Viajes

Abadías secretas del sur de Francia

Exterior del coro de la Abbaye de Fontcaude.
Exterior del coro de la Abbaye de Fontcaude.

En el sur de Francia, específicamente en las regiones de Provenza y Languedoc, abundan las abadías que datan de la época medieval, y entre estas son muy célebres la de Lérins (en la isla de San Honorato, frente de Cannes), la de Thoronet, la de Senanque (con sus campos de lavanda), la de Silvacane, la de Valmagne (por sus vinos de calidad), la de Fontfroide (cerca de Narbonne), entre otras. Sin embargo, existen muchas que son muy poco conocidas y vale la pena explorar porque no solo se encuentran en sitios insólitos, sino que han sido testigos del paso de la Historia.

Estas abadías son excelentes opciones de visita cuando se recorre la región. En general, se encuentran en sitios de difícil acceso y es casi imposible visitarlas si no se dispone de algún tipo de vehículo que permita llegar hasta ellas. He aquí tres de estos monumentos un poco olvidados.

La abadía de Fontcaude

Se halla en el Languedoc del bajo monte y los viñedos, no lejos de las comarcas vitícolas de San Chinian y Beziers, y solo es posible acceder si se tiene vehículo propio.

Lo primero que llamará la atención es el valle en donde fue construida, pues casi siempre los monjes escogían parajes solitarios, de gran belleza y con manantial a proximidad. La abadía colinda con una aldea de pocas viviendas robustas de piedra de sillería que parece una de esas estampas que suelen mostrar los catálogos turísticos cuando se trata de vender la Provenza. Al parecer unas cinco familias residen de manera permanente en el lugar.

Fontcaude fue fundada por monjes premonstratenses de la orden de San Norberto, y se encontraba en uno de los caminos que seguían los peregrinos hacia Santiago de Compostela, ya que los devotos de san Lorenzo que venían desde Arles solían detenerse aquí. El primer asentamiento de canónigos data de 1154, y su periodo de esplendor corresponde a los siglos XII y XIII, pues pronto los propios monjes consideraron aquellas tierras poco productivas y, a pesar de que hasta la revolución francesa se mantuvo habitada y dirigida por un abate superior, la comunidad se redujo notablemente.

Hoy en día, lo que vemos de la abadía es el gran coro alveolado de la iglesia, el espacio que ocupa claustro, y algunas dependencias como el molino de aceite y otra que sirve de museo en el que se exponen capiteles, esculturas, monedas y enseres encontrados durante las excavaciones arqueológicas. Las guerras de religión del siglo XVI, los sucesivos pillajes y el golpe final de la revolución de 1789 acabaron con la vida monacal y la abadía fue vendida y transformada en granja. Y parte de sus muros fueron desmontados para aprovechar las piedras en otras construcciones.

La asociación Les Amis de Fontcaude la salvó de la ruina cuando en 1969 compró lo que quedaba de las edificaciones, y gracias a un paciente trabajo de restauración y rehabilitación hoy podemos admirar uno de los pocos edificios románicos que perduran en la región de Languedoc. La abadía es conocida también por los conciertos de cantos gregorianos organizados por dicha asociación, de los cuales algunos han sido grabados y es posible adquirir los discos en la entrada del lugar.

La abadía troglodítica de Saint-Roman

En el departamento del Gard, en plena Provenza, muy cerca de las márgenes del Ródano y de los pueblos de Tarascón y Beaucaire, se encuentra la única abadía troglodita de Francia. El sitio es, sin lugar a dudas, excepcional pues los monjes y ermitas cavaron las futuras salas y galerías del templo, con la intención de aislarse y protegerse, en el peñón de piedra caliza.

Se cree que los monjes comenzaron a instalarse aquí desde el siglo V dC, cavando sus propias celdas en la piedra, hasta que siglos después adoptaron la regla de san Benito. El lugar conservaba las reliquias de san Román, algo que le confería gran prestigio. Mucho después uno de los papas de Aviñón, Urbano V, instaló en el lugar un colegio de adolescentes que funcionó por poco tiempo.

Visitar Saint-Roman requiere de cierto esfuerzo porque desde el estacionamiento en donde hay que dejar el vehículo hasta la entrada hay una subida de unos 20 minutos a lo largo de un sendero que zigzaguea entre pinos de Alepo, encinas verdes y otros arbustos propios de la garriga o monte bajo mediterráneo.

Una vez en el atrio o entrada de la primera cavidad transformada en nave de iglesia, lo interesante es desplazarse a través del corazón de la gigantesca mole utilizando los diferentes túneles hasta ascender por las mismas escalerillas que los monjes talalron en otros tiempos, hasta la cima del peñón en que una explanada ofrece la vista de toda la comarca, el río Ródano y los viñedos en la otra orilla. En esa especie plataforma puede verse una necrópolis de respetables dimensiones y repartidas, en diferentes lugares, las sepulturas antiguas cavadas en la roca.

En general proponen una visita gratuita a una especie de molino o mas (hacienda) provenzal que pertenece a quien administra la propia abadía. A menos que se desee terminar comprando productos fabricados en la propia hacienda más vale continuar el camino hacia Tarascón u otros pueblos del otro lado del Ródano, mucho más interesantes.

La abadía de Saint-Hilaire

Construido por los carmelitas provenientes de Palestina, un primer convento vio la luz en el siglo XIII, cerca de los pueblos de Lacoste y Menerbes, en la región conocida como Luberón, una de las más turísticas del sur de Francia. Los carmelitas vivieron allí incluso en periodos de inestabilidad hasta que el obispo de Cavaillon les hizo la guerra y pidió en 1656 al papa Alejandro VII que suprimiera el convento, pero poco tiempo después estaban de regreso.

Es a partir de la revolución francesa que la orden abandona el edificio, vendido entonces a un fabricante de tejidos impresos, y seis décadas después a agricultores de la región que lo utilizaron como granja. En 1961, cuando los Bride, una pareja originaria de Reims, decidió comprarlo para restaurarlo todo se encontraba en muy mal estado, y de ello dan fe las fotografías de la muestra exhibida en el antiguo refectorio.

Hoy en día, la capilla, el pequeño claustro, el refectorio, la sala capitular, el dormitorio y las terrazas exteriores se han recuperado. Y lo más impresionante del lugar, aislado en medio del paisaje accidentado del Luberón, son los cultivos de olivos en terraza, una de las fuentes de riqueza de Saint-Hilaire. La entrada es gratis, aunque se sugiera una pequeña contribución a quienes deseen colaborar con el mantenimiento del lugar.

William Navarrete es escritor cubano residente en París, wnavarre75@wanadoo.fr

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