Viajes

Valderrobres: uno de los pueblos bonitos de España

La sierra de El Rebullar, un quimérico espectáculo natural. Se dice que el nombre del poblado proviene de tiempos bélicos, cuando las mujeres cantaron y tocaron los tambores con tal estruendo, que el ejército supuso al poblado una plaza inexpugnable.
La sierra de El Rebullar, un quimérico espectáculo natural. Se dice que el nombre del poblado proviene de tiempos bélicos, cuando las mujeres cantaron y tocaron los tambores con tal estruendo, que el ejército supuso al poblado una plaza inexpugnable.

Para llegar a Valderrobres, uno de los pueblos más bonitos de España, se viaja serpenteando junto a unas formaciones rocosas de aspecto tan feroz como hermoso. Incluso en días primaverales, las nubes cargadas de agua coronan estas sierras, atravesadas por timoratos rayos solares.

Como un onírico lienzo de Gustav Klimt, en un pináculo asoma el perfil de un castillo medieval, bajo cuyas faldas ronronea el pueblo de aspecto circular. Apenas tenía calles ni núcleos urbanos visibles, hasta que hace diez años, se comenzó a rescatar el pretérito sepultado bajo el paso del tiempo. La piedra, escenario natural del poblado, y la madera, resucitaron convertidas en típicas casas solariegas, plazas y muros, que recuerdan un esplendor de otros tiempos.

Ya se palpa añoranza, se adivinan figuras de caballos galopando hacia el castillo o la iglesia gótica, unidos siete siglos atrás por un pasadizo, o la doncella apoyada sobre la ventana festejadora del fuerte, bajo la luz mortecina del salón de chimeneas.

Las enredaderas trepan por balcones, pórticos y tapias; y tiñen de esmeralda la áspera perspectiva de la montaña, que rememora las escaramuzas de las cruentas guerras carlistas, razón de los destrozos de la arquitectura y las obras artísticas de tantos poblados aragoneses.

En este pueblo de Teruel, se concentra la mayor cantidad de la población de la comarca de Matarraña, bañada por el río del mismo nombre. Este afluente del Ebro que nace en Tortosa, discurre bajo un puente de arcos de piedra del siglo XIV, que le aporta a Valderrobres una fisonomía de ensueño bucólico. Atravesándolo y franqueando la Puerta de San Roque, una de las sobrevivientes de la antigua muralla, se accede al casco urbano.

Las canteras de alabastro de esta región española son famosas mundialmente, al ser una de las mayores productoras junto a Italia, Grecia o Egipto. El mineral traslúcido que se asocia a los antiguos frascos de perfume procedentes del Oriente, se usó en el medioevo para decorar muchas iglesias europeas, y en los pueblos turolenses, siguen luciendo en ventanales y rosetones góticos. La catedral de Santa María la Mayor de Valderrobres (1340), destaca entre las joyas arquitectónicas del gótico mediterráneo, donde el alabastro blanco de sus fastuosas vidrieras resalta sobre el pajizo de la piedra.

Valderrobres comparte esa monumentalidad histórica casi intacta, con otros pueblos de los más bonitos de España: Calaceite y Alcañiz, en su misma comarca; y los poblados de las tierras del Maestrazgo, Mirambel y Cantavieja. Coinciden en presumir de los buenos productos de sus tierras, como excelentes quesos de cabra, vinos, mieles, mermeladas, jamones, un aceite de oliva de gran calidad y deliciosos postres, elaborados con almendras de la variedad Marcona, muy demandadas en la producción de turrones navideños y los característicos guirlaches aragoneses.

Los inconfundibles soportales de Calaceite cobijan rincones con encanto; las calles estrechas del casco antiguo y las ventanas de las mansiones, con balcones de hierros forjados y volados de piedra, evocan elementos de la arquitectura italiana, debido a que Aragón, Cerdeña y Sicilia, formaron parte de los reinos del monarca Fernando el Católico. La iglesia parroquial de la Asunción de Nuestra Señora, de estilo barroco, emergió sobre restos del primitivo templo gótico, ya desaparecido. Sus dos columnas salomónicas soberbias, escoltan la puerta central, decorada con clavos de forja de una belleza que impresiona.

Tan solo treinta minutos separan a Calaceite de Alcañiz, otra villa destacada por su belleza urbana y sus tradicionales fiestas de Semana Santa, refrendadas en 2005 de Interés Turístico Nacional. Es uno de los nueve pueblos de la “Ruta del tambor y del bombo”, declarada Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la Unesco. Cuando la tamborrada comienza el viernes santo, el estruendo no mengua hasta el día siguiente. Alcañiz, tiene detalles que lo hacen singular entre otros poblados de la ruta: no se toca el bombo, solo los tambores, y lucen simbólicas túnicas y terceroles celestes, en lugar de vestimentas blancas o moradas.

