Como anécdota queda la victoria del colombiano Diego Alejandro Tamayo. “La Titan Desert es una gran carrera para mi palmarés y una de esas que contaré a mis nietos”, comentaba en la meta de Maadid.

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