Huellas del emperador Carlos en Bruselas
Cualquier visitante deseoso de desempolvar los vestigios de la vida del emperador Carlos I de España y V de Alemania (1500-1555), dominada por el deber político y su devoción por el catolicismo, puede encontrarlos más vivos que nunca en las calles y monumentos de Bruselas, la capital europea, en la que el rey nacido en la ciudad flamenca de Gante, pasó más tiempo en su vida.
De hecho, cuando Juana la Loca –hija de la reina Isabel la Católica– dio a luz a su hijo, la abuela materna, esposa del Rey Fernando de Aragón y benefactora de Cristóbal Colón, sentenció tras conocer la buena nueva: “Este será el que se lleve las suertes”.
UN REINO DONDE NUNCA SE PONÍA EL SOL.
Poco desencaminadas fueron las palabras de la reina de Castilla sobre el que acabaría convirtiéndose en el rey cuyos territorios se extendieron a los reinos de Castilla y Aragón, las islas Canarias, Sicilia, Cerdeña, Nápoles, Países Bajos (heredados de sus abuelos paternos Maximiliano I de Habsburgo y María de Borgoña), los territorios de la casa de los Austria (en el sudeste alemán), las Indias "colónicas" y las tierras del norte de África, de tal manera que en sus dominios, reza el dicho, “nunca se ponía el sol”.
Debido a semejante extensión de dominios, muchos afirman que fue él quien asentó los cimientos de la Europa de hoy, aunque para el investigador e historiador belga, Roel Jacobs "el espíritu de Carlos V era una Europa unificada y católica", lo que se contrapone a la Europa actual, "nacida en la comprensión del otro, en el pluralismo”, según señaló durante una entrevista con Efe.
Desde 1515, cuando con 15 años conquistó la mayoría de edad, Carlos I estuvo acompañado por un cronista que dejó constancia de cada uno de sus días y permitió, de este modo, que los historiadores tengan conocimiento hoy de cuáles fueron las ciudades de estos territorios que más veces vieron dormir al monarca.
La capital de la Vieja Europa es la ciudad que encabeza este ránking de hospedajes para el rey español. En la ciudad belga Carlos V pasó el 18% de los años que vivió, según asegura Jacobs en sus investigaciones.
Para la ciudad, este fue “el periodo más espléndido” y Carlos fue "el príncipe más importante en la toma de decisiones sobre Bruselas", reflexionó el historiador.
Tras ella, en la clasificación, Valladolid (España) y Augsburgo (Alemania), ciudades en las que el monarca hizo noche alrededor de un 6,5% de su vida, que acabó en el monasterio de Yuste, en la provincia española de Cáceres, en 1558.
Por ello, aunque la separen del monarca más de 500 años, Bruselas sigue desprendiendo las esencias que impregnaron su vida: el catolicismo y el deber político, y de ellos una muestra es la emblemática catedral bruselense dedicada a los santos Michel y Gúdula.
GRANDEZAS DE LA CATEDRAL.
“Las vidrieras de la catedral, que datan del siglo XVI son, sobre todo, un álbum familiar del emperador Carlos”, explicó a Efe Jacobs.
En el fondo del coro, estas reliquias vítreas perpetúan a tres generaciones: al propio monarca, a sus padres Felipe el Hermoso y Juana la Loca, y a sus abuelos, los Reyes Católicos; mientras que en el transepto o nave transversal de la catedral es su esposa, Isabel de Portugal (1503-1539), quien aparece junto a él, además de la hermana del monarca, Catalina de Austria, y su marido Juan III de Portugal, a su vez hermano de Isabel de Portugal.
La fachada de la catedral tampoco permanece ajena a la vida de la época, ya que en ella se recoge la historia del príncipe y obispo Erad de la Marck, que aparece arrodillado como símbolo de gratitud hacia Carlos I, quién lo nombró cardenal después de que el, hasta entonces aliado y enemigo del monarca español, el rey de Francia, se negase a hacerlo.
Fue precisamente en esta catedral dónde, a los 16 años, Carlos fue también coronado como rey de España.
PALACIOS IMPERIALES.
Desde ella, se abre camino la Rue Terarken, donde todavía se conserva el palacio urbano más antiguo de Bruselas, el hotel de la familia Clèves-Ravenstein cuya relación con los Habsburgo estuvo repleta de vicisitudes.
Una vez alcanzada la Place Royal, resurge el que en su día fue palacio y residencia del monarca, el mismo en donde abdicó en 1555.
A pesar de que un incendio destruyó, en 1731, prácticamente toda la construcción original, hoy en día se conserva su esqueleto subterráneo que se puede visitar a través del museo Belvue y sobre el que, 40 años después del derrumbamiento, se erigió el actual palacio Coudenberg.
El mundo pictórico tampoco se ha querido olvidar de Carlos I de España y V de Alemania y así, al continuar por la Rue de la Regence, emergen la Biblioteca Real y el Museo de Arte Antiguo.
Ambos contienen numerosos documentos, dibujos y pinturas que muestran cómo quisieron resucitar la presencia del monarca en el romanticismo del siglo XIX.
A la altura de la iglesia del Sablón, al visitante lo aguarda la historia de los Tour y Taxis, familia instalada en Bruselas que dirigió el servicio postal de la familia Habsburgo.
Sin ser el primer servicio postal de Europa, los Tour y Taxis fueron pioneros en poner en práctica un red que conectó a todo el continente, de manera que la realeza de la época pudo gozar de mejores comunicaciones.
Precisamente en la Iglesia del Sablón se encuentra la capilla funeraria de esta familia. Una vez en la Grand Place bruselense, Carlos V hace su último guiño.
El Museo de la ciudad de Bruselas, ubicado en la misma plaza, ofrece una pequeña degustación en forma de tapiz de parte de la vida del monarca, totalmente relatada en los tapices del Museo Real de Arte e Historia.
A ella se le suma cada verano la celebración del Ommegang, ceremonia en la que se conmemora la entrada del emperador en la ciudad de Bruselas, en 1549.
Entretanto, desde la fachada del museo de la ciudad, el monarca se despide del visitante.•
Esta historia fue publicada originalmente el 27 de septiembre de 2014, 8:00 a. m. with the headline "Huellas del emperador Carlos en Bruselas."