En las tierras del Maestrazgo

Aún en territorio de dinosaurios y de los legendarios amantes (de Teruel), los campos de templarios que se extienden a caballo, entre el Teruel aragonés y la provincia valenciana de Castellón, constituyen la comarca del Maestrazgo.

Mirambel, capital del Alto Maestrazgo, es un pueblo medieval amurallado, con un patrimonio arquitectónico de los más valiosos de Aragón, tan bien preservado, que da la impresión de ser un set cinematográfico de un acabado perfecto, que le ha merecido el Premio “Europa Nostra” en 1982. Lo más representativo de esta villa es su símbolo: el “Portal de las Monjas” (s. XVI), adosado al convento de clausura de las Agustinas. Una puerta de la muralla, con una galería de tres plantas en su parte superior, con celosías de barro, yeso y madera, de lo más singular en esta ciudadela medieval.

Es curioso hallar aquí un palacio que se vende, y que las ruinas de un castillo templario estén cercadas para evitar el saqueo de las piedras auténticas. Genuino escenario de película, gracias al rodaje en la Casa de los Julianes de Tierra y Libertad, del laureado director inglés Ken Loach; e inspiración de la novela La Venta de Mirambel, escrita por uno de los principales representantes de la generación del 98, el escritor vascuence Pío Baroja.

Cantavieja es otro de los pueblos más bonitos de España, separado de Mirambel por ocho kilómetros de carretera precaria, que descubre un paisaje pastoril encantador. En medio de su estructura medieval, destaca la plaza porticada donde se encuentra la iglesia de San Miguel, del gótico levantino. Bordeando los restos de las antiguas murallas que se resisten al progreso, se aprecia la sierra de El Rebullar, un quimérico espectáculo natural. Se dice que el nombre del poblado proviene de tiempos bélicos, cuando las mujeres cantaron y tocaron los tambores con tal estruendo, que el ejército supuso al poblado una plaza inexpugnable.

En las villas levantinas

Morella es otro de los pueblos más bonitos de España, con nombre de mujer, situado en la provincia valenciana de Castellón y capital de la comarca de Els Ports. El binomio de una rica herencia cultural que se vive en las fiestas medievales del fuego y los demonios, o las de la virgen de La Balma cada ocho de septiembre; y sus parajes de ensueño, la convierten en un reclamo turístico imposible de eludir.

Fascinan la visión del castillo, edificado en la propia roca natural (s.XIII); y dentro de la muralla, la Arciprestal Basílica Santa María la Mayor, de una fachada gótica colosal, el retablo churrigueresco dorado, la escalera de caracol de yeso policromado, y la fachada que involucra siglos entre la puerta, el tímpano y los contrafuertes de estilo plateresco. Imposible dejar Morella sin probar los tradicionales Flaons rellenos de requesón y almendras.

Pasando el meridiano de Grenwich y precedido por abundantes fábricas de azulejos, se llega a Villafamés, lugar que presume de ser otro de los pueblos españoles más bonitos. Las callejuelas en cuesta desembocan en rincones cargados de magia, las fachadas blancas rematadas en color chocolate reposan el almuerzo, y algún recoveco semeja un verde nido de amor. Hay embrujo en el barrio judío llamado cuartijo y en las ruinas del castillo cristiano. Desde lo más alto del pueblo, se aprecian vistas espectaculares y hasta alimenta el olor de los quesos de cabra con su pátina natural. La popular Roca Grossa de más de dos mil toneladas y asociada a alguna que otra leyenda, luce en mitad del pueblo, y los turistas se afanan por hacerse el mejor selfie. Los postres típicos son los almendrados y los singulares cristines.

Entre la desconocida Toscana española hasta la Costa Azahar, no pasa inadvertido Peñíscola, otro de los pueblos más bonitos de España, y uno de los más visitados en las rutas turísticas. Tierras legendarias, con huellas árabes y signos templarios, y donde esta Orden sufrió el final de su último baluarte. Ese castillo cubierto de glorias pasadas, en 1411 se convirtió en sede pontificia por voluntad del Papa Luna, Benedicto XIII, y fue el escenario de su muerte. Aquí escribió el llamado antipapa, su obra El libro de las consolaciones de la vida humana.

Más allá de las fábulas y el discurrir del tiempo que moldeó el carácter de este encantador pueblo, se respira el aire marino desandando por recoletas y empinadas callejuelas, se disfruta de la visión del faro, de pasear bajo decanos arcos de piedra, y se alegra la mirada con los parques de palmeras que ocupan el entorno. En los días de mar encrespado, el mar penetra cruzando bajo el malecón hasta los edificios, las olas revientan y saltan, arremolinándose, por entre los agujeros rocosos a ras del suelo. A esta explosión de agua marina le llaman el rebufo y los propietarios del bar chill out que conviven con el espectáculo, estarán satisfechos de que atraiga a esos niños y curiosos, que les gusta empaparse con la lluvia salada.

  Comentarios